DEMOCRACIA
MARÍA LUISA MAILLARD
La
situación de nuestros conciudadanos ceutís, me obliga a volver sobre el
conflicto ya tratado en la entrega anterior. Si allí reflexionaba sobre la
propagación de la mentira política en nuestras sociedades democráticas, de la
mano de las ideologías, ahora la pregunta reviste más gravedad: ¿Viven en
democracia los españoles que residen en Ceuta? Los ceutís llevan ya más mes y
medio en una ciudad ocupada, sin libertad para moverse libremente por ella, ir
al supermercado, llevar a sus hijos a la escuela, desarrollar el trabajo que da
de comer a sus hijos, gozar de los adelantos médicos, que garantizan la
prevención de una epidemia —ya hay brotes de varicela, tuberculosis y un caso
de la viruela del mono—y, por supuesto, después de casi dos meses de dejación,
no cuentan con que los responsables del Estado democrático al que pertenecen
defiendan sus derechos y su integridad.
En
su libro Persona y democracia, la
filósofa española María Zambrano, parte de la base de que la sociedad, ese
lugar intermedio entre la naturaleza y la soledad, es el lugar del hombre.
Considera a continuación que la sociedad democrática, conquista no lo olvidemos
de la cultura occidental, es aquella en la cual no sólo está permitido, sino
exigido ser persona. Con esta definición está sentando las bases del valor
supremo en que debe asentarse un gobierno democrático: el respeto al ser humano
individual, no solo al ciudadano, sino a la persona con su intimidad, su
libertad y su diversidad. Ese respeto es el que posibilita el debate civilizado
sobre los diversos aspectos de la convivencia humana. Ese respeto es el que
garantiza la libertad de expresión y la alternancia democrática, soporte de la
democracia como sistema político, y ese respeto es el que desaparece bajo una
dictadura.
Esa
“pequeña” diferencia es la que debería conducirnos a defender la democracia,
fruto de nuestra tradición, por encima de cualquier ideología. Es, sin duda,
una forma de gobierno imperfecta, como lo son todos los logros del ser humano,
él mismo imperfecto; pero es la única forma de gobierno existente que garantiza
el respeto al ser humano y nuestra obligación no es cuestionarla o limitarla,
sino ampliarla y corregir sus imperfecciones.
Zambrano
escribe el libro en 1956, en un momento histórico en que seguía presente la
denominada “crisis de la civilización occidental”, situación que analiza en el
primer capítulo del libro. Unos años después, en 1963, Denis de Rougemont, en
la resurrección de Revista de Occidente,
reflexiona sobre la evolución de la idea de Europa de 1923 a 1963. Es un
momento de esperanza porque se está fraguando un horizonte de prosperidad,
basado en la creación de organismos supranacionales capaces de frenar el
nacionalismo expansionista, que dio lugar a las dos guerras mundiales.
Prosperidad que ponía en cuestión, según el autor, a los derrotistas europeos
nacionalistas o marxistas que sostenían que Europa era rica debido a la
explotación de sus colonias. Sin embargo, Rougemont señala un talón de Aquiles.
La visión negativa de la tradición europea en el seno del pensamiento dominante
en Occidente y que, trasplantada a las antiguas colonias, alimentaba el
desapego, sino el rencor. El mundo aceptaba nuestras máquinas y quería
beneficiarse de nuestra prosperidad —venía a vivir a nuestras ciudades—, señala
el autor, pero no aceptaba el trasfondo religioso filosófico y cultural que lo
había hecho posible.
En
el colonialismo europeo había habido crímenes y codicia; pero también se habían
creado hospitales, iglesias, escuelas, universidades y se había introducido no
sólo la ciencia, sino el camino hacia la democracia. Había habido una labor
civilizatoria que, en ese momento, Denis Rougemont oteaba podía extenderse a
las antiguas colonias. En el año 2026 constatamos que tal predicción era, por
decirlo suavemente, optimista. La prosperidad no ha logrado extender la
democracia.
¿Ha
tenido algo que ver que la visión negativa de nuestra tradición, sostenida por
la mayoría del mundo académico y mediático, se haya convertido en mentalidad
colectiva? Esta visión negativa ha ido poco a poco adentrándose en un mar de
paradojas que atentan contra la inteligencia ya que, en no pocas ocasiones, el
resultado es que la víctima es el que causa daño y no el que lo recibe, puesto
que el delincuente es de por sí una víctima de la sociedad. Lo que subyace en
el fondo es una especie de mala conciencia “eurocéntrica” que da lugar a una
inversión del victimismo. Sólo se considera víctima a una persona cuando la
culpa se atribuye a la malvada sociedad eurocéntrica y antropocéntrica, nunca a
los que se declaran sus enemigos y la combaten que, ellos sí, están libres de
culpa y responsabilidad. A través de la defensa del multiculturalismo, se
produce, por ejemplo, la paradoja de defender que haya mujeres esclavizadas por
los varones —algunas en nuestro territorio—, siempre que pertenezcan a otras
culturas; mientras se retuerce hasta lo indecible la culpabilidad del hombre
blanco occidental, habitante de una sociedad en que las mujeres han logrado alcanzar
todos los derechos ciudadanos que reclamaban, gracias a la existencia de un
sistema democrático y no fundamentalista o dictatorial.
La inversión del victimismo se ha convertido en una coartada ideológica, que da pie a desdeñar,
sino a despreciar, a las víctimas propias, eludiendo así la responsabilidad y
la necesaria corrección y reparación. Sucedió en nuestro país con las víctimas
de Barbate: dos guardias civiles muertos en el mar, arrollados por una lancha
de narcotraficantes, al no estar dotados del material adecuado para su tarea,
muy inferior al de sus atacantes, hecho que se ha vuelto a repetir hace pocos
días en Huelva. Sucedió con las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz,
que se achacó a diversas causas variopintas, hasta que recientemente una
sentencia dictaminó que la causa del accidente era la de no tener en
condiciones las vías. Sucedió en gran medida en los primeros y decisivos días
de la Dana de Valencia, para no hablar de las víctimas del terrorismo. Ahora le
ha tocado a los ceutís.
El
carácter de invasión de la avalancha sobre Ceuta ya no puede ser cuestionado
por ninguna persona con un mínimo de inteligencia, una vez desvelada por el
gobierno —con grave perjuicio para nuestros diversos sistemas de vigilancia—,
sus advertencias en los días previos, que fue respondida con una negligencia
culpable, algo que ha refrendado el Parlamento Europeo. Los habitantes de Ceuta
y sus responsables políticos ya lo sabían. Estaban habituados a la presión
migratoria y esto era muy diferente. Entre la riada de ocupantes, en tres
oleadas organizadas, había muchos que no parecían pobres desheredados. Algunos
tenían teléfonos de última generación, iban armados con machetes y disponían de
dinero para alquilar casas, comprar en los supermercados y montar luego
tenderetes de comida.
Los
ocupantes no procedían en su gran mayoría del África subsahariana, sino de
Marruecos, un país regido por una monarquía de carácter absoluto, cuyo rey es
inmensamente rico —así como su entorno— y está realizando inversiones
multimillonarias para conseguir ser la sede de la Copa Mundial de Fútbol. Como
buen gobernante totalitario combate la pobreza en la que tiene sumido a parte
de su pueblo, alentando un nacionalismo expansionista, en este caso, hacia
territorios estratégicos que nunca le han pertenecido: Ceuta, Melilla y
Canarias. Ya había utilizado a la población civil en anteriores guerras
híbridas, estrategia habitual de otros países árabes.
Desde
hace más de mes y medio, Ceuta está ocupada por una sociedad alternativa,
dirigida por mafias violentas que se pelean con machetes y dejan en las playas
que ocupan manos y orejas seccionadas. Se extienden por los montes y las calles
de la ciudad, se divierten, se drogan, se pelean, no están sometidos a ninguna
de las leyes de convivencia que rigen nuestras sociedades, apedrean a los cetuís
y a los escasos servicios del orden, violan a las menores cada vez con más
frecuencia —ya van 60, sólo de las declaradas—, han empezado a asaltar las
casas. ¿Qué sucederá cuando llegue el frío? La ciudad arde y no sólo metafóricamente.
Según fuentes policiales, la delincuencia ha aumentado en la ciudad más de un
quinientos por cien, sin que se hayan arbitrado medios equivalentes para
controlarla. ¿Es otra dejación culpable?
Lo
mismo sucede con los servicios hospitalarios —hay un solo hospital con 7
médicos en urgencias— y de limpieza de la ciudad. El agotamiento, la impotencia
y la sensación de abandono son comunes en todos los servidores públicos. La
situación se va agravando por días y las medidas, tardías, no parece que vayan
a aliviar la situación crítica y la ruina de la ciudad. Haber situado dos
carpas, una al lado de una central eléctrica y la otra, al de una instalación
de desalinización que surte de agua potable a la ciudad y cuya agua va a verse
contaminada, no parece el camino más adecuado.
Sin
embargo, las víctimas, según las autoridades, no son los ceutís, sino los
invasores. Los invasores son los pobres desheredados del mundo y los ciudadanos
españoles que habitan en Ceuta son xenófobos, insolidarios si no se conforman
con la dramática situación que padecen y en el colmo del desprecio no sólo a la
realidad sino a la vida y a la hacienda de personas concretas, su situación de
inseguridad es “subjetiva”, según declaraciones reiteradas del ministro del
Interior. Como la situación de caos sólo existe en la mente de los ceutís —las
manos cortadas y los heridos de machete y navaja que copan los servicios
hospitalarios y que vemos en televisión, no en todas las cadenas, deben de ser
también imaginaciones—, el gobierno considera que no es necesario dotar a los
servicios del orden de personal ni medios suficientes para controlar el caos y
la violencia. Los militares no van armados ni pueden repeler agresiones —ya hay
dos ingresados en el Gómez Ulla— y los policías desplazados, aparte de escasos,
son alojados en colchones malolientes, reservando los colchones nuevos para las
carpas de emigrantes. Ese desprecio y denegación continuada de ayuda —no vamos
a entrar en los intereses que hay detrás de este comportamiento—, atenta contra
el principio sagrado de la democracia, aparte de mostrar la infamia y la dureza
de corazón que puede parapetarse tras una ideología.
Nuestra
democracia y los gobernantes que la dirigen han ido olvidando los valores que
la hicieron posible y han cifrado inicialmente su permanencia en el progreso
material y el desarrollo de la tecnología. De forma paralela han sustituido los
valores por las ideologías que los cuestionan como forma de mantenerse en el
poder. ¿Se puede sostener la democracia sin los valores que la han sustentado?
¿Se pueden desdeñar esos valores bajo el paraguas de una ideología?
MARÍA LUISA MAILLARD
A
LA COLUMNA DE SIMÓN EL ESTILITA
O
A LA ESTRATOSFERA
ISABEL
BANDRÉS
El
alcalde demócrata de Nueva York, un inmigrante musulmán indio educado en
las mejores universidades del país, exiliado primero en Uganda, refugiado en
Londres y luego en Nueva York, recientemente soltó esta lindeza más propia de
dictadores como Mussolini, Hitler o Franco: “Con frecuencia hablamos de la
democracia como un valor. Pero ¿de qué sirve ese valor si las personas no
pueden cubrir sus necesidades básicas?». Se le olvidó explicar que las clases
más bajas disfrutan de un nivel de vida muy superior en una democracia liberal
que en una dictadura. En Yemen, en Somalia, en Sudán y en tantos otros países
donde la democracia es una fantasía, las poblaciones se mueren literalmente de
hambre. ¿Qué les pregunten cómo cubren sus necesidades más básicas a las clases
más bajas de Haití o del Yemen? Supongo que los defensores de la democracia y
de los derechos civiles como Obama y, mi admirado, Bernard Sanders habrán
entrado en shock. Esa frase es en la actualidad más propia de Trump que está
dispuesto a cargarse la democracia en Estados Unidos denostando, siempre que
tiene ocasión, a sus instituciones.
Donald
Trump aseguraba en mayo de 2023: ”La judicatura estadounidense es una
institución infiltrada por jueces demócratas”. Pero no es el único. Desde la
izquierda, López Obrador afirmó en México el 7 de mayo 2021: “El poder judicial
quedó echado a perder por la corrupción”. Hugo Chávez declaró en abril del
2000: “Ustedes me vieron a mí batallar contra el Congreso Nacional hasta que lo
desaparecimos. Ustedes me vieron batallar contra la Corte Suprema de la
Justicia hasta que la desaparecimos”. Y dirigentes de la derecha como Orbán en
Hungría o Bolsonaro en Brasil no perdieron ocasión de calificar la democracia
como una forma de gobierno débil que había que cambiar. Hoy las democracias no
caen por sufrir ataques exógenos, sino que mueren por ser atacadas desde su
interior, desde el núcleo del poder que las sustentan.
La
democracia liberal se basa en la independencia de los poderes y es, a pesar de
tantos que deberían defenderla, el régimen más justo e igualitario. Además, es
donde se pueden disfrutar de las libertades, de la igualdad de géneros y de la oferta
de mayores oportunidades económicas y sociales. Atacar a instituciones como a
los jueces o a la libertad de prensa es atacar a los contrapoderes que la
sustentan. En una dictadura no existen esas tres patas que sostienen una
democracia: poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial,
cuya separación evita la concentración absoluta del poder y garantiza el
funcionamiento de un Estado de Derecho.
Estamos
en tiempos revueltos. Putin amenaza directamente a Europa, también a España,
con atacarla con drones y parece que va en serio. Trump sigue con un discurso
delirante y su intervención en Irán anuncia subidas del precio del petróleo y,
por lo tanto, un invierno duro. El asunto de Ceuta sigue sin resolver y los
políticos se acusan unos a otros convirtiendo el problema en votos para Vox que
es el partido que más sube en las encuestas. La polarización y la mentira
suelen animar a los más jóvenes a votar a posiciones de extrema derecha
buscando una solución y al resto de la población que estamos hartos a encontrar
un refugio en la estratosfera o en la columna de Simón el Estilita. Simón era
un hombre solitario que vivó en el desierto, pero asqueado de la continua
molestia que le suponían las gentes que venían a visitarle y a pedirle consejo
decidió que le construyeran una columna de tres metros de altura, luego una de
siete y por último pasó a una de 17 metros para vivir subido en ella y alejarse
del jaleo que supone vivir en sociedad. Sobre esta columna pasó sus últimos 17
años de vida, por lo que se ganó el sobrenombre de «el Estilita».
Y eso que entonces no se había inventado la polarización. No sabe san Simón de
lo que se libró.
Con
la polarización empezaron algunos de nuestros males actuales y como decía, hoy,
24 de septiembre, el sensato Cándido Méndez: “La polarización lleva a la paralización“.
El enfrentamiento total y frontal con el otro no deja ningún resquicio para la
negociación ni para el acuerdo. La polarización emerge con la aparición de los
nuevos partidos políticos de corte populista, como Podemos, cuya finalidad es
el ataque frontal a los valores de la democracia liberal. También lo hace el
nacionalismo catalán durante el proceso de independentismo de Cataluña. Durante
la Transición hubo un reconocimiento de todas las opciones políticas y existían
unas líneas rojas no escritas para resguardar la democracia liberal. Podemos
viene a deslegitimar globalmente al sistema, algo que no hicieron ni el PSOE ni
el PP. Y aquí estamos echándonos constantemente en cara lo que sea, poco
importa, todo vale: “el pueblo contra la casta”, como decía Pablo Iglesias. La
polarización ha creado identidades políticas muy fuertes, enfrentadas
frontalmente entre sí. No hay racionalidad solo emoción y creencias: muchas
tripas y nada de pensamiento. Y cuando las vísceras priman sobre el sentido
común surge la bronca continua, el discurso empobrecedor y el hastío de gran
parte de la población por la política. Esos polvos populistas nos han llevado a
la subida de la ultraderecha en toda Europa. Querían levantar un muro y les han
abierto las puertas de par en par hacía el poder. La necedad es infinita entre
nosotros. La atmosfera social y política es irrespirable solo nos queda no
retroceder en la defensa de la democracia liberal, aunque, a veces, nos
gustaría huir a la columna de “el estilita” o a la estratosfera. Qué hartazgo.
ISABEL BANDRÉS
IMÁGENES SOBRE LAS
MUJERES Y LOS LIBROS
63.
MUJERES CON LIBROS PINTADAS POR CASAS
INÉS
ALBERDI
Ramon
Casas y Carbó (1866-1932) fue un artista español, nacido en Barcelona, famoso
por acompañar todo el proceso del modernismo catalán. Fue pintor y diseñador gráfico
y sus carteles y postales contribuyeron enormemente a popularizar el
modernismo. Se formó inicialmente en Barcelona, pero también en París donde fue
alumno de Carolus Duran. Se hizo célebre por sus retratos de la elite social,
intelectual, económica y política de Barcelona.
Realizó
muchos retratos de mujeres jóvenes y modernas en los que las representaba
leyendo libros o revistas.
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| Ramón Casas y Carbó, España (1866-1932) Mujer leyendo, c. 1900 Fundación Cultural Manuel Rocamora, Barcelona |
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| Dama leyendo Laven'c, 1890 Colección privada |
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| Esperando el ómnibus, París, c.1900 Colección Carmen Thyssen Bornemisza |
También
realizó retratos de sus amigas y conocidas en diferentes situaciones vitales,
pero muy frecuentemente leyendo.
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| Mujer leyendo, 1901 Fundación cultural Manuel Rocamora, Barcelona |
Encontramos
también imágenes de religiosas que parecen leer la música para cantar o para
recogerse un momento en la iglesia.
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| Coro de monjas, 1901/1902 Círculo del Liceo, Barcelona |
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| En el claustro, 1917/1919 Colección privada |
Es
el pintor de los cambios en la Barcelona en aquellos años. Esto se refleja especialmente
en su obra de 1901 “Ramon Casas y Pere Rumeu en una bicicleta” que es un cuadro
dinámico en el que aparece el propio autor junto a un amigo a bordo de una
bicicleta doble, reflejando la llegada de la técnica y de la bohemia.
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| Ramón Casas y Pere Tomeu en un tándem, 1897 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
A
la vez, Casas también realizó obras que pueden situarse dentro de la pintura
social, tan importante en aquellos años. Una es “Garrote vil” realizada en 1894
que trata de una ejecución pública realizada por este método, con un enfoque
realista y en la que se transparente una fuerte crítica social. Otra, la más
importantes es “La carga” realizada en 1899, un imponente oleo que muestra una
carga de la guardia Civil contra un grupo de manifestantes en Barcelona.
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| La carga, 1899 Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid En la actualidad depositado y expuesto en el Museo Comarcal de La Garrotxa, Olot, Barcelona |
Pero
ahora, a nosotros nos interesan las numerosas obras de Casas en las que
aparecen una mujer leyendo.
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| Entre dos capítulos, c.1890 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
![]() |
| Mujer sentada en la cama, c.1900 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
![]() |
| Mujer leyendo, 1890 Museu del Cau Ferrat, Sitges, Barcelona Forma parte de la colección de Santiago Rusiñol |
Ramon
Casas se interesó por todos los avances de su época y no desdeñó dibujar para
publicitar productos y atraer compradores, ni para las publicaciones periódicas
de la época.
A
la vez que su carrera como pintor prosperaba empezó a trabajar en el diseño gráfico
adoptando el Art Nouveau que se identificó enseguida con el modernismo. Diseñó carteles
para publicidad y realizó anuncios para bebidas, como el Cava Codorníu o el
Anís del Mono.
Realizó
también dibujos para portadas de revistas de la época.
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| Cabecera para la revista Hispania. Literatura y arte, 1899 Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona |
Sus
amigos modernistas crearon la revista Pel y Ploma en la que realizó
dibujos, que luego se convirtieron en obras individuales.
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| Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
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| Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
![]() |
| Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899 Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona |
![]() |
| Joven y decadente, 1899 Museo del monasterio de Montserrat, Barcelona |
INÉS ALBERDI
AHORA QUE PODRÍAMOS SER CULTOS
RAMIRO RIBEIRO MARTÍNEZ
En un reciente artículo publicado en el diario El País
el tórrido verano pasado, la escritora Carmen Domingo, último Premio Comillas
por su excelente biografía de Carmen Díez de Rivera, polemizaba con el siempre «polémico»
(así lo llaman en prime time) Juan del Val, paradigma de exitoso
escritor y madurito atractivo, felizmente emparejado con la presentadora Nuria
Roca, todo lo cual lo convierte, además de en objeto de envidia nacional, en
blanco de todo tipo de linchamientos en las redes sociales.
Al margen de ello, resulta de lo más interesante el
debate que abre en su artículo Carmen Domingo en torno a la frase del afamado
escritor de superventas eróticos tras recibir el último Premio Planeta: «Se
escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual», palabras en las
que Domingo ve más elitismo que el que supuestamente pretendía denunciar el susodicho.
Para Domingo, es elitista distinguir entre una cultura
para la élite y otra para el pueblo, en tanto que cuestiona la capacidad
intelectual de este para disfrutar de una cultura más compleja, algo que en su
día también hizo Ortega y Gasset y que, sin embargo, negarían después rotundamente
María Zambrano, Virginia Woolf, Gramsci, Engels, Brecht, Benedetti o García
Márquez, entre otros.
El problema, según Domingo, no es de falta de capacidad
del pueblo llano, sino de en qué medida este pueda tener acceso a ese tipo de
cultura, de ahí los loables, casi legendarios, empeños de García Lorca con La
Barraca o de María Teresa León con sus Guerrillas del Teatro.
De manera que la conclusión del artículo, bastante
ofensiva para el exitoso autor sicalíptico, viene a ser que comentarios como el
suyo al recoger el millonario premio no expresan más que el deseo de quien los
profiere de mantener al pueblo en la ignorancia, sin acceso más que a la
cultura de fácil consumo que él representa, mediante recortes en educación y
cultura, lo que lo convertiría en un reaccionario de cabo a rabo.
Sin embargo, a mi modesto entender, creo que Carmen Domingo cae en una demagogia similar a la del comentario de Juan del Val. Este pretendía con sus palabras, además de defender su venal y venusina literatura, congraciarse con el pueblo, la supuesta gente común para la que escribe sus morbosas intrigas de alcoba de clase alta en urbanizaciones de lujo, cuyo éxito le convierte en un claro representante del gusto literario común, atendiendo únicamente a las cifras de ventas de libros. Domingo, por su parte, también busca en su artículo estival ganarse el favor de esas grandes masas que atiborraban entonces las playas eximiéndolas de cualquier tipo de responsabilidad por la galopante falta de interés por obras culturales de cierta complejidad, algo de lo que, según ella, hay que culpar solamente al Estado por no dedicar más recursos a que ese acceso sea más fácil.
En otro artículo estival de la misma autora, publicado
semanas después en el mismo diario, volvía a insistir en la responsabilidad de
las instituciones, en este caso por el alejamiento de los jóvenes de la
literatura clásica, provocado por un sistema educativo que prioriza
adaptaciones, resúmenes o fragmentos de las obras en lugar de sembrar en los
alumnos la curiosidad por acercarse a los clásicos asumiendo todo el esfuerzo
que ello supone. Eso sí, la iniciativa que pueda surgir del propio joven al respecto
queda descartada: papá Estado es el único que puede despertar su interés.
Actualmente, no hay más que darse una vuelta por el
territorio nacional para comprobar cómo hasta el último municipio cuenta con su
pequeño museo de lo que sea o su modesto centro cultural. La publicación de
miles de libros al año sigue llamando la atención tanto por su cantidad como
por su variedad, que incluye por supuesto obras de lo más sesudas. Plataformas
en línea ofrecen una oferta de películas que cubren toda la historia del cine y
en las que, por supuesto, no falta la filmografía de, por ejemplo, Andréi
Tarkovski, Ingmar Bergman o David Lynch, por nombrar tres directores no
precisamente fáciles para el espectador. Tampoco los servicios de música
digital se quedan atrás a la hora de dar acceso no solo al Superestrella
de Aitana, sino también a la música dodecafónica, si se tercia el caso.
Resulta tan demagogo y populista decir que es el pueblo
llano quien decide qué es la buena cultura a base de billetera como decir que
si no consume cultura más compleja, es porque el Estado no se lo pone fácil. En
ambos casos, tanto Del Val como Domingo pretenden salvar al venerable pueblo
por encima de todo y a ver quién se atreve a meterse con él. Bueno, pues me
temo que voy a ser yo, lo siento, de verdad...
Efectivamente, en los últimos años el acceso a todo tipo
de cultura, fácil o difícil, comercial o intelectual, simple o sesuda, es
probablemente el mayor que ha existido nunca. Al mismo tiempo, en nuestro país,
desde mediados del siglo pasado, le educación pública ha ampliado la formación
de prácticamente toda la población, alcanzando en muchos casos el nivel
universitario, algo igualmente inédito por estos lares.
Sin embargo, cuando más gente formada ha habido y cuando más fácil ha sido el acceso a todo tipo de cultura, la tendencia generalizada de ese pueblo ya educado en condiciones, quitando un pequeño despunte en los años ochenta, ha sido dar la espalda a cualquier tipo de cultura que no fuese divertida o que les hiciese pensar lo más mínimo.
Uno ya peina unas cuantas canas, no muchas, he de
decirlo, y son innumerables las situaciones que ha vivido de desprecio a lo que
podemos llamar «alta cultura» por parte de personas muy formadas, incluidos
profesores del ámbito educativo de Secundaria en el que trabajo, que deberían
mostrarse más interesados en ella, aunque solo fuese por interés profesional. A
uno ya le cansan y le deprimen comentarios como el escuchado recientemente de
un compañero profesor de Historia que me dijo que, después de ver Azul
de Kiéslowski, decidió no volver a ver nada que no fueran películas de acción
facilonas. Cuando le dije que yo había visto la película tres veces y que me
encantaba, se mofó de lo raro que era yo, eso sí, «de buen rollo».
Otro compañero que imparte Historia del Arte,
¡prepárense!, me confesó que, en su reciente viaje a Dublín con unos amigotes,
cuando una guía les explicaba el interior de la catedral de la ciudad, no
deseaba más que acabase lo antes posible para seguir dando cuenta de la razón
última del viaje: la cerveza irlandesa. Cuando le recordé que la ciudad tenía
un enorme atractivo cultural, comenzando por la ruta del Ulises de
Joyce, me dijo que ese libro era una «ida de olla» y que era imposible de leer.
Al replicarle que yo lo había leído un par de veces, me soltó: «¡Así tienes la
cabeza!», también «de buen rollo», claro.
Podría seguir poniendo ejemplos y ejemplos de la misma índole: gente más que formada y preparada, con todas las facilidades para acceder a todo tipo de cultura, que ha renunciado masivamente a consumir nada que no sean vacuos espectáculos hollywoodenses en cines de colosales pantallas, aderezados con enormes provisiones de palomitas; libros de lectura tan fácil como insustancial, con los que llenar el poco tiempo que les deja el consumo de estúpidos vídeos o bulos en el teléfono móvil; o artificiales e hiperguionizados programas de televisión sobre talentos varios de personas ávidas del cuarto de hora de fama prometido por Warhol.
No, querida Carmen, el problema no es del Estado. La
responsabilidad es de las personas que, pudiendo disfrutar de la cultura más
rica posible que jamás tuvimos a nuestro alcance, prefiere el puro
entretenimiento para evitar cualquier tipo de esfuerzo. Y no, afamado Juan, tu
literatura no es más valiosa porque la compre tanta gente: simplemente, es más comercial
porque precisamente responde a ese gusto por el puro pasatiempo que no exige
mucho esfuerzo.
Y otro día hablamos de las consecuencias políticas de
semejante panorama cultural que, desgraciadamente, ya estamos padeciendo, y
creciendo.
RAMIRO RIBEIRO MARTÍNEZ.
ATADURAS
NATALIA VELASCO
Nunca he volado una cometa, pero los
preparativos que el proceso conlleva, sus colores fluorescentes, su forma romboidal
o hexagonal me han atraído desde niña. Parece que el secreto para que emprenda
el vuelo es aprovechar la dirección del viento y mantener la tensión correcta
al ir soltando el hilo. Lo ideal es volarla en la playa o en espacios abiertos
libres de árboles, edificios u otros obstáculos. Es recomendable alejarse de
los postes eléctricos, las carreteras y los aeropuertos y, lo más importante,
nunca hacerlo durante una tormenta. Hay que darle la espalda al viento y
mantener la tensión del hilo. Si la cometa se tambalea, tirar del hilo para
darle impulso. Cuando la cometa se estabiliza y el viento empuja con fuerza,
las leyes de la física hacen el resto.
No encuentro una metáfora más
acertada para trazar el destino de nuestros hijos cuando llegan a la
adolescencia. Como Venus y Adonis, poderosos, alzan el vuelo pendientes de un hilo
que en algún momento soltaremos definitivamente. Entonces dibujarán en el cielo
formas indefinidas de colores alegres propios de la juventud; dibujarán
destinos diferentes a los nuestros, llenos de zozobra y azar y nos
sobrevolarán. No hay ley de vida más determinante ni necesaria. Las figuras de
apego soltamos el hilo y dejamos de ir a buscarlos a la salida del instituto,
de acompañarlos al parque, de celebrar cumpleaños con sus amigos y de elegir la
ropa que van a ponerse. Emprendemos nosotros, las madres, los padres, un duelo
que atisba ventanas de libertad que nos da vértigo recorrer de nuevo. Pero nos
dejamos impulsar por la brisa que roza lo que fuimos y podemos volver a ser.
Sin embargo, la vida no está exenta
de tormentas y mientras atraviesan el cielo, voltean y acuden de nuevo a ti. Y
las ataduras recomienzan. Es ahí cuando escucho a Carmen Martín Gaite decir: ”Nunca
está uno libre; el que no está atado a algo, no vive… Las verdaderas ataduras
son las que uno escoge, las que se busca y se pone uno solo, pudiendo no
tenerlas”.
NATALIA VELASCO
SON LOS SERES QUE
FUI LOS QUE ME AGUARDAN (*)
EMILIO GONZÁLEZ
MARTÍNEZ
La inexplicable nada.
Giuseppe Ungaretti
Por una letra,
la lepra no es una letra.
Escuchado al pasar
Nací
en un barrio de Buenos Aires, los vecinos de abajo eran italianos, mi amigo del
cole era checoeslovaco, el farmacéutico de la esquina era suizo y yo mismo,
vivía con españoles. Quiero decir que me resultaría difícil indicar desde
cuando vivo en Europa.
Los domingos mi padre sintonizaba su programa de radio favorito: “Por los caminos de España” y canturreaba:
La mi morena, que gusto da mirarla…
En el programa siguiente llegaba el contrapunto tanguero en la voz quebrada del “polaco” Goyeneche que decía, más que cantaba:
después partir y al fin, andar sin pensamiento…
Fui
creciendo entre estos y otros ritmos y las sabias e ingenuas rimas que traían
los calendarios y otras, menos ingenuas, que se podían leer sobre el parabrisas
de algunos camiones.
Hasta que estalló en letras un desnudo de mujer frente a mis ojos inexpertos:
te pareces al mundo en tu actitud de entrega,
mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace brotar el hijo del fondo de la tierra.
Algo
se movió en mí ante esas uniones insospechadas contra toda prohibición, una
valentía para imaginar rituales en mis piernas, aguas talladas por el sexo,
versos en los que el capitán de los sueños declina su poder ante la arboleda.
Después
me llegó el toque inaugural del Psicoanálisis y la palabra construcción se
desprendió de los edificios para inundar —más allá de su eficacia—, las letras
del olvido
Afirmar,
negar y silenciar no alcanzan para nombrar mi vida, ni la vuestra.
Hay, al norte de las ilusiones, centelleante mordisco en la vigilia, un trabajo incesante por combinar los grumos del sonido con la pesca imposible.
Eran tres, vino el día con sus hachas,
Eran dos (alas rastreras de plata),
era uno, era ninguno,
se quedó desnuda el agua.
Y,
a la vez, un largo lagarto verde con ojos de piedra y agua clavó en mí
la tradición de un ritmo frágil y hechicero, nuevos aires y una muralla capaz
de abrir y cerrar a voluntad su boca ensangrentada,
Arqueología
del tiempo perdido, bajé de las montañas —en las que nunca estuve— en un
leopardo gris, anunciando cada mañana otra vez lo mismo, hasta que una voz
escrita rompió el teclado maternal y me despertó o me hizo soñar: otra manera
de estar despierto.
Recuerdo claramente, diecinueve años, el servicio que le hice a los militares y Lorca en mis manos escribieron estos versos:
y aquí a tu lado voy a quedar.
no dirán nada tus labios secos,
ni una lágrima los mojará.
Eres de piedra y como las piedras,
mujer,
no sabes lo que es amar.
Me
llevó unos años de análisis reponerme de este poema.
Ya
más crecido trabajé de personaje de novela: era un joven español, estudiaba
Letras, escribía poesías y me suicidaba por amor desde la ventana más alta de
la pensión y en mi retina, la secreta y violenta invitación de las grandes
baldosas, cuando niño y la Giralda era toda Sevilla.
Soporté
el fuego graneado de las oficinas y el tedio de los números sin sexo.
Lo
conseguido —trofeos, cánticos y horrores— cayó por su vagina en mis bolsillos.
Avaro de mi pobreza, moriré cuando compruebe que están todas las monedas.
Caminé
a orillas del mar sin marearme; caí varias veces y al levantarme, el horizonte
siempre fue humano.
Volando,
entonces, otra vez nací en la meseta añosa, entre el pan amargo del exilio, los
hijos enredados a mis rodillas y la turbia palidez de la locura.
Entre
poemas y divanes se fue apoderando de mis letras una voluntad de destrucción de
todo lo carcomido y petrificado en mí por esta civilización, por esa religión,
por cualquier prejuicio moral. Descubrí en esa destrucción una libertad y me
até a ella con la guía mordaz, irreverente y cáustica del humor. Una belleza
inesperada brotaba al oponer esta destrucción estética esa orgía de
aniquilamiento en la que estamos anegados y somos negados.
Aprecio
las minucias que me acechan por las noches y cantan a la soledad sin por ello
volverme un solitario. Ellas son otras y las mismas cada vez, como las palabras
y la mujer; como la piel del idioma y las alas del verso que sólo en su corte,
saben volar.
La
poesía es una pequeña y fuerte traición al sentido común, a la metálica
beatitud de las costumbres, a las combinaciones congeladas donde desfallece la
combinatoria.
Ella
parió el inicio de todos los comienzos, se teje en el lenguaje al que origina,
inventa -con pasión y trabajo- que las palabras lleguen a ser lo que son.
Y
cuando el último de todos los hombres haya dado su postrer y tembloroso pasito
sobre esta tierra, Ella aún tendrá un verso por escribir.
Lo
más profundo es la piel decía el poeta y así se escribe —poema
a poema— que nada hay de superficial en la piel, ese tapiz en el que carambolas
tan precisas como inexorables marcan en mi cuerpo —letra a letra— el vacío de
un destino, los rostros entretejidos con trazos amorosos, certeros y virulentos
que rasgan por sorpresa nuestra mirada en la ínfima eternidad donde se dirime
el verso y el filo del tiempo atraviesa el corazón de la verdad, por costumbre,
por nada.
Anhelo
exprimir el tiempo inmemorial de las raíces y las luminosas cadenas de lo por
venir, ese tiempo inmenso, que no quiere decir grande, sino sin medida.
No
hay resignación en la poesía, ni cuando el dolor, ni cuando la ausencia, ni
cuando la muerte me sumerge en el silencio, porque mis manos, en plena caída,
siguen volando, saben perderse en la pérdida sin dejar de renunciar a lo
perdido, se saben tiempo, herencia por venir.
Caer
es un ejercicio cotidiano del trabajo poético y del quehacer de un
psicoanalista, un vértigo entre piel y piel, entre una palabra y la siguiente,
entre memoria y virutas de luz, en las cascadas huellas de la mirada, antes de
una coma, en el decisivo futuro de un punto final.
Me
persuade la fértil sombra de las palabras más que su centro semántico; escribo,
no para ser entendido, sino para ser leído, cambio palabras por pan y silencio
por diamantes. No el silencio -vacío de otros- que agobia al solitario, sino
aquél preñado de lo nuevo, aquél que arranca nuestro cuerpo del sofá y lo
arroja hacia el fermento nutriz del alfabeto.
Entre
palabras, anhelo dar un paso más, doblar la apuesta y seguir como quien nunca
soñó escapar, avistando -entre la luz que oculta la niebla- la locura de algún
adiós inconfesable, el imposible encuentro de quien huyendo de la poesía toca
mis labios, tropieza en un verso y vuela.
Ambiciono un decir trepidante, ágil, que no deje de informar y tampoco deje de impugnar, en medio del rutilante y mortífero letargo de lo light.
el peligro inminente de caer
a los pies del diccionario.
En ese caso
tener escrito algún poema
para leer a los caídos.
(*) verso de Olga Orozco
Agradezco
la involuntaria contribución de algunos grandes poetas en este escrito.
EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ
EL STRADIVARIUS DE TAMARIZ DEJÓ
DE SONAR
BIENVENIDO PICAZO
Roald Dahl
En Madrid, su pueblo y —quizá— el
nuestro, se nos ha muerto como del rayo Juan Tamariz, a quien tanto queríamos.
Debe de haber muy pocos
personajes —muy poquitos—, que despierten tanta unanimidad en el español medio
como este Paganini tan castizo y tan nuestro que nos ha acompañado con su
virtuosismo durante toda la vida. He estado tratando de instruirme leyendo toda
su trayectoria y, francamente, he visto sus conferencias, todos sus
entorchados, su extensa producción literaria, sus iniciativas, sus giras por
aquí y por allá, hasta su incursión en el cine que quedó en muy poco por mor de
su mágica pasión mágica, y al fin y a la postre todo me resulta demasiado abrumador.
No le quito ni un ápice de mérito a su brillantísima carrera, sólo quiero
quedarme con su candor, su inocencia y su afán por hacer felices a quienes nos
sentábamos a su vera: nada más y nada menos que millones de incautos e
infantilizados espectadores.
Imagino que en su dilatado viaje
habrá habido sinsabores, algún fracaso, roces con productores, compañeros y
otras gentes más propensas a las ganancias crematísticas, que por supuesto él
también tendría, pero ¡qué importa eso! Nadie va a bajarme de mi burro, yo,
como los demás que estábamos ajenos a esas cuitas, veíamos anunciado a Tamariz
y allí nos plantábamos, sabedores de que nos iba a tomar delicada y suavemente
el pelo, nos iba a llevar por donde él decidiese e íbamos a salir desplumados
pero felices.
¿Quién no ha disfrutado y reído
con las notas de su excelso Stradivarius?
La risa no debe impedir que
oteemos un bosque lleno de talento y éxito, la relación de premios, más allá de
tener un punto insustancialmente anecdótico, solamente nos indica que desde
bien jovencito ya desbordaba dominio y maestría con sus manos. Escuchar lo que
dicen de él quienes más saben de cartomagia, numismagia, transformaciones,
desapariciones y apariciones, pone la piel de gallina, justifica sobradamente
nuestra admiración y nos descubre a un genio, paradójicamente, sin trampa ni
cartón.
Resulta que el tiempo se ha
detenido para el gran Tamariz pero ¡ahí quedó eso! y eso no es más que ternura,
porque se pueden contar con los dedos de una mano estos rara avis que
generan tanta concordia y simpatía en nuestra desgarrada España. Agradecidos
debemos estar por contar con estos personajes que tan de tarde en tarde
aparecen en nuestras vidas. A buen seguro no estaría escribiendo sobre este
perspicaz y agudo mago, si alguna de nuestras múltiples facciones hubiese
decidido hacerlo de los suyos. En todo caso me resulta extraño que su
reconocimiento por parte de los poderes públicos haya sido tan cicatero, a mi
juicio se debe a que desde arriba los tahúres de todo pelaje consideran a la
magia como un arte muy menor, acaso ni siquiera un arte. Pues ¿qué quieren que
les diga?: “¡Tatatachán!"
BIENVENIDO PICAZO
Coda, más o menos oportuna: Fue
el creador del método de las pistas falsas, ya que de psicología sabía tanto
como de tantas otras cosas; tan es así, que la CIA tiene en su biblioteca el
libro de nuestro querido prestidigitador de la baraja y la palabra La vía
mágica (1987). Aparentemente la agencia de inteligencia norteamericana lo
usa como manual para los muchos hechiceros que tiene en nómina.
LAS
PERIFERIAS EXISTENCIALES
Y
EL DILEMA DE LA ACCIÓN HUMANITARIA
CARMEN
G. INSAUSTI
Cuando
leí la novela El loco de Dios en el fin del mundo, escrita por
Javier Cercas, en la que el autor narra su viaje con el Papa Francisco a
Mongolia en 2023, una de las ideas que me pareció más potente y simbólica del
libro y del pensamiento del Papa Francisco fue la idea de la “periferia”. En la
novela la idea aparece con el sentido no solo de un lugar geográfico sino
también de una experiencia vital humana. Francisco habla de periferias
existenciales, donde habita el dolor, la exclusión, la soledad, el sufrimiento
invisible; periferias físicas que son regiones remotas como Mongolia, África
Subsahariana, barrios populares, campos de refugiados, etc., y periferias
morales donde las personas son descartadas por el sistema: presos, inmigrantes,
drogodependientes, ancianos olvidados, etc.
Como
he dicho, el tema tuvo una resonancia importante en mi persona y sentí que más
allá de cualquier connotación religiosa, la novela nos interpela como personas
que de una manera general estamos ubicadas en el centro (cultural, social, racional,
geográfico, etc.), y que disponemos de sensibilidad y capacidad de compasión y
de la formación y competencias necesarias para responder ante el sufrimiento y
el dolor que con frecuencia aqueja a esas periferias. Bien es cierto que sería
una falacia creer que con nuestra ayuda individual se van a resolver los problemas
tan complejos que de forma crónica y sostenida afectan a esas periferias. Como
personas, como individuos, generalmente no pasamos más allá del nivel de la
caridad que nos mueve a donar bienes, posesiones, utensilios, alimentos, a
cuidar a personas vulnerables, etc., y esto, por supuesto, no es suficiente, es
solo una pequeña aproximación al problema. Hacen falta muchas más acciones y
sobre todo un programa de cooperación, de esos que llaman cooperación al
desarrollo, muy bien estructurados y consensuados, muchas veces entre
diferentes países, que pueda actuar a mediano y a largo plazo sobre las
estructuras sociales, económicas y políticas, y reconocer las responsabilidades
colectivas de las causas profundas que generan esas periferias existenciales y
sobre todo la desigualdad, la pobreza y la exclusión. Pero este es un tema muy
complejo que supera con creces lo que pretendo tratar en este artículo.
A lo que quiero referirme es a las situaciones que de forma aguda nos ubican en periferias existenciales, a lo que pasa cuando por situaciones de catástrofes: naturales, como la que hemos vivido en España en los últimos años o más recientemente en Venezuela con el doble seísmo ocurrido en junio de este año; situaciones bélicas o de otra naturaleza, como las que se viven actualmente en la Europa Oriental y en el Medio Oriente, un grueso de la población de forma repentina pasa a formar parte de esa tan temida periferia existencial. En estas circunstancias la situación es diferente, porque la premura y cantidad de las demandas imponen una urgencia de actuación que activa una red muy grande de actores y personas dispuestas a ayudar. No se moviliza un solo grupo, sino que participan diferentes niveles de la sociedad y organizaciones especializadas. De entrada, los vecinos y la población local son los primeros en responder mostrando su disposición a la caridad, a salir del yo, de la comodidad, de la burbuja intelectual o afectiva, en un gesto profundamente humano de donar bienes, posesiones, utensilios, alimentos, de cuidar a personas vulnerables, para intentar dar respuesta con toda la formación y recursos disponibles a las necesidades de todos los que están en la situación aguda de periferia existencial. Los gobiernos y protección civil envían ejércitos, bomberos, equipos, facilitan el transporte, crean hospitales de campaña, rescates complejos y realizan aportes económicos. Voluntarios y la sociedad civil de otros lugares o del propio país se apuntan para ayudar, donar sangre, recolectar fondos o apoyar en tareas logísticas y de comunicación. Organismos internacionales, como la ONU, si es necesario, también se movilizan. Pero, además, en estas circunstancias intervienen otros actores muy importantes que son las organizaciones que se dedican a la acción humanitaria, con las características suigéneris de su actuación. A esto me quiero referir.
![]() |
| Maqueta realizada por un niño brasileño, de escasos recursos, para expresar dónde vivía. |
Por
definición la acción humanitaria es el conjunto de actuaciones de socorro,
protección y apoyo que se ponen en marcha para atender a las poblaciones
afectadas por crisis, ya sean desastres naturales, conflictos armados,
desplazamientos, epidemias o emergencias humanitarias complejas. Su finalidad
esencial es salvar vidas, aliviar el sufrimiento y preservar la dignidad humana,
actuando de forma inmediata y a corto plazo. Esto la diferencia de los programas
de cooperación al desarrollo que actúan a mediano y largo plazo sobre las
causas crónicas que generan las periféricas existenciales y morales.
En términos generales las instituciones que participan en la acción humanitaria comparten una base ética común de solidaridad y la misión de aliviar el sufrimiento, pero presentan diferencias profundas en sus bases fundacionales, marcos legales y relación con los Estados. Las diferencias fundacionales se basan fundamentalmente en la forma en que interpretan, priorizan y aplican los principios humanitarios de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia, porque se siguen por doctrinas diferentes. Así, por citar solo los ejemplos paradigmáticos, la Cruz Roja y Médicos sin Fronteras sostienen que la acción humanitaria debe estar completamente aislada de la política y de los intereses estatales. Su fundamento clave es un rigor absoluto en los principios de neutralidad (no tomar partido en conflictos) e independencia (operar al margen de agendas políticas, militares o de donantes gubernamentales). Mientras que organizaciones como CARE International, The International Rescue Committee (IRC) o Save the Children buscan integrar la ayuda humanitaria con las agendas políticas exteriores y de gobernanza global. Aceptan un alto grado de financiación pública de gobiernos y suelen coordinar sus esfuerzos alineándose con los objetivos diplomáticos de las democracias occidentales o de las agencias de las Naciones Unidas. Desde su perspectiva, no basta con atender las consecuencias de una crisis; también resulta necesario actuar sobre sus causas. Otras, como Norwegian People's Aid o ramas activistas de denuncia internacional priorizan el enfoque basado en derechos por encima del enfoque basado puramente en necesidades y critican la neutralidad estricta, argumentando que ser neutral ante atrocidades o violaciones flagrantes de los derechos humanos convierte a las organizaciones en cómplices implícitos.
En
la práctica se genera una tensión entre las perspectivas que favorecen la
neutralidad y las que defienden la no neutralidad puesto que mientras la
neutralidad y la independencia pueden facilitar el acceso a las poblaciones
afectadas y preservar la confianza de las partes, también pueden ser cuestionadas
cuando se interpretan como silencio frente a violaciones graves de derechos. A
su vez, la denuncia y la intervención sobre las causas de la emergencia pueden
fortalecer la protección de las víctimas, pero también implican el riesgo de
politizar la ayuda, comprometer su imparcialidad o convertirla en instrumento
de intereses ajenos a las necesidades de la población.
De
hecho, en situaciones generadas por conflictos bélicos como el conflicto de
Ucrania o la guerra en Gaza, la Cruz Roja ha recibido innumerables críticas a
su actuación al considerar que su trato con ambas partes y su negativa a culpar
públicamente a un bando limitan una condena firme ante la gravedad de los
abusos cometidos. Esto sin dejar de recordar el intenso debate ético planteado
en el siglo pasado por su actuación en el Holocausto cuando mantuvo una
política de estricto silencio para poder seguir actuando en el terreno.
Esto
significa que el ejercicio de estas instituciones no está exento de verdaderos
dilemas éticos que no pueden resolverse únicamente mediante criterios técnicos
u operativos. Examinar estas tensiones desde una perspectiva ética, utilizando
criterios para una acción humanitaria que combine humanidad, imparcialidad,
independencia, justicia, transparencia, participación comunitaria y
responsabilidad institucional, evitando tanto la indiferencia ante el
sufrimiento como la instrumentalización política de la asistencia, es una
asignatura pendiente, por ello y por las numerosas crisis humanitarias
complejas que estamos viviendo que ponen a grandes grupos poblacionales en
condicione agudas de periferia existencial es por lo que he querido llamar vuestra
atención sobre este tema, con la esperanza de que en algún momento se dé un
debate justo que permita aclarar si la acción humanitaria debería limitarse a
aliviar el sufrimiento o además contribuir a transformar las causas que lo
producen.
En
fin, nunca imaginé que Cercas y el Papa fueran mi asidero para aproximarme,
aunque fuera mínimamente, a un tema tan complejo como el de las periferias.
CARMEN
G. INSAUSTIMédico
Hematólogo
CARÁCTER DE EXCEPCIÓN
LIDIA ANDINO TRIONE
como si el mundo le debiera algo.
ESCUCHADO AL PASAR
Muchas veces hemos escuchado decir
o hemos dicho nosotros mismos de alguien, que tiene mucho carácter,
atribuyéndole una habilidad frente a cualquier otro que se le acerque.
Algo que se aparta de la regla
general constituye así un caso raro, único o temporal, que no sigue la norma
común y representa un caso especial que no cumple con el patrón habitual. Ejemplo:
si todos llegan tarde a una cita y tú llegas a tiempo, entonces eres la
excepción. O, en esta familia todos cantan, menos Juan.
Uno de estos tipos de carácter descubiertos por Sigmund Freud en la labor analítica es el llamado “carácter de excepción” y trata de que el paciente ha de renunciar a un placer máximo e inmediato, no al placer en general. Es decir, ha de renunciar tan solo a aquellas satisfacciones a las que sigue un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. Dicho de otra manera, debe llevar a cabo, bajo la dirección de su analista, aquel avance desde el principio del placer al principio de realidad, que diferencia al hombre maduro del niño.
En ocasiones, algunos sujetos se
rebelan contra esta propuesta alegando que ya han sufrido, se han privado
bastante y tienen derecho a que no se le impongan más restricciones. No están
dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displicente.
A todos nos gustaría dárnoslas de
“excepciones” y pretender, en consecuencia, la obtención de privilegios sobre
los demás.
Este tipo de carácter se enlaza a
sus primeros años infantiles, del que se sentían inocentes, estimándose como
una ofensa injusta inferida a su persona. Los privilegios que derivan de esta
injusticia han contribuido a agudizar los conflictos.
En muchos de estos pacientes, la
citada actitud ante la vida se constituye al averiguar que un doloroso
padecimiento orgánico, que le había impedido lograr sus aspiraciones, era de
origen congénito. En otros casos, por ejemplo, siente que la Naturaleza ha
cometido con él una grave injusticia negándole una figura agradable que
conquiste el amor de los demás. La vida entonces le debe una compensación que
él se procurará. Puede cometer injusticias, pues se han cometido con él.
Todos, en algún momento, creemos
tener motivo para estar descontentos de la Naturaleza por desventajas
infantiles o congénitas y todos exigimos compensación de tempranas ofensas
inferidas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio.
Freud termina el texto diciendo:
“No queremos abandonar los de
“excepción” sin observar que la pretensión de las mujeres a privilegios
especiales y a la liberación de tantas necesidades de la vida se funda en la
misma razón. La labor psicoanalítica nos ha llevado a descubrir que las mujeres
se consideran perjudicadas por la Naturaleza, privadas de un elemento somático
y relegadas a segundo término; y que la enemistad de algunas hijas contra su
madre tiene como última raíz el reproche de haberlas parido mujeres y no
hombres”.
LIDIA ANDINO
Quince
relatos, quince miradas, un mismo latido: el arte como forma de vivir, de
resistir y de entender el mundo. Este libro reúne historias que atraviesan los
siglos XIX, XX y XXI, donde conviven artistas reales y ficticios, algunos
celebres y otros anónimas que nunca llegaron a los museos.
Aquí,
la pincelada atormentada de un o una artista célebre dialoga con el silencio de
quien pinta en la sombra; la fama se enfrenta a la duda, y el éxito no siempre
es sinónimo de plenitud. Cada relato adopta un estilo propio, como si cada
protagonista dictara el pulso de su propia narración: íntimo, feroz, apasionado
o fragmentado. Cada palabra está elegida con cuidado por sus resonancias
sensoriales y poéticas, tejiendo una narrativa que ilumina con colores como una
pintura en prosa.
Algunos
cuentos se construyen alrededor de un color, explorando su peso emocional y
simbólico. En todos, el arte es refugio, iluminación, obsesión o condena.
Este
no es solo un libro sobre artistas, sino sobre la necesidad irreprimible de
crear, incluso cuando nadie mira. Sobre lo que se pierde y lo que se salva en
el intento.
Quince
historias que invitan a mirar más despacio, a detenerse en los detalles y a
descubrir que, detrás de cada obra de arte, siempre hay una vida que arde. La
escritora, Ara de Haro, ha encontrado la llama viva, el pulso de la vena que
liga el arte a la vida.
MISCELÁNEA
ISABEL BANDRÉS
EMMA BONINO
El
11 de septiembre falleció Emma Bonino, una mujer admirable y una luchadora
infatigable por la defensa de los derechos humanos. En 1976 fundó el Partido
Radical. Ocupó numerosos puestos de responsabilidad tanto en Italia como en la
Unión Europea y en Naciones Unidas. Batalló por el feminismo, por la aprobación
del divorcio, del aborto y de la eutanasia. Promovió “El Tribunal Penal
Internacional para la antigua Yugoslavia”. Denunció el abandono de
Ruanda por parte de la comunidad internacional ante el genocidio cometido por
las etnias tutsi
y hutu.
Censuró a los talibanes. Visitó lugares en conflicto como Somalia, Sudán… En
fin, fue incansable en su lucha contra el hambre y las injusticias.
Incluso
quienes estaban en las antípodas de su ideología, como la actual presidenta
Meloni, le mostraron respeto: “Siempre la respeté —manifestó Meloni—, aunque
nuestras posiciones políticas eran muy distantes. Esto no me impidió admirar a
la persona, su prestigio y capacidad de entender que el papel de la mujer en la
sociedad y en la política no es nunca algo que debes esperar que te concedan,
sino que debes tomarlo. No hay que vivirlo como una concesión, sino como una
conquista. En eso estábamos de acuerdo”.
Agnóstica
militante, fue visitada en su domicilio por el Papa Francisco en 2024 que la
apreciaba profundamente. Les unía estar a favor de la paz y en la defensa de
los derechos humanos, así como la lucha contra la pena de muerte.
En
2015 anunció que tenía cáncer de pulmón: “Sólo queremos decir que debemos
esforzarnos por ser personas y por vivir libres hasta el fin. En suma, yo no
soy mi tumor, ni vosotros sois vuestra enfermedad; debemos pensar solamente que
somos personas que se enfrentan al reto que se les ha presentado”. El 11 de
septiembre de 2026 falleció en Roma y nos sentimos más huérfanos.
TARUGOS
El
Informe PISA de 2025 nos suspende en educación. Los estudiantes españoles
obtienen 451 puntos frente a los 474 que obtuvieron en 2022. Estamos a 50 puntos
de Japón y muy lejos de Corea y Estonia. En general, los países europeos no han
sacado buenas notas. Ya no existe una cultura del esfuerzo. Por otra parte, a
los políticos no parece importarles ya que se supone que a menor nivel cultural
más fácil es manejar las voluntades por lo que encadenan leyes de educación que
llevan a nuestros jóvenes a la ignorancia. Europa, la cuna del Renacimiento,
ahora está llena de tarugos que no saben ni qué fue el Renacimiento. Y no son
ignorantes per se, lo son porque los hemos condenado a serlo. Cada vez
cuesta más que un grupo de estudiantes pueda entender un texto complejo. Les
estamos privando del deseo de saber y la capacidad de pensar individualmente.
Como sociedad, no tenemos perdón.
EL
RESPETO
Respeto
significa reconocimiento del otro y a la vez reconocimiento propio. Solo
respeta quien reconoce al otro como un sujeto concreto y diferenciado merecedor
de dignidad por el mero hecho de ser humano como nosotros. En el reconocimiento
del otro y en el reconocimiento propio se encuentra el fundamento de toda
convivencia basada en la ética y el derecho. En el ensayo de Richard Sennett
titulado, Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad, se
analiza por qué resulta tan difícil lograr el respeto mutuo en las sociedades
actuales marcadas por las diferencias económicas y sociales.
El
filósofo Byung-Chul Han, en su último libro, Sin respeto. Una crisis social,
sostiene que la responsabilidad hacia el otro implica, entre otras cosas, responder y
reconocer su presencia. “Desaparecer —escribe—, de una
relación sin dar
explicaciones se ha convertido en una conducta
reconocible hasta el punto de tener un nombre propio: ghosting”.
Como
se establece en la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y deben
comportarse fraternalmente unos con otros. El respeto al otro, sea quien sea,
no es una opción benevolente, sino la obligación fundamental que sostiene el
tejido social y la convivencia democrática.
Además,
una falta de respeto, una humillación, es difícil de olvidar. Deshumaniza tanto
al que la recibe como al que la comete.
ISABEL
BANDRÉS
EGERIA (s. IV)
MARÍA LUISA MAILLARD
La
aventura no es sólo cosa de hombres, como pone de relieve Cristina Mataró en su
libro de 2012 Viajeras, intrépidas y
aventureras. Es cierto que en la historiografía clásica la aventura y el
descubrimiento tienen nombre de varón, pero las mujeres estuvieron ligadas
desde los orígenes al espíritu libre y aventurero a través de la mitología. Ya
en el Panteón Olímpico griego nos encontramos con diosas como Artemisa,
asimilada a Selene, la refulgente luna, como su hermano Apolo lo era a Helios,
dios solar. Amiga de los animales salvajes, era una divinidad de los espacios
escarpados y deshabitados. Con sus flechas siempre a punto, recorría libre “los
montes sombríos y las cumbres azotadas por el viento”, según un himno homérico.
En la mitología nórdica, Skade, era una diosa del invierno que corría
incansable las llanuras y los montes helados portando su arco y sus flechas. Y
¿cómo olvidar las palabras de la serrana Marcela en El Quijote?: “Yo nací libre y para ser libre escogí la soledad de los
montes”.
Nuestra
protagonista de hoy, Egeria, no era un personaje literario ni una diosa, aunque
ese sea el origen de su nombre, el de la sabia ninfa que tenía dotes oraculares
y aconsejaba a Numa, segundo rey de Roma, en la redacción de las leyes de la
ciudad. Nos referimos a una mujer real, la primera en dejar por escrito su
periplo viajero, Itinerario Egeriae o
Peregrinatio ad Loca Sancta, en forma de cartas, dirigidas a “mis señoras y
hermanas de Hispania” que residían en El Bierzo. Desde el año 381 al 384
realizó la hazaña de recorrer más de 5.000 Kilómetros para ver con sus propios
ojos todos los lugares y países que eran nombrados en la Biblia y tuvo la
deferencia de dejar sus impresiones en un latín coloquial, muy alejado de los
estilos solemnes de la época.
A
lo largo de los siglos, las mujeres han encontrado en las diferentes sociedades
en las que residían, resquicios para desarrollar su libertad, su curiosidad y
su talento. Con Egeria nos desplazamos al siglo IV y a un Imperio, el romano,
que desde el Edicto de Milán (312), confirmado en el de Tesalónica (380), había
introducido la religión cristiana como la oficial del reino. Durante siglos,
los conventos serían lugares en los que muchas mujeres pudieron desarrollar su
talento en diferentes disciplinas, con nombres como Hildegarda de Bingen, Sor
Juana Inés de la Cruz o Teresa de Jesús, por no mencionar sino a las más
conocidas. Para las mujeres curiosas y aventureras había otro camino, además
del convento: las peregrinaciones. Muchos siglos después, otro resquicio
abriría el horizonte de la mujer. El descubrimiento de un nuevo mundo sería la
posibilidad que aprovecharía un plantel de mujeres españolas aventureras como
Catalina de Erauso, la monja alférez, Catalina de Bustamante, la primera educadora
de América o Isabel Barreto, la primera mujer almirante en la historia de
España.
Egeria,
también denominada como Etheria o Heteria, según las fuentes que la citan
nació, en Gallaecia, diócesis de la Hispania romana. Era una mujer culta, conocedora
de los clásicos y probablemente perteneciente a una familia de noble estirpe,
que decidió en el año 381 iniciar un largo peregrinaje para conocer Los Santos
Lugares. Aprovechó para ello la red viaria de 80.000 Kilómetros, el cursus publicus romano, construida
para el desplazamiento de las legiones romanas. También contó para realizar su
hazaña con la vigencia de la “pax romana”, mediante la cual una ciudadana
romana podía viajar desde Gallaecia hasta Mesopotamia sin obstáculos. Hay
autores que barajan, dada su posición, que pudiera poseer un salvoconducto
oficial que le procurase protección militar en territorios especialmente
peligrosos. Ella misma menciona en un momento de su viaje que “a partir de este
punto despachamos a los soldados que nos habían dado protección en nombre de la
autoridad romana”.
Inició su viaje desde El Bierzo, donde residían sus hermanas y atravesó el sur de Galia (Francia) y el norte de Italia, desde donde cruzó en barco el mar adriático para alcanzar Constantinopla en el año 381. Desde allí, partió hacia Jerusalén y conoció Belén, Galilea y Hebrón. En el año 382, se desplazó a Egipto y visitó Alejandría, el mar Rojo y el Sinaí. Ese mismo año regresó a Jerusalén y conoció Jericó y Nazaret. De allí se dirigió a Mesopotamia, iniciando el regreso vía Constantinopla, donde encontramos su último apunte: el deseo de visitar Éfeso. Ya no volvemos a saber más de ella, ni siquiera si regresó con vida de su aventura.
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| Calzada romana |
Su
peripecia ha llegado hasta nosotros, gracias al historiador e investigador
italiano Gian Francesco Gamurrini quien encontró en 1884, en la Biblioteca de
Arezzo, el manuscrito que comentamos, copiado en el siglo XI por un monje del
monasterio de Montecassino. Salió así a la luz el primer libro de viajes,
escrito por una mujer en la península Ibérica. ¿Cómo se viajaba en la época?
Probablemente acompañada, según algunos comentarios de su escrito y gran parte
del camino en burro. La red viaria que utilizaba, al estar al servicio del
desplazamiento de las legiones, se encontraría jalonada por numerosas postas
para el descanso de la tropa, en las que debió pernoctar en ocasiones. También
había en el camino monasterios, que habían ido surgiendo como setas en Oriente,
a raíz del reconocimiento del cristianismo por el Imperio romano, cuando en
Occidente apenas se conocían y que, sin duda, serían sus lugares preferentes de
descanso, ya que menciona en ocasiones la hospitalidad de las gentes religiosas
que la acogieron.
En
su manuscrito, un Códice en pergamino de 37 folios, de los que la segunda parte
pertenecen a Egeria, la autora no se limita a la mera descripción objetiva de
los lugares y países que visita, sino que introduce comentarios subjetivos
sobre sí misma, como el reconocimiento de su ilimitada curiosidad, así como
reflexiones sobre diversos aspectos de la vida monástica, de las costumbres de
los indígenas, de las creencias populares, y de las expresiones en lengua
vernácula. También describe y opina sobre los rituales litúrgicos, los oficios
de diario, del domingo y los correspondientes a las fiestas de Pascua y Semana
Santa. En ningún momento de su relato menciona las incomodidades, peligros y
dificultades que, sin duda debió de afrontar, ya que las calzadas romanas a
veces se estrechaban en caminos inhóspitos, difíciles de transitar, lo que nos
da la medida de su carácter recio y su poderosa voluntad.
Agradecemos
a Egeria su legado y de forma especial el haber dotado a “la curiosidad
ilimitada” de una impronta femenina.
MARÍA LUISA
MAILLARD
OCTAVIO PAZ Y LÓPEZ VELARDE:
UNA POÉTICA DE LA PASIÓN
ROSARIO HERRERA GUIDO
son la santa trinidad de Paz
en el altar mexicano de su religión poética.
Luego de la monja, a quien más estudió
fue a López Velarde, a cuya casa
—buen hijo pródigo— acostumbraba regresar.
Hay una linealidad lírica entre ambos,
una suerte de secuencia genética
de índole poética…”
Guillermo Sheridan, Zona Paz, 2026.
https://zonaoctaviopaz.com/
I
Por
el sendero de poetas como Octavio Paz y Ramón López Velarde, hacia una su
poética de la pasión, nada como deambular por el ensayo crítico de Octavio Paz
“El camino de la pasión”, el corazón latiente del libro Cuadrivio (Paz, México, Joaquín Mortiz, 1989), donde escudriña la
moderna y jeroglífica obra del poeta mexicano Ramón López Velarde, al lado de
Rubén Darío, Fernando Pessoa y Luis Cernuda, para encontrarse con la fusión
entre lo sagrado y lo erótico, lo provinciano y lo universal, develando la
“pasión” como exploración interior y creación poética.
Una
dualidad creadora que brota del conflicto entre la educación religiosa
(seminarista y mística) y la tentación del erotismo de los cuerpos (Georges
Bataille), carnal y moderna. Una búsqueda
interior, por la que López Velarde escribe, no tanto para narrar un
sentimiento como para explorar ontológicamente quién es él, gracias a la
palabra, a través de la palabra, hasta descubrir la realidad viva. Como canta
Octavio Paz en El arco y la lira: “A través de la frase que es ritmo, que es
imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser
(Paz, El arco y la lira, México,
F. C. E., 1979:113).
Un
combate entre lo provinciano y lo
moderno, donde Octavio Paz reconoce el mérito de actualizar la lírica
nacional sin ser tentado por el panfleto político, gracias a la relectura de la
provincia y la intimidad como espacio universal. Como concibe Octavio Paz a la
cultura y el arte, cuya singularidad debe alcanzar lo universal si no quiere
sucumbir (Paz, El laberinto de la soledad,
México, F.C.E.,
1993:165-166).
Una poética de la pasión que impele a
Octavio Paz a una reivindicación crítica de Ramón López Velarde, a quien
reconoce no como un poeta provinciano, pintoresco y parroquial, sino como un
autor de una modernidad compleja, audaz e incómoda.
II
Desde
el primer tema, “La balanza con escrúpulos”, Octavio Paz, cita a López Velarde,
para rescatar una sonoridad y un sentido nuevos para el leguaje, pues el diccionario no expresa “lo que no ha sido dicho”
(Martin Heidegger, De camino al habla,
Barcelona, Serbal, 1987). Porque
como dice López Velarde: “Hemos perdido la inteligencia del lenguaje usual y el
diccionario susurra”. Una frase como el agua límpida, para repensar al poeta,
que sorprende con su fortuna poética, a pesar de su escasa y difícil poesía,
rodeada de incomprensión, que logra la resonancia que no alcanzan dilatadas y
accesibles obras. Ya que en vida sólo publica dos libros de poemas: La sangre devota (1916) y Zozobra (1919); post mortem tres
volúmenes: poesía: El son del corazón
(1932) y dos en prosa: El minutero (1923)
y El don de febrero (1952).
Por ello, Octavio Paz afirma que “su muerte
prematura interrumpió su creación precisamente en el momento en que tendía a
convertirse en una contemplación amorosa de la realidad, tal vez menos intensa
pero más amplia que la concentrada en su libro central, Zozobra. Puesto que López Velarde nos ha dejado unos cuantos poemas
en verso y en prosa —no llegan a treinta— de tal modo perfectos que resulta
vano lamentarse por aquellos que la muerte le impidió escribir” (Paz, “López
Velarde. El camino de la pasión”, Cuadrivio,
Joaquín Mortiz, 1989:69-70).
Octavio Paz, vislumbra tres momentos: 1) el
ensayo de Xavier Villaurrutia, que exhuma a un poeta sepultado bajo las ruinas
de fábulas y exaltación; 2) algunos apreciables estudios de su vida y obra,
como el de Luis Noyola Vázquez y el libro del norteamericano Allen W. Phillips,
que impulsa a Octavio Paz a reflexionar sobre López Velarde, el más completo,
inteligente y crítico de una obra compleja (Phillips, Ramón López Velarde, el poeta y el prosista, México, INBA, 1962); un texto del que le interesaron los
capítulos sobre la formación de López Velarde, de la que solo se dio cuenta
Juan Tablada, que fue un paradigma y provocación para el poeta.
La vida
literaria de López Velarde osciló entre la reserva del Ateneo de la Juventud,
cuando su meta era romper
con el monopolio del positivismo oficial del Porfiriato e impulsar un
renacimiento humanista, filosófico y estético en México (28 de octubre de 1909)
y la devoción de sus compañeros de generación. Hasta antes de su muerte los
jóvenes que se unieron a la revista Contemporáneos
y descubrieron a otro poeta solitario. Villaurrutia escribe un
ensayo en donde valora que por su geometría y ritmo evoca textos de Baudelaire.
Amado Nervo influye en la formación de
López Velarde: “Amado Nervo es el máximo poeta nuestro”. Alfonso Méndez Plancarte muestra la impronta en la poesía de López
Velarde en la imagen: “ojos inusitados de sulfato de cobre”, que
antes aparece en Nervo: “unos ojos verdes, color sulfato de
cobre”. En Los jardines interiores (1905), el período simbolista de
Nervo, encuentra la advocación de una figura femenina: Damiana, de la que
responde con una cita de Dante Gabriel Rossetti: My name, is might have been
(Mi nombre
es lo que pudo haber sido), donde se mezclan dos motivos:
la provincia y sus devociones, y un amor ardiente pero casto a una mujer ideal,
mixtura entre el amor infantil y adulto, inocencia y conciencia del pecado.
Podemos —advierte Paz— presentir en Damiana a Fuensanta (Josefa de los Ríos),
unión de catolicismo y provincia, sensualidad y castidad, porque la iglesia
fue, para ambos poetas, comarca de consagración y sacrilegio, devoción y
éxtasis erótico. Porque la ley va de la mano de la transgresión, expresa en el
erotismo de los cuerpos, los corazones y el sagrado (Bataille, El
erotismo, Barcelona, Tusquets, 1985).
La poesía de López Velarde —Paz dixit—
recoge diversas influencias, acorde a su espíritu, más las que vinieron
después. Como Baudelaire, que en México tuvo imitadores sin originalidad, pero
con fecundos frutos como Xavier Villaurrutia. López Velarde, poco conocido en
España y la América hispana, sin embargo, logra el reconocimiento de Neruda y
Borges.
Baudelaire es un espíritu profundo y López
Velarde es de su casta. Una prueba son los poemas en prosa de El
minutero con textos de Le
Spleen de Paris, ejemplo: L'Horloge, La Chambre double, Mademoiselle Bistouri. López Velarde lo confirma: “seminarista sin Baudelaire, sin
rima y sin olfato”. Octavio Paz lo destaca: “La poesía de López Velarde suscita
una oleada de perfumes espesos e intensos, vibración que se prolonga en
resonancias que yo me siento inclinado a llamar espirituales: incienso, olor de
tierra mojada y de cirios, barro, azucena, almizcle, aromas de alcoba e
iglesia, de lecho y cementerio […] Y en el centro de esa constelación sensual,
como un ojo fijo, el nombre de Baudelaire; la conciencia sacrílega”
(Paz, “López Velarde. El camino de la
pasión”, Cuadrivio, México, Joaquín
Mortiz, 1989:74).
ROSARIO HERRERA GUIDO
EL SER QUERIDO VERSUS VALOR SENTIMENTAL
La
primera larga y estupenda secuencia de El ser querido, plano y contraplano,
nos muestra a una pareja, padre e hija, que se encuentran en un restaurante después
de estar muchos años distanciados sin mantener ningún tipo de relación. Él,
Esteban, es un afamado director de cine oscarizado que ha decidido rodar una
película en España y está buscando actores. Ella, Emilia, es una joven que está
intentando abrirse camino como actriz. Cada uno guarda una memoria muy
diferente de lo que fueron sus vivencias durante el poco tiempo que estuvieron
juntos. Quizá lo sensato debería ser perdonarse y pasar página. Pero el perdón significa
comprender al otro, estar dispuesto a desmontar y volver a montar los universos
propios y ajenos. Y en esta narración ninguno está dispuesto a hacerlo. La
película termina como empieza, no avanza: padre e hija encerrados en sus
mundos.
Bardem,
en el papel de Esteban, nos muestra en la película de Sorogoyen, a un actor
extraordinario al que se enfrenta con muchísima dignidad la actriz Victoria
Luengo en su papel de Emilia. Esteban es un adulador que intenta esconder su
temperamento violento y su necesidad de imponer su criterio a toda costa hasta
caer, si es necesario, en la agresión verbal y física. Tiene un interior tenebroso
y retorcido que no se le escapa a Emilia, pero que tampoco se explica en la
película. Esteban Martínez, es incapaz de reconocerse culpable y destruye todo
lo que le rodea. Hay una accidentada escena durante el rodaje de la película
que dirige en la que los actores deben tomarse una sopa de pescado que no
termina de salir a gusto del director y donde las risotadas nerviosas de los protagonistas
sacan al verdadero Esteban: violento, intransigente, pagado de sí mismo. Un
hombre que destruye todo lo que toca y un hombre convencido de su inocencia que
no puede salir de la ficción que representa: padre en busca de redención,
director de cine amable y comprensivo. Todo en él suena a pura apariencia, a
mascarada y nada en él evoluciona.
Bardem
hace un ejercicio de equilibrio actoral imponente, lo vemos ir hacia el abismo
sin remedio mientras sostiene las contradicciones de un personaje prisionero de
sí mismo: magnifico Bardem. Emilia, mientras tanto, se da de bruces contra un
ser que le gustaría querer, pero le es imposible amar y perdonar.
El
ser querido es la búsqueda del ser que a los
protagonistas les gustaría amar y que no encuentran por mucho que miren en su
interior o en el interior del otro: a ella, un padre verdaderamente arrepentido
y a él, una hija dócil y sometida. Sus miradas siempre se topan en la herida y
en consecuencia se encuentran con el vacío y en el abismo. Una película
estupenda de cine dentro del cine, pero a pesar de sus muchos aciertos, ¿nos
emociona?
Nos
topamos con el recuerdo de otra película reciente con el mismo tema de fondo, Valor
sentimental (Joachim Trier) que fue premiada con el Oscar en 2025. Las dos nos
hablan de lo mismo: un padre, director de cine, que abandona a sus hijas. Pero
el tratamiento es totalmente diferente. En la narración de Trier, los
personajes evolucionan, se abren, están dispuestos a entender y a asumir sus
historias. Desean comprender al otro. Los protagonistas que vemos al principio
de la narración son diferentes a los que vemos al final. Poco a poco, durante la narración, se
humanizan, se comprenden y perdonan al otro y a sí mismos. Los intérpretes de
la historia nos emocionan mientras los de El ser querido nos irritan.
Pero eso no dice nada sobre la calidad de una obra.
¿Cuál
es la mejor? Podríamos preguntarnos. Las dos son magnificas, pero totalmente distintas.
Valor sentimental pueden visionarla en este momento en Movistar–Cine y
así constatar las diferencias.
ISABEL BANDRÉS
















































