domingo, 31 de mayo de 2026

 

LA CORRUPCIÓN Y LA DEMOCRACIA
ISABEL BANDRÉS

En realidad, cada uno de nosotros habita en un mundo personal y difícilmente trasmisible al otro. Cada cual tiene sus aficiones, sus gustos, sus referentes, sus ideas y, como somos seres sociales, pertenecemos a diferentes grupos y, muchas veces, a un partido político al que nos aferramos con una fe inquebrantable y ciega como si en esa relación simbiótica nos fuese la vida. Si en ese micro mundo que habitamos sucede algo que no nos gusta lo negamos: los malos y los corruptos son, siempre, los otros. No podemos admitir que el mal también nos puede habitar. Ahora, ha saltado a la luz pública otro posible caso de corrupción. Esta vez, los indicios apuntan al expresidente Zapatero. ¿Qué le sucede a nuestro país para estar tan alejado de Dinamarca, el país menos corrupto de la UE?

La corrupción es el gran corrosivo de la democracia. La mayoría de los ciudadanos que vivimos en los márgenes del poder y que nos mantenemos dentro de la ley estamos hartos. La corrupción le ha costado perder el poder tanto a la derecha como a la izquierda. La Gürtel y los ERE, por citar algunos casos, se han cobrado mayorías absolutas. Y, lo peor, se ha llevado por delante el prestigio de la democracia. ¿Seguirán nuestros políticos alguna vez el ejemplo de Dinamarca? No creo, a no ser que les demostremos de manera tenaz que la corrupción en democracia no sale gratis.

En los casos de corrupción, nuestro ordenamiento jurídico funciona bastante bien, aunque todo es perfectible de perfección. Tenemos una de las justicias más garantistas del mundo y de allí, solo en parte, su lentitud. Desde que comienza la instrucción y hasta que se dicta sentencia, el acusado goza de la presunción de inocencia por mucho que los indicios y los actos objetivos que se barajen estén en su contra. En todo el proceso, el imputado será asistido por un abogado defensor, podrá aportar pruebas exculpatorias, podrá mentir para defenderse, tendrá derecho a recurrir en tribunales superiores si considera la sentencia injusta e incluso podrá llevar su caso a la justicia de la U.E.

¿Y el “lawfare”? No se puede negar que hay jueces corruptos. Pero el delito de prevaricación judicial está tipificado en el art. 446 del Código Penal. La prevaricación judicial es uno de los delitos más graves que puede cometer un juez o magistrado en el ejercicio de su cargo. A diferencia de la prevaricación administrativa (art. 404 CP), que se aplica a funcionarios, la prevaricación judicial se reserva exclusivamente a los miembros del Poder Judicial y tiene penas considerablemente más severas. Si alguien considera y tiene pruebas de que un juez es un prevaricador puede y debe poner una querella ante la Sala Especial o ante el Tribunal Supremo o ante la Audiencia Provincial. La hemeroteca recoge multitud de casos de jueces apartados de la carrera por haber sido inhabilitados para el cargo. Entre los más conocidos está Baltasar Garzón, pero hay mucho más: Pascual Estevill, Salvador Alba, Javier Gómez de Liaño, Francisco Urquía, Luis Acayrio… Algunos fueron inhabilitados, otros tuvieron que pagar multas y los hubo que terminaron en la cárcel.

Estamos en una democracia. Y para sostenerla tenemos la UDEF, la judicatura y la libertad de información. La UDEF es la punta de lanza de la Policía Nacional “para investigar y perseguir las actividades delictivas en materia de delincuencia económica y fiscal”, según señala la web de la Policía Nacional. Fue creada en el año 2005, con motivo de la investigación del famoso caso Malaya de corrupción urbanística en Marbella. Desde entonces, ha estado implicada en numerosas investigaciones de casos de corrupción, como el caso Pujol o la trama Gürtel. Y ha sido muy denostada por todos los partidos políticos que fueron el objeto de su investigación y muy albada cuando investigaba a los contrarios. La UDEF ha hecho un trabajo heroico resistiendo presiones políticas, incluso, según algunas informaciones, de sus propias filas, y recabando datos y elaborando informes. 

La Fiscal Anticorrupción, Elena Lorente, investigó a Rodrigo Rato y consiguió que se condenara al que fue vicepresidente de Aznar a cinco años cárcel. Está muy bien considerada por su imparcialidad y su gran profesionalidad. El juez de la Audiencia Nacional, José Luis Calama Teixeira, reconocido por todos por ser un experto en causas de delincuencia económica y de blanqueo de capitales, es un hombre de gran discreción que se caracteriza por su gran preparación jurídica y por su exquisita prudencia en las causas mediáticas. Entre 2020 y 2021 investigó (caso Pegasus) el espionaje a los móviles del Presiente de Gobierno, Pedro Sánchez, y de varios ministros. Y ahora, ha levantado el secreto de las actuaciones sobre el investigado Zapatero y lo ha citado para el próximo dos de junio como presunto líder de “[…] una estructura estable y jerarquizada de tráfico de influencias cuya finalidad es la obtención de beneficios económicos mediante la intermediación y el ejercicio de influencias ante instancias públicas en favor de terceros”.

Pero hay que recordar que estamos ante indicios. Indicios que los que nos hemos leído el auto impecable de 88 páginas que ha dictado el juez Calama, nos parecen muy preocupantes. Pero son, no lo olvidemos, indicios y debemos respetar la presunción de inocencia. Se abre, ahora, un largo procedimiento procesal que puede durar muchos años por su gran complejidad. Se aconseja dejar trabajar a la justicia y abandonar los argumentos marrulleros, los y tú más, las explicaciones conspirativas y las imaginativas manos negras. El caso tiene su origen en Francia y en Suiza cuando sus respectivas fiscalías remitieron en 2024 documentación a España avisando que estaban inmersos en una investigación de blanqueo dinero derivado de 53 millones de euros que nuestro Gobierno aprobó para salvar la compañía aérea Plus Ultra. Y esto fue lo que provocó que la Fiscalía Anticorrupción abriera diligencias en España.

En una democracia los ciudadanos deben vigilar eso que en su obra Eichman en Jerusalén denomina Arendt “la banalidad del mal”. En nuestra sociedad son demasiados los que intentan tapar sus corrupciones disfrazándolas, sin darse cuenta el daño que hacen a la democracia. Dibujan como un mal menor el enriquecimiento personal de los políticos, sobre todo si son de “los suyos”. En nuestro país, desgraciadamente, tenemos una larga experiencia sobre la corrupción y su normalización. Cada vez que salta un caso, nos echamos las mano a la cabeza y después del griterío, nada: ni una reforma legal, ni un cambio en las normas internas de los partidos, ni una reflexión serena de los afiliados y los ciudadanos. Nada en los ámbitos de la acción política que cortocircuite los casos de corrupción. 

Pero algo sí que sucede en las capas tectónicas de nuestra sociedad: crece la desafección por los políticos y se van moviendo lentamente a la búsqueda de otras alternativas que nos pueden llevar al totalitarismo.

Pero lo más preocupante es que la corrupción tiene una dimensión moral y ética que corrompe profundamente a la sociedad y es difícilmente reversible. ¿Si ellos lo hacen por qué no yo? ¿Si ellos roban, mienten, son egoístas y falsean la realidad por qué voy a cumplir yo las leyes y comportarme como una persona ética? El hedor a mierda rebosa las alcantarillas haciéndose insoportable y en la convivencia ciudadana termina creciendo la desconfianza. Los partidos políticos deberían aprovechar la corrupción propia y ajena para hacer un discurso didáctico sobre la necesidad de la moral y la ética en la actuación y manejo de lo público.

En mi tierra se dice mucho, “La honradez es una mosca blanca”. La mosca blanca es un ejemplar albino, que nace sin pigmentación y son rarísimos, además, para su desgracia, los depredadores las ven presas fáciles. Pero, quiero pensar, que esas rarísimas moscas blancas cada vez son más perspicaces y más resistentes y en ellas muchos ponemos nuestra confianza. Y, como paradoja, señalar que hoy, 23 de mayo, han muerto tres voluntarios de la Cruz Roja en el Congo contagiados por el ébola. Mientras unos llenan nuestras vidas de mierda y vergüenza, otros mueren por desconocidos y nos inundan de gloria y orgullo. No, no está todo perdido. Mientras existan jueces, fiscales, policías, periodistas, ciudadanos que cumplan de manera honrada con su deber y voluntarios que den generosamente su trabajo, incluso su vida, por los otros podemos mantener la esperanza. Hay mucha vida y alegría fuera de las cloacas de la corrupción.

ISABEL BANDRÉS

 

LA GUERRA (2)
MARÍA LUISA MAILLARD

Continuamos con la frase de Ortega y Gasset, ya mencionada en la anterior entrega: “Considerada en lo que al Derecho importa, la guerra se puede considerar como la historia del reparto del poder sobre la tierra”. Vamos a detenernos en esa palabra que la discípula del filósofo, María Zambrano, considera tan definitoria del ser humano: el ansia de poder. Así describe esa tendencia tan ancestral simbolizada en el mito de Edipo, quien quiere compensar su indigencia como hombre convirtiéndose en rey, ya que, según la filósofa, sólo cuando el hombre manda se siente redimido de su condición de pordiosero: “Su ímpetu era como el de la yedra, como él hija de Dionisio, que crece hacia arriba huyendo de su condición reptante, de su debilidad inicial”.

Interesante tema el del poder, como un factor a tener en cuenta a la hora de analizar no solo el hecho mismo de la guerra, sino la postura frente a ella de esa civilización a la que pertenecemos, la europea. Una civilización, hegemónica antaño y que hoy se resiste a aceptar su papel secundario en el panorama internacional, aspirando a poder extender universalmente sus criterios sobre la guerra y su aspiración al pacifismo, sin tener en cuenta el terreno en que esta se mueve hoy en día.

Sin embargo, la tradición europea moderna sí ha considerado, desde puntos de vista divergentes, la realidad de la guerra y ha reflexionado sobre ella y su inevitabilidad. Es un modo de preservar el Estado, la célebre “razón de Estado”, y una continuación de la política por otros medios —Hobbes, Nicolás Maquiavelo, Montesquieu, Carl Clausewitz. Es “una de las vicisitudes de la vida” afirma Freud, ya que las situaciones de conflicto son connaturales al ser humano (Eros y Tánatos).

Paralelamente a esta postura bastante generalizada en la Europa moderna, se desarrolló en los siglos XVI y XVII la reflexión de la Escuela de Salamanca, encabezada por Francisco de Vitoria y Francisco Suárez. Asumiendo la inevitabilidad de la guerra, introdujeron controles racionales y morales en la noción de “guerra justa” elaborada por San Agustín y Santo Tomas de Aquino. Establecieron el Derecho de Gentes, que constituye el germen de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional.

Según la tradición salmantina, la guerra debe responder a criterios racionales y debe tener principios normativos. El criterio racional afecta en primer lugar a su legitimidad, que debe ser por una causa justa ius ad bellum, fundamentalmente defensiva y que esté orientada al bien común y no al botín o a la expansión. Los principios normativos ius in bello están referidos a la protección de la población civil y a establecer límites al combate. Finalmente, el respeto al enemigo vencido y el logro de una paz justa ius ad bello, como único medio de consolidar una paz duradera.

La guerra justa, según esta Escuela, tiene pues legitimidad siempre que esté orientada hacia el bien común, que no se extralimite en el uso de la fuerza, que proteja a la población civil y, lo que es más importante, que tenga en cuenta que el enemigo es una persona y debe ser respetado cuando es vencido y no humillado, ya sea físicamente o mediante el establecimiento de tratados de paz injustos, germen de futuras guerras. Esta concepción que se generalizó en Europa tras la paz de Westfalia en 1648, comenzó a hacer aguas a finales del siglo XIX y evidenció su inutilidad en las dos guerras mundiales, como prueba el Tratado de Versalles de 1919.

La búsqueda de la paz mediante un Derecho Internacional, heredero del Derecho de Gentes, que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial, se quiere reivindicar hoy en un mundo que ya no es “eurocéntrico”. En la actualidad dicha concepción da la espalda, entre otras realidades, al hecho de que la concepción normativa de un Derecho “global”, heredero del Derecho de Gentes, choca contra la realidad de una miríada de naciones poderosas con culturas, religiones, ideologías y pueblos diferentes.

Quizá fuese conveniente entablar una relación constante con los sectores dialogantes de dichos pueblos, que sin duda los habrá, desde el principio del respeto a toda vida humana individual y a los valores comunes de las diferentes tradiciones culturales; sin embargo, el recurso al Derecho Internacional es un ropaje atractivo, como lo es el poder con el que el hombre cubre su indigencia. Nos tememos que la realidad hoy en día es que cualquier forma de criterio que quiera extender sus principios sobre la guerra, estaría obligada a tener el ejército y las armas más potentes del planeta, que, por cierto, cree tenerlas Estados Unidos, pero tal vez sea China, aliada de Corea del Norte y otros aliados no precisamente democráticos quien las tenga.

¿No deberíamos pararnos a repensar la guerra en una realidad tan diferente a la de antaño, en la que corremos el riesgo de enfrentarnos a un conflicto global y asimétrico, conducido por grandes potencias con armas de destrucción masiva y tecnologías de guerra aún desconocidas? La realidad es que no sólo no nos enfrentamos a ese descomunal problema. No reflexionamos sobre la guerra en el contexto mundial en el que estamos inmersos. A todo esto, se suma otro problema previo en el seno de nuestras sociedades, relacionado con el término “enemigo” y que no es baladí. Un término que, según Carl Smith, se encuentra en el origen de la guerra y es la clave para establecer las diferencias entre una guerra que acepte límites humanitarios y otra que no lo haga.

Paradójicamente es la noción de “guerra justa” la que plantea más problemas según Carl Smith, debido a la consideración de que su legitimidad se postula absoluta. La noción de guerra justa a palo seco, sin esas correcciones en su inicio y desarrollo, que ya se contemplaron en el siglo XVII, se introduce hoy en día en el corazón de las sociedades occidentales y no occidentales, enarbolando su legitimidad no sólo a través del fundamentalismo religioso, sino de ideologías terminales nacionalistas o utópicas. Las guerras que conocemos hoy en día se desarrollan sin la mediación de los principios normativos establecidos por Francisco Suárez y Francisco de Vitoria, que constituyen la base del Derecho Internacional que reclama Europa.

Lo que más debería preocuparnos, respecto a la postura europea, es que la legitimidad de la guerra se ha incrustado en el seno de la lucha por el poder en las sociedades democráticas, trascendiendo el ámbito propio del conflicto entre naciones. La convicción de la legitimidad absoluta conduce a que el enemigo no sea un adversario con el que contender, sino alguien al que criminalizar, primer paso para su deshumanización y su posterior eliminación. Algunos sectores de las sociedades occidentales se han vuelto retorcidos. Se arrogan una visión moralista del mundo, pero no conceden legitimidad ni humanidad alguna al adversario convertido en enemigo. Algo de lo que ya alertó en 1977 Michael Walzer en su libro Guerras justas e injustas: El fenómeno del abuso de la justificación de una guerra justa, que no admite controversia, se estaba extendiendo de forma imparable en las sociedades occidentales. Hemos vuelto a la guerra justa medieval, anterior a la Paz de Westfalia: la ausencia total de respeto por el enemigo. 

Una mirada reduccionista de la guerra justa se ha introducido en nuestra mente y en nuestra visión de las actuales guerras que siguen asolando el planeta; así, según un relato dominante, nos horrorizamos con el sufrimiento de la población civil de Gaza; pero enseguida olvidamos la violencia sanguinaria e inhumana del atentado de Hamás contra la población civil israelí, publicitada por los terroristas en las redes; como hemos olvidado el sufrimiento de la población civil croata, invadida por Rusia, para no hablar de los interminables conflictos armados, muchos de ellos genocidios, en África. No aparece en los telediarios. Nos horrorizamos con la devastación producida por la invasión de Irán por Estados Unidos, pero enseguida olvidamos la crueldad extrema y sanguinaria del régimen iraní contra su propia población y su amenaza constante a Israel y al mundo occidental que lo apoya, a través de una guerra no convencional; pero que aspira a ser convencional.

¿Y qué sucede en el seno de nuestras sociedades? El dogmatismo de la religión en ciertas etapas de la historia occidental, ha sido sustituido por ideologías no menos dogmáticas, que se creen con la propiedad exclusiva de la legitimidad moral y demonizan al enemigo en el seno de la batalla política de la nación. Y ahí se encuentra el retorcimiento de nuestras sociedades. Desde una visión idealista e hiper moralizadora dividen el mundo entre buenos y malos y envuelven el odio con el manto de la virtud y la humanidad. En una sociedad en la que no se enarbolan las armas, la muerte del enemigo es civil: se le borra de la legitimidad del espacio público. ¿Qué sucedería en una sociedad en guerra?

Quizá debamos comenzar por sustituir en la batalla política la concepción de enemigo por la de adversario y extender la idea del respeto a todos los seres humanos. No hay buenos y malos absolutos englobados según pertenezcan a una religión o una ideología determinada. Hay seres humanos buenos y malos, sea cual sea su ideología o religión, porque esa es la opción que el hombre escoge desde su libertad. En realidad, volvemos a esa tendencia tan definitoria del ser humano que se denomina el ansia de poder. Estamos comprobando que la demonización del adversario tanto interno como externo es, como ha sido con frecuencia en la historia reciente, una coartada para sostener privilegios e incluso alcanzar el poder absoluto y dominar a los pueblos, en beneficio y el lucro de una “elite” en el poder.

MARÍA LUISA MAILLARD

 

IMÁGENES SOBRE LAS MUJERES Y LOS LIBROS
60. ESCULTURAS RELIGIOSAS. 
LA VIRGEN MARÍA CON UN LIBRO EN SUS MANOS
INÉS ALBERDI

Al igual que en las representaciones pictóricas, hay numerosas esculturas que representan una mujer leyendo y hacen referencia a la Virgen María o a las santas de la tradición cristiana.

Aunque no tiene visos de realidad, son frecuentes las representaciones de la Virgen María que la presentan leyendo un libro. Estas imágenes no se compadecen con la posible realidad de su vida, pero envían un mensaje muy potente ya que retratan a la mujer más excelsa del mundo con su libro, como queriendo significar que los libros son el mejor símbolo de la inteligencia y de la bondad.

Virgen de La Anunciación, autor desconocido, s.XVI
Piedra arenisca, policromada y dorada
Museo Catedralicio, Zamora

La situación más frecuente de estas esculturas es la del momento de la Anunciación, cuando el Arcángel san Gabriel vino a decirle a María que iba a ser la madre de Dios. Con gran frecuencia, se representa a María leyendo un libro en la soledad de sus habitaciones. Es una imagen muy bella que no nos cansa, aunque se repita en miles de imágenes.

Grupo de La Anunciación, Alejo de Vahía, c.1510
Madera policromada
Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid

Si recorremos las catedrales españolas, podemos encontrar miles de versiones de este encuentro maravilloso en el que una jovencita va a conocer por vez primera su fabuloso destino.

En diferentes poses, unas veces en madera tallada y otras pintadas profusamente, los encuentros del Arcángel y la Virgen María son siempre bellísimos. Casi nunca es posible conocer los artistas que las tallaron y los que las iluminaron.

Anunciación, autor desconocido
Madera policromada y dorada
Catedral de Sevilla

Anunciación
Madera policromada y dorada
Catedral de Valladolid

Anunciación
Madera policromada y dorada
Catedral de Cuenca

También he encontrado tallas de la Anunciación en mis viajes por Europa.

Anunciación, c.1510
Madera policromada y dorada
Museo Bode, Berlín


Anunciación a María, Hans Weiditz, Alemania (1495-1537)
Museo Bode, Berlín

Anunciación Cavalcanti, Donatello, Italia (1386-1466)
Piedra arenisca policromada y dorada, c.1435
Basílica de la Santa Croce, Florencia

En algunas ocasiones, las imágenes de la Virgen se encuentran en las fachadas de los templos, como es el caso de las Catedrales de Burgo de Osma y la de Burgos.

Anunciación
Piedra, originalmente policromada
Fachada de la Catedral de Burgo de Osma

Anunciación
Piedra, originalmente policromada
Portal de la Catedral de Burgos

Encontramos con frecuencia imágenes de la Virgen María leyendo que no podemos saber si son parte de Anunciaciones perdidas. Las hay talladas en todo tipo de materiales, como el alabastro, la madera o la piedra caliza.

La Anunciación, anónimo flamenco, c.1460
Alabastro
Flandes


Virgen de La Anunciación, autor desconocido, c.1450
Madera policromada y dorada
Museo Metropolitano de Arte (MET), Nueva York


Anunciación
Piedra caliza
Museo de la Edad Media, París

La Virgen María, Giovanni da Nola (1488-1558)
Madera policromada y dorada, c.1511
Museo e Real Bosco, Capodimonte, Nápoles

Quizás la figura que más me ha gustado de todas las encontradas, es la de una Virgen tallada en piedra que se sienta cómodamente en un pequeño trono mientras sujeta un libro con su mano derecha. No mide más de 30 cm. de altura, y se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York. No se indica su procedencia —más que tiene origen europeo—, ni su época, aunque tiene todo el aire de ser una virgen gótica. Es una figura preciosa que irradia belleza y paz.

Virgen de La Anunciación, 1300-1310
Piedra caliza con trazas de pintura
Museo Metropolitano de Arte (MET), Nueva York

A la Virgen también se la representa frecuentemente con su hijo Jesús en los brazos. Y en muchas de estas esculturas también tiene un libro en sus manos, como si se distrajera de sus obligaciones maternales queriendo leer.

La Virgen con el Niño
Madera policromada y dorada
Bruselas

La Virgen con el Niño, Felipe Bigarny, Borgoña (1475-1543)
Alabastro, c.1540
Museo Nacional de Escultura, Valladolid

También hemos encontrado esculturas que representan a la Virgen sin indicar si son parte de conjuntos más amplios ni decir a qué advocación pertenecen, y nos permitimos relacionarlas principalmente con el objeto del que se acompañan, un libro.

La Virgen María en su escritorio
Catedral de Estocolmo

La Virgen del libro
Museo Nacional de Escultura, Valladolid

INÉS ALBERDI


TRADWIVES
NATALIA VELASCO

Hace apenas dos semanas, me contó un amigo que, su sobrina, había decidido tener otro hijo y que le había propuesto a su marido que le pagara mil quinientos euros mensuales a cambio de cuidar a los hijos y hacerse cargo del hogar. Cuando él regresara del trabajo asumiría las tareas de casa y ella podría descansar. Pensé que el marido debía tener un salario sustancioso para poder permitirse pagar esa cantidad. Le contesté a mi amigo que yo nunca aceptaría ese trato, que si tomara una decisión así lo haría libremente, como un pacto temporal y de mutuo acuerdo, pero que me incorporaría a la vida laboral sin dudarlo y que, entre ambos, gestionaríamos el reparto de los cuidados y la vivencia del hogar que habíamos decido formar. No le gustó mi repuesta y me recriminó que las mujeres, con nuestro afán de independencia, habíamos salido perdiendo porque realizábamos una doble jornada laboral, primero fuera y luego dentro de casa y que, además, ahora se llevaba la tendencia de las tradwives o lo que es lo mismo, “esposas tradicionales”. De esta manera, tan simplona, saltaron por los aires los derechos y libertades adquiridos por la lucha feminista a lo largo del tiempo.

Sí, la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral no vino acompañada de una redistribución equivalente del trabajo de los cuidados ni de políticas públicas que lo apoyaran y el agotamiento es real, pero la solución que propone este movimiento es una trampa: que la mujer prefiera un rol ultratradicional en el matrimonio, incluyendo la creencia de que su lugar está en el hogar.

En el movimiento tradwife, las mujeres se graban mientras cocinan para su esposo y guardan en el tapper la merienda que le preparan. Después, suben el vídeo a TikTok para sus miles de seguidores y, de paso, se embolsan entre 3000 y 4000 dólares por el contenido. En realidad, son ellas el verdadero sustento de sus familias. Utilizan su autonomía económica, su libertad de expresión, sus habilidades empresariales para promover el mensaje de que las demás deberíamos renunciar a todo eso. La trampa perfecta. El capitalismo necesita el trabajo doméstico de las mujeres para funcionar y lo garantiza, no a través de la coacción, sino naturalizándolo. Como bien señala Almudena Barragán en su artículo de El País: “Convertir el trabajo en amor, la obligación en vocación, la explotación en identidad. Ahora el trabajo doméstico no solo se naturaliza con amor, sino que se monetiza como contenido. La misma caspa de siempre, pero con filtro de Instagram”.

Podríamos pensar que se trata de una moda, pero no lo es. Hay un contexto político en Europa, en América y más allá, donde los gobiernos de extrema derecha comparten entre sus prioridades, devolver a la mujer a lo privado, frenar las políticas de igualdad y atacar los derechos sexuales y reproductivos. Pero el problema es ¿qué sucede cuando el mensaje se desplaza a contextos de pobreza? En América Latina, una de cada cuatro mujeres no tiene ingresos propios y la “elección” de quedarse en casa no es una elección. El ideal del ama de casa fue un privilegio de clase y raza, como señala Angela Davis en su libro Mujeres, raza y clase. La independencia económica no es una conquista simbólica, es la diferencia entre tener salida o no tenerla. Los videos de las mujeres que participan del movimiento tradwife no hablan de lo que pasa cuando el esposo vuelve del trabajo y te golpea, te controla, te abandona. La idealización es una trampa; la dependencia económica una jaula. No lo olvidemos nunca.

NATALIA VELASCO




EL CONFLICTO DE INTERESES
Y LA CREDIBILIDAD CIENTÍFICA
CARMEN G. INSAUSTI

El pasado 28 de abril nos enteramos de que la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos había retirado el artículo del Dr. Mariano Barbacid publicado el 2 de diciembre de 2025 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS), órgano de difusión de la mencionada academia, en el que se presentaba un tratamiento experimental efectivo contra el cáncer de páncreas en ratones. La razón fue no declarar, al momento de presentación del artículo, sus conflictos de interés, ya que tanto él como las dos investigadoras que lo acompañan en el artículo, Carmen Guerra y Vasiliki Liaki, son accionistas de la compañía Vega Oncotargets fundada para desarrollar nuevas terapias contra el cáncer de páncreas y explotar comercialmente los resultados obtenidos con tales terapias. Como todos sabemos, el Dr. Mariano Barbacid es un eminente investigador español, director del grupo de Oncología Experimental en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), con amplia experiencia en publicaciones científicas, por lo que presumimos su conocimiento sobre tal exigencia. Conocimiento del que probablemente carecen algunos de nuestros lectores por lo que mi propuesta en este escrito es aportar algunos datos para aclarar el tema.

Según el Diccionario panhispánico del español jurídico de la RAE, “conflicto de intereses es la colisión entre las competencias decisorias de un órgano o persona y sus intereses privados, familiares o de otro tipo, lo que puede afectar la objetividad de sus decisiones”. El término tiene aplicación en muchas áreas (jurídicas, mercantiles, societarias etc.), en las que se requiere imparcialidad en la toma de decisiones. En este escrito me referiré exclusivamente al área de la investigación y las publicaciones científicas.

Todos aceptamos que en la investigación científica el interés primario debe ser la validez de la investigación, para lo cual el investigador debe actuar según los principios fundamentales de la integridad científica, entiéndase, rigor científico, objetividad, independencia, imparcialidad, honestidad, transparencia, justicia, compromiso y responsabilidad social. La obligación moral del investigador implica actuar con rigurosidad científica manteniendo una conducta honesta e imparcial, eliminando o reduciendo al mínimo la subjetividad en sus conclusiones, es decir, sus intereses, creencias, opiniones o preconceptos, a fin de minimizar el riesgo de sesgos en el resultado final de la investigación. Este es el marco de actuación que debe regir la investigación científica, que nunca debe estar opacado por los intereses secundarios, es decir, por beneficios financieros o de otra índole, como la búsqueda de reconocimiento científico, prestigio personal, ascenso laboral u otros reconocimientos profesionales.  

A pesar de que la posibilidad de conflictos de intereses siempre ha existido en la investigación científica, antes de los años 80 no se exigía su declaración, porque se asumía en la investigación científica una especie de neutralidad científica. La necesidad de declararlo comenzó a discutirse a finales de los 80 cuando los elevados costes de la investigación científica y la necesidad de tecnologías y equipamientos de última generación llevaron a favorecer la participación de capitales privados en la financiación de proyectos de investigación en universidades e institutos de investigación. Esta participación en la investigación con los consecuentes intereses de las empresas en la rentabilidad, dio lugar, al menos, desde un punto de vista teórico, a una tensión estructural, por los posibles riesgos científicos y éticos, que podrían vulnerar la integridad de los investigadores y profesionales involucrados, y con ello la verdad y la evidencia de la investigación. Esta tensión hizo que se planteara la necesidad de transparentar la cooperación.

Así, la exigencia formal de declarar conflictos de interés en la investigación científica se intensificó en los años 2000, impulsada por el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas (ICMJE), con el objetivo de promover la transparencia financiera y personal, la honorabilidad, integridad y objetividad en la investigación científica y en la práctica profesional, así como en las etapas de difusión de los resultados derivados de ellas. A partir de diciembre de 2011, se estandarizó la exigencia a los autores de declarar conflictos de interés al momento de enviar artículos para la publicación en revistas científicas, donde debían reconocer si tenían relaciones financieras, personales o académicas que pudieran influir inapropiadamente en el juicio científico. Poco tiempo después la normativa se extendió a los revisores y editores de revistas científicas, quienes también están expuestos a conflictos de intereses (financieros, materiales, institucionales, laborales, sociales, etc.) que pueden comprometer su desempeño en cuanto a la obligación de proporcionar una evaluación libre e independiente de la investigación.

El cumplimiento de este compromiso por todas las partes involucradas se considera crucial en las investigaciones biomédicas ya que al asegurar la objetividad y la transparencia se fortalece la confianza en el proceso de investigación y en las publicaciones que resulten de las investigaciones y además se protege la comunidad científica y a la sociedad en general.

Cuando un investigador declara sus conflictos de intereses transparenta el posible sesgo de su investigación, hace visible los intereses en juego y de esta forma pone en manos del otro, entiéndase de sus pares y la sociedad en general, la posibilidad de valorar estos intereses y juzgar el grado de riesgo que representan para a investigación. La declaración no elimina el sesgo, solo lo hace visible. 

En ciencia, la omisión de declaración de conflicto de intereses no es sinónimo de fraude, pero se considera grave porque viola el principio de transparencia que debe regir toda investigación científica y porque como he señalado anteriormente, priva a quien recibe la información a través de una publicación de juzgar el riesgo de sesgo que puede contener una investigación, le imposibilita juzgar desde su propia conciencia si el interés personal está privando sobre el interés profesional. Digamos que la no declaración de conflictos erosiona la credibilidad científica.

Actualmente, las editoriales, en aras de velar por la veracidad y credibilidad de los artículos que publican y por lograr un proceso transparente desde la recepción de los manuscritos, la revisión por pares, la aceptación o no de la publicación exigen cada vez con mayor énfasis una declaración de conflicto de intereses.

En conclusión, la declaración de conflicto de intereses lo que busca es gestionar las situaciones donde los intereses secundarios (económicos o personales) podrían poner en riesgo el interés primario, que no es otro que la veracidad de los resultados de la investigación.

Dado el prestigio del Dr. Mariano Barbacid, no deberíamos dudar, que en su caso, tal y como ha dicho Guadalupe Sánchez, abogada penalista que actúa como asesora legal y portavoz del Dr. Barbacid, en un comunicado emitido en su nombre en la red social, se le “olvidó mencionar los vínculos con la empresa Vega Oncotargets sin que existiese mala fe ni voluntad alguna de ocultación”. Esperamos que una vez subsanado el error y satisfechas las exigencias de la revista PNAS, ésta tenga a bien publicar el artículo. Pero, por encima de todo, lo que más deseamos es que la investigación siga su curso, llegue a la fase clínica en pacientes con cáncer de páncreas y logre la curación de esta enfermedad que, hoy por hoy, tiene las cifras de mortalidad más elevadas de todos los cánceres debido a su agresividad.  

CARMEN Gª INSAUSTI
Médico Hematólogo



MALOTES QUE NO LO SON TANTO:
PECKINPAH, SCORSESE y LYNCH
BIENVENIDO PICAZO

Dice la leyenda que Sam Peckinpah era un tipo de trato, por decirlo suavemente, complicadillo, sus proyectos y rodajes están llenos de incidentes desabridos, onerosos, dipsomanía, discusiones con la industria y odios irreconciliables; pero no es este lugar para hacer juicios de valor ni presuntuosos análisis psicológicos. Tomo como epítome a Peckinpah de esta singular terna de cineastas difícilmente clasificables, más allá de que, quien más quien menos, haya pretendido encorsetarlos.

El caso es que cuando se han puesto, digamos, sensibles o tiernos, han alcanzado unas cimas que difícilmente costaba presuponer; tal es el peso de los dogmas y los apriorismos. Mea culpa.

Se dice que el californiano es uno de los que crearon escuela retratando la violencia, dotándola de cierta estética (?), aunque él siempre se quejó de que ninguna de sus películas fue realmente suya, los productores y demás gentes de la industria siempre se ocuparon de cortar por aquí o por allá. Sólo de Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), reconoció plenamente su autoría. Entre paréntesis añado que, siendo buena, no me parece la mejor de sus creaciones.

 

Saliéndose de sus senderos naturales, en mitad de su carrera, entre Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Perros de paja (Straw Dogs, 1971), nos regaló La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970), un largometraje entre el western y la comedia más o menos romántica, aunque no es solamente eso, es mucho más. Quizá resulte sorprendente su paternidad, pero Sam Peckinpah demuestra que los más implacables y rudos son capaces de frecuentar la ternura, generando en el espectador la duda de qué Peckinpah es el verdadero. Infiero que ambos. 

Martin Scorsese se cuenta como uno de los alumnos aventajados del de Fresno, sin embargo a mí este director me parece algo sobrevalorado, de hecho cuando vi por primera vez la película que me ha traído hasta aquí La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1999), entré con muchos recelos a la sala y, debo reconocer que me encontré con la obra que, hasta la fecha, más me conmueve de este cañí de Nueva York. A mi juicio abusa, como en muchas de sus películas, de la voz en off, pero en algunas fases de la cinta, uno no sabe si está viendo cine o leyendo poesía. Me costó asumir que era Scorsese quien dirigió aquello, sólido guion, trávelin magníficos, puesta en escena cuasi sublime, refinadísimo vestuario e impecables decorados, en suma, lírica cinematografiada. Con tamaño andamiaje las interpretaciones engrandecen la pantalla, todo el elenco, desde los protagonistas hasta los secundarios, está sembrado. 

El tercer hombre de este brevísimo homenaje es David Lynch, director incatalogable donde los haya que, un buen día, legó a la posteridad Una historia verdadera (The Straight story, 1999). Relato costumbrista sin alarde alguno en forma de road movie, rodado cronológicamente, donde, a pesar de la sencillez —o quizá por eso—, obligó al propio Lynch a declarar que esta película fue su obra más experimental, suena a confesión cierta, aunque al espectador le importa bien poco. La banda sonora de Angelo Badalamenti es una auténtica delicatessen, así como la fotografía de Freddie Francis. Si hemos hablado antes de poesía en movimiento, esta forma de narrar de Lynch le añade a las estrofas una buena ración de introspección sin la menor de las ñoñerías. La historia, a modo de cuentos independientes, tiene enjundia suficiente para, en su conjunto, dotar al relato de la magia suficiente para que el espectador no se cantee en su asiento.

Los más duros del recreo, ya quedó dicho, cuando orean la sensibilidad que atesoran, dejan tullidos a los poetastros que van de elevados.

BIENVENIDO PICAZO

 

 

ALBERT CAMUS Y EL ESTÍO INVENCIBLE
ROSARIO HERRERA GUIDO

 “En mitad del invierno
encontré en mí
un verano invencible”.
Albert Camus, “Verano”, Ensayos, Madrid, Aguilar, 1981:841.

 

Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre 1913-Le petit Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960), el filósofo, dramaturgo, novelista, ensayista y escritor, Premio Nobel de Literatura 1957, quien desarrolló en su variada obra un humanismo fundado en la toma de conciencia de la condición humana, asumió la angustia ante lo absurdo de la vida, la vana felicidad y la rebeldía como “un estío invencible”: una metáfora que simboliza la resiliencia humana, sugiriendo que incluso ante la mayor adversidad o el caos (el invierno), el ser humano posee una fuerza interior, alegría y luz inquebrantables (el verano) que le permiten sobreponerse. Por razones de espacio, sólo voy a evocar al Camus de Bodas, El extraño, Calígula, La peste, Estado de sitio, El hombre rebelde y El verano, que se reúnen en dos tomos en Narraciones, teatro y ensayos (Camus, Madrid, Aguilar, 1981), y que hablan poéticamente, como sólo sabe hacerlo la literatura, de lo que siempre está sucediendo.  

Albert Camus, bajo el sol mediterráneo del estío y frente a las playas de Argel, en Bodas (1939), recrea la felicidad de una ciudad veraniega, protegida por los dioses y perfumada de ajenjo. Bodas contagia la dicha bulliciosa de la vida, donde lo vital es el único principio verdadero. Antes de la experiencia del absurdo en su obra, Bodas es la conciencia del placer que respira el aire fresco frente a un mar sereno: “En Argel no se dice ‘tomar un baño’, sino ‘atizarse un baño’ […] se baña uno en el puerto y se descansa en las boyas. Cuando se pasa junto a una boya en la que ya se encuentra una chica bonita, grita uno a los compañeros: ‘Te digo que es una gaviota’” (Camus, Bodas, Ensayos, Madrid, Aguilar, 1981:67). Pero desde Bodas hay una armonía rota entre el ser y la existencia, ahí donde la desgarradura humana busca la felicidad. Más allá de Bodas, por la mortal condición humana, a lo lejos se escucha el trágico cantar de Yago en el Otelo de Giuseppe Verdi: “Viene, después de tanta irrisión, la muerte”.

Albert Camus, después de la Gran Guerra, expone la experiencia del absurdo en el indiferente personaje de su corta novela El extraño (1942). Meursault, el abúlico burócrata, para quien el telegrama de la muerte de su madre no tiene ningún sentido, porque no significa más que un borroso pasado y un desteñido futuro en vilo. No le importan los signos del odio o los vecinos que disfrutan del olor a barrio, si acaso el gusto por María y las sonrisas de su vestido. Pero Camus interrumpe esta apatía al poner al extranjero frente a la muerte. Y cuando las calles pasean por la ciudad y los destellos del sol del estío por el mar, descubre a un primario criminal de los azares, que enceguecido por un sol veraniego descarga un revólver sin darse cuenta. Ya condenado a muerte, Meursault tiene ganas de otra vida en la que pueda paladear el aire veraniego y el sabor de la tierra. Y aunque el extranjero se adapta a la máquina represiva de la prisión, se sabe víctima del absurdo: “El confesor me ha mirado con una especie de tristeza […] Ha dicho algunas palabras que no he oído y me ha preguntado en seguida si le permitía abrazarme. ‘No’, he contestado […] —No, hijo mío —ha dicho poniéndome la mano en el hombro—. Estoy con usted. Pero no puede saberlo, porque tiene el corazón ciego. Rezaré por usted […] Una vez solo he recuperado la calma. Estaba agotado y me he echado sobre la colchoneta. Me parece que he dormido, porque me he despertado con las estrellas sobre la cara. Los ruidos del campo llegaban hasta mí. Olores de noche, de tierra y sal me refrescaban las mejillas. La paz maravillosa de este verano adormecido entraba en mí como una marea…” (Camus, “El extraño”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981:97-100).

Calígula (1944) es la consagración al gran teatro del absurdo. Como el puño del poder no es inmutable y sin historia, el conflicto es preferible a permanecer anestesiados. La vida no puede ser gorda, arreglada y sin contradicciones. Porque una sociedad que cree en máquinas de éxito, sexualidad, deporte, alienación y pobreza, está siempre amenazada por la conspiración de sus ciudadanos. Calígula debe morir porque pervirtió al pueblo en su gran prostíbulo. La gran culpa de los ciudadanos, que debe ser expiada, es por ser súbditos de Calígula. El rebelde y el servil son igualmente mortales, pero mientras uno muere como hombre, el otro como guiñapo. Y es que el hombre rebelde debe escapar a la condena de Sísifo: el trabajo inútil y sin esperanza. Bajo un pertinaz sol de estío, el tirano Calígula, que no soporta a los poetas porque son por naturaleza opuestos al poder en su grotesca forma de dominación, irrumpe bruscamente: “Vamos, vosotros, poneos en fila. Un falso poeta es demasiado para mi sensibilidad. Tenía hasta este momento la intención de conservaros como aliados y a veces imaginaba que formaríais la última cuadra de mis defensores. Pero en vano ha sido y voy a arrojaros entre mis enemigos. Los poetas están en contra mía; puedo decir que eso es el fin. ¡Salid en orden! Desfilad ante mí lamiendo vuestras tablillas para borrar las huellas de vuestras infamias” (Camus, “Calígula”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981: 738-739).   

Mientras la paz reposa sobre los tejados, las luces opalinas dibujan el cielo y los mercados ofrecen sus cestas en almíbar, el estío ignora que todos los ciudadanos están apestados. La peste (1947) —como dice Camus en una carta a un amigo— es el símbolo de la resistencia francesa al nazismo. La peste narra la pugna por desterrar los sentimientos individuales, develando el desamparo total de una ciudad que pende de un hilo telegráfico. La peste es la alegoría de una vida sin moral ni soluciones, arbitraria y absurda como la muerte. En un verano caluroso y sobre un pantano de ratas, una ciudad abandonada por Dios cae en el absurdo. Como todos son mortales carece de valor la inmortalidad, los premios y los castigos; ninguna dicha eterna puede justificar tanto sufrimiento. La inocencia castigada y la peste civil que todos respiran destierran la fe. Pero en la ciudad hay santos laicos que se entregan por filantropía a la guerra contra la peste (Rieux Tarrou), o ingenuos que creen que pueden ser felices como Rambert, o pesimistas como Cottard, para quien la peste es una liberación, o ególatras obsesionados con su obra literaria (Grant), o Mesías como el Reverendo Paneloux. “Y hay que decirlo claro: la peste había arrebatado a todos la capacidad del amor y hasta de la amistad. Pues el amor exige un poco de futuro y, para nosotros, no había sino instantes” (Camus, “La peste”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1979:273). 

https://drive.google.com/file/d/17y4K_a7FdhBCq97bh5rd_MdVhzCYe-AZ/view?usp=sharing



AMALIA DOMINGO SOLER (1835-1909)
MARÍA LUISA MAILLARD

En la anterior entrega comentamos cómo Ángeles López de Ayala entró en contacto en Barcelona con la espiritista Amalia Domínguez Soler con la que, amén de participar en su revista La Luz del Porvenir, llevó a cabo una amplia labor en pro de los derechos de la mujer y de los más desfavorecidos. De forma automática, enarcamos la ceja en un gesto interrogante. ¿Qué tiene que ver el espiritismo con dos mujeres progresistas, pioneras en la defensa de la mujer? Nuestra mente modernamente científica rechaza de plano la visión, que nos ha venido a la mente, de una mujer sospechosamente en trance convocando el espíritu de un fallecido.

Sin embargo, a poco que ahondemos en el tema, otra pregunta nos asalta: ¿Cómo ese movimiento tan devaluado hoy en día despertó el interés de tantos escritores y poetas de la segunda mitad del siglo XIX? No podemos rechazar la labor de nuestra protagonista, Amalia Domínguez Soler, por haber sido una de las figuras más destacadas del movimiento espiritista español, como no hemos rechazado a poetas como Rubén Darío, Valle Inclán o Amado Nervo, próximos al movimiento ni a los escritores de la época que se interesaron en el fenómeno como Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán o el mismo don Miguel de Unamuno, que transitaron por las tertulias y los círculos ilustrados donde se debatía el espiritismo. ¿Y qué decir de autores clásicos como Víctor Hugo o Conan Doyle?

¿Qué fue lo que provocó que un fenómeno que se originó en Estados Unidos se extendiese como la pólvora, a mediados del siglo XIX por Europa e Hispanoamérica? En Francia la Sociedad Parisina de Estudios Espiritistas ya se fundó en 1857, bajo la dirección de Allan Kardec, filósofo, físico y escritor, que generalizó el espiritismo como una ciencia positiva y cuyas enseñanzas fueron introducida en Barcelona por Josep María de Colavida. En 1861 se funda la Sociedad Espiritista de Sevilla, dirigida por el general Primo de Rivera y en 1868, en Madrid, la Sociedad Espiritista Española.

Si analizamos sus propuestas, apreciamos que fue un movimiento de reivindicación de la parte espiritual del hombre y su perfeccionamiento moral, frente a su reducción materialista. El avance del positivismo, que estaba desplazando la religión y la metafísica, había sido refrendado, en cuanto a la concepción del hombre se refiere, por el revolucionario libro de Charles Darwin El origen de las especies en 1859. Este movimiento se enfrentó al dogmatismo de la Iglesia católica, pero también al nihilismo, que obtuvo con Nietzsche su carta de naturaleza y afectó a la mayoría de los filósofos y escritores del momento.

El hecho de que el espiritismo se fuese reduciendo a la convocatoria del espíritu de los muertos tiene uno de sus pilares en una demanda social, como señala acertadamente Marta Nogueroles, en su artículo de 2024 “El espiritismo filosófico en la España de siglo XIX”, publicado en la revista Pensamiento. La prolongación de la vida, debido a los avances científicos, había ido convirtiendo el fenómeno de la muerte, de algo habitual y cotidiano, en un suceso imprevisto y extraordinario que aumentaba el dolor y la negativa a la pérdida, especialmente si se trataba de una muerte prematura.

No olvidemos tampoco que la sentencia de muerte del espiritismo y su devaluación en una especie de espectáculo de feria, estuvo relacionada con el triunfo de la reducción del componente no racional del hombre a inconsciente de la mano de Freud, refrendado en el mundo del arte por los surrealistas. Fue un triunfo de la ciencia positiva, que condujo a la descalificación con rotundidad del componente doctrinario del movimiento y arrastró su secuela moral e igualitaria. Ya a mediados del siglo XX, Aldous Huxley, en su búsqueda de una espiritualidad trascendental, rechaza de plano el espiritismo y opta por el método de alcanzar esa zona oscura de nuestra interioridad, a través de sustancias alucinógenas como la mezcalina y el LS.D. Opción que se introdujo en el movimiento juvenil del 68 y que, a marchas aceleradas fue perdiendo su objetivo espiritual y extendiéndose en la juventud occidental como un componente lúdico de evasión.

No fue así en sus inicios, aunque no estuvieron ausentes de la actividad de los espiritistas las sesiones con “médiums” y la misma Amalia Domínguez Soler se postulaba como tal. El espiritismo, heredero en parte del cristianismo evangélico, hincaba sus cimientos en la creencia de una parte espiritual imperecedera en el hombre y proponía el camino del perfeccionamiento interior. Se vinculó a través de su doctrina con la masonería, el feminismo y la cuestión social, desde una posición anti jerárquica y antiautoritaria, oponiéndose al dogmatismo de la Iglesia Católica. Sus componentes creían en el progreso y la razón, pero también en la existencia del alma y despertaron un gran interés en el mundo científico y cultural de la época; de forma especial entre aquellos sectores de la población más ligados al mundo espiritual: los poetas y las mujeres. La consideración del universo como un lugar de misterios y correspondencias ocultas, se reprodujeron en obras como las de Baudelaire y Valle Inclán. La igualdad de las almas dio lugar no sólo a la solidaridad entre todas las humanidades que pueblan el mundo sino, a la proyección social del movimiento y a la reivindicación prematura de la igualdad entre los sexos.

Y ahí nos encontramos con nuestra protagonista, Amalia Domínguez Soler. Nacida en Sevilla, no tuvo una vida fácil. La madre fue abandonada por el padre antes de su nacimiento y sufrió desde muy niña una afección a los ojos que le pronosticó una ceguera temprana. No se cumplieron los pronósticos y la niña, de una extrema sensibilidad, aprendió con su madre a leer y escribir a los cinco años. Con diez, escribe sus primeros poemas y en 1958 publica sus primeros artículos “Fantasía, ilusión y desengaño” y “Al Carnaval” en el Museo Literario. Siguió publicando artículos y poemas en revistas como El Águila o Periódico Instructivo y Literario, en los que ya manifiesta su preocupación por los problemas sociales y por el dogmatismo y la acumulación de bienes de la Iglesia católica.

Cuando contaba 25 años falleció su madre y la precariedad de su vida aumentó. Rechazó el convento y el matrimonio y comenzó a trabajar en la costura —una de las escasas actividades accesibles para una mujer pobre—. Continuó con dicha actividad cuando se trasladó a Madrid en 1863, después de una breve estancia en Tenerife, lo que agravó su afección en los ojos. Ello no le impidió seguir escribiendo y colaborando en revistas como Álbum de las familias donde en 1866 salieron sus artículos “Las niñas y las flores” y “A la muerte de mi madre”. En 1868 publicó el libro Un ramo de amapolas y una lluvia de perlas, o sea, un milagro de la Virgen de la Misericordia.

Por esas fechas se produjo un encuentro que fue decisivo en su vida. En vista del progresivo agravamiento de su dolencia ocular, acudió a un médico homeópata Joaquín Hyrsen, que fue quien, aparte de mejorar su dolencia, la introdujo en el movimiento espiritista, donde encontró respuesta a sus preocupaciones espirituales, sociales y feministas. Entró en contacto con La Sociedad Espiritista Española que publicaba la revista Criterio y envió un poema que fue publicado. El director del periódico Antonio Torres Solanor y Casas se convirtió con el tiempo en el gran protector de Amalia, animándola en sus estudios y proyectándola en el movimiento. En 1872 publica su primer artículo de temática claramente espiritista en el nº 9 de la revista Criterio: “La fe espiritista” y, después de una estancia en Alicante y Murcia para mejorar su dolencia, en 1876 es invitada a Barcelona por el presidente del centro espiritista La Buena Nueva, Lluis Llach, para la tarea de divulgar la doctrina espiritista.

Será en esa ciudad, donde ya se habían introducido los libros del espiritista francés Allan Kardec, donde Amalia desarrolle sus capacidades como escritora y su gran labor como activista social y defensora de los derechos de las mujeres, desde la convicción de que los verdaderos motores del progreso consistían en el perfeccionamiento progresivo del espíritu, a través del trabajo y los valores morales. Desde 1879 a 1899 dirigirá La luz del Porvenir, revista dedicada de forma exclusiva a la mujer y donde escribirán destacadas feministas como Ángeles López de Ayala, Belén de Sárraga, Rosario de Acuña, Carmen de Burgos (Colombine), Antonia Amat o Emilia Pardo Bazán, entre muchas otras. De forma paralela inicia su actividad social colaborando en la creación de la Asociación de Socorros Mutuos, enfocada a socorrer a los obreros enfermos. En 1888 participa como Vicepresidenta en la organización del 1º Congreso Internacional Espiritista en la ciudad de Barcelona en el que se reivindican entre otros asuntos la abolición de la pena de muerte y la esclavitud, la igualdad de hombre y mujeres y el laicismo en la educación. En 1899 participa con la anarquista Teresa Claramunt y Ángeles López de Ayala en la creación de la primera organización feminista española, la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona.

Su actividad es ya incansable. Publica más de 2.000 artículos, poemas y ensayos no sólo en La Luz del Porvenir sino en revistas de otros ámbitos en España, Italia e Hispanoamérica. Entre sus libros ¡Te perdono!, El espiritismo, luz y camino, Memorias de una mujer y El espiritismo refutando los errores del catolicismo católico. Falleció en Barcelona el 29 de abril d 1909, dejándonos el legado de su fortaleza y la reflexión sobre otro de los caminos olvidados que siguieron las mujeres en pos de su liberación.

MARÍA LUISA MAILLARD

 

ISABEL BANDRÉS

William Golding escribió El señor de las moscas publicado en 1954 y de él se hicieron dos películas con resultado desigual. Ahora, Jack Thorne, responsable de la excelente serie Adolescencia, se ha inspirado en la novela de Golding para crear una miniserie, magníficamente dirigida por Marc Munden, de cuatro capítulos que puede verse en Movistar Plus+

El señor de las moscas nos cuenta la historia de unos chicos supervivientes de un accidente de avión que se estrella en una isla tropical desahitada. Los chavales son convocados por Ralph (Winston Sawyers) haciendo sonar una caracola y forman una frágil sociedad. Ralph es elegido jefe y a Piggy (David McKenna) su lugarteniente de confianza. Jack (Lox Pratt), segundo en la votación para jefe, lidera a los cazadores del grupo. Simon (Ike Talbut), un muchacho sensible actúa como enviado entre los dos campamentos que representan las dos maneras diferentes de ver la vida.

Ralph y Piggy, representan la democracia, forman un campamento en el que prima la sensatez y la racionalidad: buscan agua potable, señalan zonas seguras para dormir, se ocupan de los más pequeños… Sin embargo, Jack y los cazadores representan la búsqueda del poder absoluto, la violencia, utilización de la manipulación para que los muchachos se unan a ellos. En el mundo de Jack y los cazadores, prima la violencia y afloran los instintos más crueles: cazan causando el mayor dolor posible, se fomenta el odio, se pelean… y construyen un mundo salvaje en el que todo está permitido. Al final todos, excepto Ralph y Peggy, terminaran seducidos por la vida fácil o por el terror que les inspira el todopoderoso Jack. La isla se convierte en un lugar peligroso y terrible.

Sus padres están presentes en está narración utilizando los flashbacks de manera elegante; nos enteramos de cómo era la vida de los cuatro protagonistas principales antes de naufragar. “Intentamos —dice el director de la serie Marc Mundem—, darles cuerpo a los padres de los chicos de una manera que en el libro solo se insinúa. De forma que podamos comprender mejor su naturaleza y su manera de actuar”.

En esta serie, Thorne ha reavivado, como hizo en Adolescencia el debate sobre cómo tratamos a los niños, a qué los exponemos y el impacto que esto tiene en su futura vida de adultos. Nos retrata el espíritu atormentado y escindido que existe en todas las personas, también en los niños. Los muchachos de la isla, libres de normas y responsabilidades, se comportan como adultos: luchan por el poder, imaginan terrores externos, niegan los terrores internos y racionalizan su comportamiento. El señor de las moscas es una metáfora del comportamiento humano y explora la civilización contra la barbarie. En ella, cada personaje representa diferentes aspectos. A lo largo de toda la novela, Golding explora la naturaleza humana y duda de la inocencia infantil. Al ser una alegoría de la naturaleza humana, cada personaje representa diferentes aspectos: Ralph, el orden y la civilización; Piggy, la razón y la cordura; Jack, el deseo de poder y la maldad; Roger, la crueldad y el sadismo; Simón, la sensibilidad.

La creación de Jack Thorne y la dirección Marc Munden nos ofrecen una serie estupenda y exquisitamente elaborada en lo visual que se asienta en un guion solido al que dan vida unos interpretes excelentes. Es cierto que Thorne se toma algunas licencias respecto a la novela, pero mejoran y hacen más comprensible la historia original. No se la pierdan.

ISABEL BANDRÉS

 




Naning, un niño de doce años, vive con su madre, su tía y sus hermanos pequeños en una isla azotada por el viento y situada en el Mar del Norte. Un pelotón de cazas de la RAF sobrevolando la zona y carros llenos de refugiados alemanes de origen ruso nos señalan que la guerra sigue en activo. Los habitantes continúan con sus vidas: cultivan patatas, cazan, ahúman pescado y viven en bonitas casas en cuyas fachadas ondean al viento banderas nazis. Nanning (excelente interpretación del jovencísimo Jasper Billerbeck) es el proveedor de alimentos de su familia. Se mueve en bicicleta, junto a un buen amigo, intentando conseguir provisiones en las granjas o tiendas de la isla. Además, tiene que ir a las reuniones de las “Juventudes hitlerianas” de las que es miembro. Sus padres son seguidores de Hitler: su padre es un militar de alta graduación y su madre es una nazi fanática que cae en una gran depresión después de dar a luz a un hijo que coincide con la muerte de Hitler.

Naning preocupado por la situación de su madre intenta conseguir pan blanco, mantequilla y miel que es lo único que le apetece comer. No es fácil encontrar esos alimentos en un mundo en el que escasea lo más elemental. Pero en ese deambular por los caminos buscando alivio para su madre, va madurando y descubriendo la realidad del mundo que le rodea y, sobre todo, los secretos oscuros de su familia que tenía idealizada. Averigua que un tío, al que admira en el recuerdo, fue traicionado por sus padres y que los otros, los nuevos refugiados, no son los enemigos.

Este preadolescente es un buen hijo que, poco a poco, sin dejar de serlo, va admitiendo que él no pertenece al mundo de su adorada familia, más bien desearía pertenecer al mundo de Tessa, una campesina antinazi que celebra el fin de la Segunda Guerra Mundial y que está muy lejos de la terrible frase de su madre: “[…] lo que cuenta es el linaje”.

La película es tierna, delicada y devastadora pues lo que nos narra es el tránsito de un joven inocente y bueno que vive una época terrible como si fuese normal y, sobre todo, sufre el derrumbe en su interior de sus ídolos familiares. Pero también es reconfortante ver cómo supera el abatimiento sin caer en el odio o el resentimiento. Muy al contrario, se abre a la humanidad en el contacto con los habitantes de la isla y a la compasión con los emigrantes recién llegados.

Esta película no disculpa nada ni suaviza responsabilidades, nos cuenta desde un lugar bellísimo y tranquilo el mundo de una infancia feliz que tapa un mundo brutal y putrefacto. Y relata el viaje interior, de lo aparente a lo real, que Nanig recorre. El director, Akin, nos describe esa época terrible con una gran hondura, pero sin espavientos, sin subrayados, sin sensiblerías y sin agitaciones innecesarias. Por otra parte, el paisaje, las nubes, el viento, las mareas… son un personaje más de está bellísima, delicada y dura película. No se la pierdan.

ISABEL BANDRÉS