miércoles, 30 de septiembre de 2026

 

DEMOCRACIA
MARÍA LUISA MAILLARD

La situación de nuestros conciudadanos ceutís, me obliga a volver sobre el conflicto ya tratado en la entrega anterior. Si allí reflexionaba sobre la propagación de la mentira política en nuestras sociedades democráticas, de la mano de las ideologías, ahora la pregunta reviste más gravedad: ¿Viven en democracia los españoles que residen en Ceuta? Los ceutís llevan ya más mes y medio en una ciudad ocupada, sin libertad para moverse libremente por ella, ir al supermercado, llevar a sus hijos a la escuela, desarrollar el trabajo que da de comer a sus hijos, gozar de los adelantos médicos, que garantizan la prevención de una epidemia —ya hay brotes de varicela, tuberculosis y un caso de la viruela del mono—y, por supuesto, después de casi dos meses de dejación, no cuentan con que los responsables del Estado democrático al que pertenecen defiendan sus derechos y su integridad.

En su libro Persona y democracia, la filósofa española María Zambrano, parte de la base de que la sociedad, ese lugar intermedio entre la naturaleza y la soledad, es el lugar del hombre. Considera a continuación que la sociedad democrática, conquista no lo olvidemos de la cultura occidental, es aquella en la cual no sólo está permitido, sino exigido ser persona. Con esta definición está sentando las bases del valor supremo en que debe asentarse un gobierno democrático: el respeto al ser humano individual, no solo al ciudadano, sino a la persona con su intimidad, su libertad y su diversidad. Ese respeto es el que posibilita el debate civilizado sobre los diversos aspectos de la convivencia humana. Ese respeto es el que garantiza la libertad de expresión y la alternancia democrática, soporte de la democracia como sistema político, y ese respeto es el que desaparece bajo una dictadura.

Esa “pequeña” diferencia es la que debería conducirnos a defender la democracia, fruto de nuestra tradición, por encima de cualquier ideología. Es, sin duda, una forma de gobierno imperfecta, como lo son todos los logros del ser humano, él mismo imperfecto; pero es la única forma de gobierno existente que garantiza el respeto al ser humano y nuestra obligación no es cuestionarla o limitarla, sino ampliarla y corregir sus imperfecciones.

Zambrano escribe el libro en 1956, en un momento histórico en que seguía presente la denominada “crisis de la civilización occidental”, situación que analiza en el primer capítulo del libro. Unos años después, en 1963, Denis de Rougemont, en la resurrección de Revista de Occidente, reflexiona sobre la evolución de la idea de Europa de 1923 a 1963. Es un momento de esperanza porque se está fraguando un horizonte de prosperidad, basado en la creación de organismos supranacionales capaces de frenar el nacionalismo expansionista, que dio lugar a las dos guerras mundiales. Prosperidad que ponía en cuestión, según el autor, a los derrotistas europeos nacionalistas o marxistas que sostenían que Europa era rica debido a la explotación de sus colonias. Sin embargo, Rougemont señala un talón de Aquiles. La visión negativa de la tradición europea en el seno del pensamiento dominante en Occidente y que, trasplantada a las antiguas colonias, alimentaba el desapego, sino el rencor. El mundo aceptaba nuestras máquinas y quería beneficiarse de nuestra prosperidad —venía a vivir a nuestras ciudades—, señala el autor, pero no aceptaba el trasfondo religioso filosófico y cultural que lo había hecho posible.

En el colonialismo europeo había habido crímenes y codicia; pero también se habían creado hospitales, iglesias, escuelas, universidades y se había introducido no sólo la ciencia, sino el camino hacia la democracia. Había habido una labor civilizatoria que, en ese momento, Denis Rougemont oteaba podía extenderse a las antiguas colonias. En el año 2026 constatamos que tal predicción era, por decirlo suavemente, optimista. La prosperidad no ha logrado extender la democracia.

¿Ha tenido algo que ver que la visión negativa de nuestra tradición, sostenida por la mayoría del mundo académico y mediático, se haya convertido en mentalidad colectiva? Esta visión negativa ha ido poco a poco adentrándose en un mar de paradojas que atentan contra la inteligencia ya que, en no pocas ocasiones, el resultado es que la víctima es el que causa daño y no el que lo recibe, puesto que el delincuente es de por sí una víctima de la sociedad. Lo que subyace en el fondo es una especie de mala conciencia “eurocéntrica” que da lugar a una inversión del victimismo. Sólo se considera víctima a una persona cuando la culpa se atribuye a la malvada sociedad eurocéntrica y antropocéntrica, nunca a los que se declaran sus enemigos y la combaten que, ellos sí, están libres de culpa y responsabilidad. A través de la defensa del multiculturalismo, se produce, por ejemplo, la paradoja de defender que haya mujeres esclavizadas por los varones —algunas en nuestro territorio—, siempre que pertenezcan a otras culturas; mientras se retuerce hasta lo indecible la culpabilidad del hombre blanco occidental, habitante de una sociedad en que las mujeres han logrado alcanzar todos los derechos ciudadanos que reclamaban, gracias a la existencia de un sistema democrático y no fundamentalista o dictatorial.

La inversión del victimismo se ha convertido en una coartada ideológica, que da pie a desdeñar, sino a despreciar, a las víctimas propias, eludiendo así la responsabilidad y la necesaria corrección y reparación. Sucedió en nuestro país con las víctimas de Barbate: dos guardias civiles muertos en el mar, arrollados por una lancha de narcotraficantes, al no estar dotados del material adecuado para su tarea, muy inferior al de sus atacantes, hecho que se ha vuelto a repetir hace pocos días en Huelva. Sucedió con las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, que se achacó a diversas causas variopintas, hasta que recientemente una sentencia dictaminó que la causa del accidente era la de no tener en condiciones las vías. Sucedió en gran medida en los primeros y decisivos días de la Dana de Valencia, para no hablar de las víctimas del terrorismo. Ahora le ha tocado a los ceutís.

El carácter de invasión de la avalancha sobre Ceuta ya no puede ser cuestionado por ninguna persona con un mínimo de inteligencia, una vez desvelada por el gobierno —con grave perjuicio para nuestros diversos sistemas de vigilancia—, sus advertencias en los días previos, que fue respondida con una negligencia culpable, algo que ha refrendado el Parlamento Europeo. Los habitantes de Ceuta y sus responsables políticos ya lo sabían. Estaban habituados a la presión migratoria y esto era muy diferente. Entre la riada de ocupantes, en tres oleadas organizadas, había muchos que no parecían pobres desheredados. Algunos tenían teléfonos de última generación, iban armados con machetes y disponían de dinero para alquilar casas, comprar en los supermercados y montar luego tenderetes de comida.


Los ocupantes no procedían en su gran mayoría del África subsahariana, sino de Marruecos, un país regido por una monarquía de carácter absoluto, cuyo rey es inmensamente rico —así como su entorno— y está realizando inversiones multimillonarias para conseguir ser la sede de la Copa Mundial de Fútbol. Como buen gobernante totalitario combate la pobreza en la que tiene sumido a parte de su pueblo, alentando un nacionalismo expansionista, en este caso, hacia territorios estratégicos que nunca le han pertenecido: Ceuta, Melilla y Canarias. Ya había utilizado a la población civil en anteriores guerras híbridas, estrategia habitual de otros países árabes.

Desde hace más de mes y medio, Ceuta está ocupada por una sociedad alternativa, dirigida por mafias violentas que se pelean con machetes y dejan en las playas que ocupan manos y orejas seccionadas. Se extienden por los montes y las calles de la ciudad, se divierten, se drogan, se pelean, no están sometidos a ninguna de las leyes de convivencia que rigen nuestras sociedades, apedrean a los cetuís y a los escasos servicios del orden, violan a las menores cada vez con más frecuencia —ya van 60, sólo de las declaradas—, han empezado a asaltar las casas. ¿Qué sucederá cuando llegue el frío? La ciudad arde y no sólo metafóricamente. Según fuentes policiales, la delincuencia ha aumentado en la ciudad más de un quinientos por cien, sin que se hayan arbitrado medios equivalentes para controlarla. ¿Es otra dejación culpable?

Lo mismo sucede con los servicios hospitalarios —hay un solo hospital con 7 médicos en urgencias— y de limpieza de la ciudad. El agotamiento, la impotencia y la sensación de abandono son comunes en todos los servidores públicos. La situación se va agravando por días y las medidas, tardías, no parece que vayan a aliviar la situación crítica y la ruina de la ciudad. Haber situado dos carpas, una al lado de una central eléctrica y la otra, al de una instalación de desalinización que surte de agua potable a la ciudad y cuya agua va a verse contaminada, no parece el camino más adecuado.

Sin embargo, las víctimas, según las autoridades, no son los ceutís, sino los invasores. Los invasores son los pobres desheredados del mundo y los ciudadanos españoles que habitan en Ceuta son xenófobos, insolidarios si no se conforman con la dramática situación que padecen y en el colmo del desprecio no sólo a la realidad sino a la vida y a la hacienda de personas concretas, su situación de inseguridad es “subjetiva”, según declaraciones reiteradas del ministro del Interior. Como la situación de caos sólo existe en la mente de los ceutís —las manos cortadas y los heridos de machete y navaja que copan los servicios hospitalarios y que vemos en televisión, no en todas las cadenas, deben de ser también imaginaciones—, el gobierno considera que no es necesario dotar a los servicios del orden de personal ni medios suficientes para controlar el caos y la violencia. Los militares no van armados ni pueden repeler agresiones —ya hay dos ingresados en el Gómez Ulla— y los policías desplazados, aparte de escasos, son alojados en colchones malolientes, reservando los colchones nuevos para las carpas de emigrantes. Ese desprecio y denegación continuada de ayuda —no vamos a entrar en los intereses que hay detrás de este comportamiento—, atenta contra el principio sagrado de la democracia, aparte de mostrar la infamia y la dureza de corazón que puede parapetarse tras una ideología.

Nuestra democracia y los gobernantes que la dirigen han ido olvidando los valores que la hicieron posible y han cifrado inicialmente su permanencia en el progreso material y el desarrollo de la tecnología. De forma paralela han sustituido los valores por las ideologías que los cuestionan como forma de mantenerse en el poder. ¿Se puede sostener la democracia sin los valores que la han sustentado? ¿Se pueden desdeñar esos valores bajo el paraguas de una ideología?

MARÍA LUISA MAILLARD

A LA COLUMNA DE SIMÓN EL ESTILITA
O A LA ESTRATOSFERA
ISABEL BANDRÉS

El alcalde demócrata de Nueva York, un inmigrante musulmán indio educado en las mejores universidades del país, exiliado primero en Uganda, refugiado en Londres y luego en Nueva York, recientemente soltó esta lindeza más propia de dictadores como Mussolini, Hitler o Franco: “Con frecuencia hablamos de la democracia como un valor. Pero ¿de qué sirve ese valor si las personas no pueden cubrir sus necesidades básicas?». Se le olvidó explicar que las clases más bajas disfrutan de un nivel de vida muy superior en una democracia liberal que en una dictadura. En Yemen, en Somalia, en Sudán y en tantos otros países donde la democracia es una fantasía, las poblaciones se mueren literalmente de hambre. ¿Qué les pregunten cómo cubren sus necesidades más básicas a las clases más bajas de Haití o del Yemen? Supongo que los defensores de la democracia y de los derechos civiles como Obama y, mi admirado, Bernard Sanders habrán entrado en shock. Esa frase es en la actualidad más propia de Trump que está dispuesto a cargarse la democracia en Estados Unidos denostando, siempre que tiene ocasión, a sus instituciones.

Donald Trump aseguraba en mayo de 2023: ”La judicatura estadounidense es una institución infiltrada por jueces demócratas”. Pero no es el único. Desde la izquierda, López Obrador afirmó en México el 7 de mayo 2021: “El poder judicial quedó echado a perder por la corrupción”. Hugo Chávez declaró en abril del 2000: “Ustedes me vieron a mí batallar contra el Congreso Nacional hasta que lo desaparecimos. Ustedes me vieron batallar contra la Corte Suprema de la Justicia hasta que la desaparecimos”. Y dirigentes de la derecha como Orbán en Hungría o Bolsonaro en Brasil no perdieron ocasión de calificar la democracia como una forma de gobierno débil que había que cambiar. Hoy las democracias no caen por sufrir ataques exógenos, sino que mueren por ser atacadas desde su interior, desde el núcleo del poder que las sustentan.

La democracia liberal se basa en la independencia de los poderes y es, a pesar de tantos que deberían defenderla, el régimen más justo e igualitario. Además, es donde se pueden disfrutar de las libertades, de la igualdad de géneros y de la oferta de mayores oportunidades económicas y sociales. Atacar a instituciones como a los jueces o a la libertad de prensa es atacar a los contrapoderes que la sustentan. En una dictadura no existen esas tres patas que sostienen una democracia: poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial, cuya separación evita la concentración absoluta del poder y garantiza el funcionamiento de un Estado de Derecho.

Estamos en tiempos revueltos. Putin amenaza directamente a Europa, también a España, con atacarla con drones y parece que va en serio. Trump sigue con un discurso delirante y su intervención en Irán anuncia subidas del precio del petróleo y, por lo tanto, un invierno duro. El asunto de Ceuta sigue sin resolver y los políticos se acusan unos a otros convirtiendo el problema en votos para Vox que es el partido que más sube en las encuestas. La polarización y la mentira suelen animar a los más jóvenes a votar a posiciones de extrema derecha buscando una solución y al resto de la población que estamos hartos a encontrar un refugio en la estratosfera o en la columna de Simón el Estilita. Simón era un hombre solitario que vivó en el desierto, pero asqueado de la continua molestia que le suponían las gentes que venían a visitarle y a pedirle consejo decidió que le construyeran una columna de tres metros de altura, luego una de siete y por último pasó a una de 17 metros para vivir subido en ella y alejarse del jaleo que supone vivir en sociedad. Sobre esta columna pasó sus últimos 17 años de vida, por lo que se ganó el sobrenombre de «el Estilita». Y eso que entonces no se había inventado la polarización. No sabe san Simón de lo que se libró.

Con la polarización empezaron algunos de nuestros males actuales y como decía, hoy, 24 de septiembre, el sensato Cándido Méndez: “La polarización lleva a la paralización“. El enfrentamiento total y frontal con el otro no deja ningún resquicio para la negociación ni para el acuerdo. La polarización emerge con la aparición de los nuevos partidos políticos de corte populista, como Podemos, cuya finalidad es el ataque frontal a los valores de la democracia liberal. También lo hace el nacionalismo catalán durante el proceso de independentismo de Cataluña. Durante la Transición hubo un reconocimiento de todas las opciones políticas y existían unas líneas rojas no escritas para resguardar la democracia liberal. Podemos viene a deslegitimar globalmente al sistema, algo que no hicieron ni el PSOE ni el PP. Y aquí estamos echándonos constantemente en cara lo que sea, poco importa, todo vale: “el pueblo contra la casta”, como decía Pablo Iglesias. La polarización ha creado identidades políticas muy fuertes, enfrentadas frontalmente entre sí. No hay racionalidad solo emoción y creencias: muchas tripas y nada de pensamiento. Y cuando las vísceras priman sobre el sentido común surge la bronca continua, el discurso empobrecedor y el hastío de gran parte de la población por la política. Esos polvos populistas nos han llevado a la subida de la ultraderecha en toda Europa. Querían levantar un muro y les han abierto las puertas de par en par hacía el poder. La necedad es infinita entre nosotros. La atmosfera social y política es irrespirable solo nos queda no retroceder en la defensa de la democracia liberal, aunque, a veces, nos gustaría huir a la columna de “el estilita” o a la estratosfera. Qué hartazgo.

ISABEL BANDRÉS

IMÁGENES SOBRE LAS MUJERES Y LOS LIBROS
63. MUJERES CON LIBROS PINTADAS POR CASAS
INÉS ALBERDI

Ramon Casas y Carbó (1866-1932) fue un artista español, nacido en Barcelona, famoso por acompañar todo el proceso del modernismo catalán. Fue pintor y diseñador gráfico y sus carteles y postales contribuyeron enormemente a popularizar el modernismo. Se formó inicialmente en Barcelona, pero también en París donde fue alumno de Carolus Duran. Se hizo célebre por sus retratos de la elite social, intelectual, económica y política de Barcelona.

Realizó muchos retratos de mujeres jóvenes y modernas en los que las representaba leyendo libros o revistas.

Ramón Casas y Carbó, España (1866-1932)
Mujer leyendo, c. 1900
Fundación Cultural Manuel Rocamora, Barcelona

Dama leyendo Laven'c, 1890
Colección privada 

Esperando el ómnibus, París, c.1900
Colección Carmen Thyssen Bornemisza

También realizó retratos de sus amigas y conocidas en diferentes situaciones vitales, pero muy frecuentemente leyendo.

Mujer leyendo, 1901
Fundación cultural Manuel Rocamora, Barcelona

Encontramos también imágenes de religiosas que parecen leer la música para cantar o para recogerse un momento en la iglesia.

Coro de monjas, 1901/1902
Círculo del Liceo, Barcelona

En el claustro, 1917/1919
Colección privada

Es el pintor de los cambios en la Barcelona en aquellos años. Esto se refleja especialmente en su obra de 1901 “Ramon Casas y Pere Rumeu en una bicicleta” que es un cuadro dinámico en el que aparece el propio autor junto a un amigo a bordo de una bicicleta doble, reflejando la llegada de la técnica y de la bohemia.

Ramón Casas y Pere Tomeu en un tándem, 1897
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

A la vez, Casas también realizó obras que pueden situarse dentro de la pintura social, tan importante en aquellos años. Una es “Garrote vil” realizada en 1894 que trata de una ejecución pública realizada por este método, con un enfoque realista y en la que se transparente una fuerte crítica social. Otra, la más importantes es “La carga” realizada en 1899, un imponente oleo que muestra una carga de la guardia Civil contra un grupo de manifestantes en Barcelona.

La carga, 1899
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid
En la actualidad depositado y expuesto en el Museo Comarcal
de La Garrotxa, Olot, Barcelona

Pero ahora, a nosotros nos interesan las numerosas obras de Casas en las que aparecen una mujer leyendo.

Entre dos capítulos, c.1890
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

Mujer sentada en la cama, c.1900
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

Mujer leyendo, 1890
Museu del Cau Ferrat, Sitges, Barcelona
Forma parte de la colección de Santiago Rusiñol

Ramon Casas se interesó por todos los avances de su época y no desdeñó dibujar para publicitar productos y atraer compradores, ni para las publicaciones periódicas de la época.

A la vez que su carrera como pintor prosperaba empezó a trabajar en el diseño gráfico adoptando el Art Nouveau que se identificó enseguida con el modernismo. Diseñó carteles para publicidad y realizó anuncios para bebidas, como el Cava Codorníu o el Anís del Mono.

Realizó también dibujos para portadas de revistas de la época.

Cabecera para la revista Hispania. Literatura y arte, 1899
Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona

Sus amigos modernistas crearon la revista Pel y Ploma en la que realizó dibujos, que luego se convirtieron en obras individuales.

Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

Ilustración para la cabecera de la revista Pel&Ploma, 1899
Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona

Joven y decadente, 1899
Museo del monasterio de Montserrat, Barcelona

INÉS ALBERDI


AHORA QUE PODRÍAMOS SER CULTOS
RAMIRO RIBEIRO MARTÍNEZ

En un reciente artículo publicado en el diario El País el tórrido verano pasado, la escritora Carmen Domingo, último Premio Comillas por su excelente biografía de Carmen Díez de Rivera, polemizaba con el siempre «polémico» (así lo llaman en prime time) Juan del Val, paradigma de exitoso escritor y madurito atractivo, felizmente emparejado con la presentadora Nuria Roca, todo lo cual lo convierte, además de en objeto de envidia nacional, en blanco de todo tipo de linchamientos en las redes sociales.

Al margen de ello, resulta de lo más interesante el debate que abre en su artículo Carmen Domingo en torno a la frase del afamado escritor de superventas eróticos tras recibir el último Premio Planeta: «Se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual», palabras en las que Domingo ve más elitismo que el que supuestamente pretendía denunciar el susodicho.

Para Domingo, es elitista distinguir entre una cultura para la élite y otra para el pueblo, en tanto que cuestiona la capacidad intelectual de este para disfrutar de una cultura más compleja, algo que en su día también hizo Ortega y Gasset y que, sin embargo, negarían después rotundamente María Zambrano, Virginia Woolf, Gramsci, Engels, Brecht, Benedetti o García Márquez, entre otros.

El problema, según Domingo, no es de falta de capacidad del pueblo llano, sino de en qué medida este pueda tener acceso a ese tipo de cultura, de ahí los loables, casi legendarios, empeños de García Lorca con La Barraca o de María Teresa León con sus Guerrillas del Teatro.

De manera que la conclusión del artículo, bastante ofensiva para el exitoso autor sicalíptico, viene a ser que comentarios como el suyo al recoger el millonario premio no expresan más que el deseo de quien los profiere de mantener al pueblo en la ignorancia, sin acceso más que a la cultura de fácil consumo que él representa, mediante recortes en educación y cultura, lo que lo convertiría en un reaccionario de cabo a rabo.

Sin embargo, a mi modesto entender, creo que Carmen Domingo cae en una demagogia similar a la del comentario de Juan del Val. Este pretendía con sus palabras, además de defender su venal y venusina literatura, congraciarse con el pueblo, la supuesta gente común para la que escribe sus morbosas intrigas de alcoba de clase alta en urbanizaciones de lujo, cuyo éxito le convierte en un claro representante del gusto literario común, atendiendo únicamente a las cifras de ventas de libros. Domingo, por su parte, también busca en su artículo estival ganarse el favor de esas grandes masas que atiborraban entonces las playas eximiéndolas de cualquier tipo de responsabilidad por la galopante falta de interés por obras culturales de cierta complejidad, algo de lo que, según ella, hay que culpar solamente al Estado por no dedicar más recursos a que ese acceso sea más fácil. 

En otro artículo estival de la misma autora, publicado semanas después en el mismo diario, volvía a insistir en la responsabilidad de las instituciones, en este caso por el alejamiento de los jóvenes de la literatura clásica, provocado por un sistema educativo que prioriza adaptaciones, resúmenes o fragmentos de las obras en lugar de sembrar en los alumnos la curiosidad por acercarse a los clásicos asumiendo todo el esfuerzo que ello supone. Eso sí, la iniciativa que pueda surgir del propio joven al respecto queda descartada: papá Estado es el único que puede despertar su interés.

Actualmente, no hay más que darse una vuelta por el territorio nacional para comprobar cómo hasta el último municipio cuenta con su pequeño museo de lo que sea o su modesto centro cultural. La publicación de miles de libros al año sigue llamando la atención tanto por su cantidad como por su variedad, que incluye por supuesto obras de lo más sesudas. Plataformas en línea ofrecen una oferta de películas que cubren toda la historia del cine y en las que, por supuesto, no falta la filmografía de, por ejemplo, Andréi Tarkovski, Ingmar Bergman o David Lynch, por nombrar tres directores no precisamente fáciles para el espectador. Tampoco los servicios de música digital se quedan atrás a la hora de dar acceso no solo al Superestrella de Aitana, sino también a la música dodecafónica, si se tercia el caso.

Resulta tan demagogo y populista decir que es el pueblo llano quien decide qué es la buena cultura a base de billetera como decir que si no consume cultura más compleja, es porque el Estado no se lo pone fácil. En ambos casos, tanto Del Val como Domingo pretenden salvar al venerable pueblo por encima de todo y a ver quién se atreve a meterse con él. Bueno, pues me temo que voy a ser yo, lo siento, de verdad...

Efectivamente, en los últimos años el acceso a todo tipo de cultura, fácil o difícil, comercial o intelectual, simple o sesuda, es probablemente el mayor que ha existido nunca. Al mismo tiempo, en nuestro país, desde mediados del siglo pasado, le educación pública ha ampliado la formación de prácticamente toda la población, alcanzando en muchos casos el nivel universitario, algo igualmente inédito por estos lares.

Sin embargo, cuando más gente formada ha habido y cuando más fácil ha sido el acceso a todo tipo de cultura, la tendencia generalizada de ese pueblo ya educado en condiciones, quitando un pequeño despunte en los años ochenta, ha sido dar la espalda a cualquier tipo de cultura que no fuese divertida o que les hiciese pensar lo más mínimo. 

Uno ya peina unas cuantas canas, no muchas, he de decirlo, y son innumerables las situaciones que ha vivido de desprecio a lo que podemos llamar «alta cultura» por parte de personas muy formadas, incluidos profesores del ámbito educativo de Secundaria en el que trabajo, que deberían mostrarse más interesados en ella, aunque solo fuese por interés profesional. A uno ya le cansan y le deprimen comentarios como el escuchado recientemente de un compañero profesor de Historia que me dijo que, después de ver Azul de Kiéslowski, decidió no volver a ver nada que no fueran películas de acción facilonas. Cuando le dije que yo había visto la película tres veces y que me encantaba, se mofó de lo raro que era yo, eso sí, «de buen rollo».

Otro compañero que imparte Historia del Arte, ¡prepárense!, me confesó que, en su reciente viaje a Dublín con unos amigotes, cuando una guía les explicaba el interior de la catedral de la ciudad, no deseaba más que acabase lo antes posible para seguir dando cuenta de la razón última del viaje: la cerveza irlandesa. Cuando le recordé que la ciudad tenía un enorme atractivo cultural, comenzando por la ruta del Ulises de Joyce, me dijo que ese libro era una «ida de olla» y que era imposible de leer. Al replicarle que yo lo había leído un par de veces, me soltó: «¡Así tienes la cabeza!», también «de buen rollo», claro.

Podría seguir poniendo ejemplos y ejemplos de la misma índole: gente más que formada y preparada, con todas las facilidades para acceder a todo tipo de cultura, que ha renunciado masivamente a consumir nada que no sean vacuos espectáculos hollywoodenses en cines de colosales pantallas, aderezados con enormes provisiones de palomitas; libros de lectura tan fácil como insustancial, con los que llenar el poco tiempo que les deja el consumo de estúpidos vídeos o bulos en el teléfono móvil; o artificiales e hiperguionizados programas de televisión sobre talentos varios de personas ávidas del cuarto de hora de fama prometido por Warhol. 

No, querida Carmen, el problema no es del Estado. La responsabilidad es de las personas que, pudiendo disfrutar de la cultura más rica posible que jamás tuvimos a nuestro alcance, prefiere el puro entretenimiento para evitar cualquier tipo de esfuerzo. Y no, afamado Juan, tu literatura no es más valiosa porque la compre tanta gente: simplemente, es más comercial porque precisamente responde a ese gusto por el puro pasatiempo que no exige mucho esfuerzo.

Y otro día hablamos de las consecuencias políticas de semejante panorama cultural que, desgraciadamente, ya estamos padeciendo, y creciendo.

RAMIRO RIBEIRO MARTÍNEZ.

ATADURAS
NATALIA VELASCO

Nunca he volado una cometa, pero los preparativos que el proceso conlleva, sus colores fluorescentes, su forma romboidal o hexagonal me han atraído desde niña. Parece que el secreto para que emprenda el vuelo es aprovechar la dirección del viento y mantener la tensión correcta al ir soltando el hilo. Lo ideal es volarla en la playa o en espacios abiertos libres de árboles, edificios u otros obstáculos. Es recomendable alejarse de los postes eléctricos, las carreteras y los aeropuertos y, lo más importante, nunca hacerlo durante una tormenta. Hay que darle la espalda al viento y mantener la tensión del hilo. Si la cometa se tambalea, tirar del hilo para darle impulso. Cuando la cometa se estabiliza y el viento empuja con fuerza, las leyes de la física hacen el resto.

No encuentro una metáfora más acertada para trazar el destino de nuestros hijos cuando llegan a la adolescencia. Como Venus y Adonis, poderosos, alzan el vuelo pendientes de un hilo que en algún momento soltaremos definitivamente. Entonces dibujarán en el cielo formas indefinidas de colores alegres propios de la juventud; dibujarán destinos diferentes a los nuestros, llenos de zozobra y azar y nos sobrevolarán. No hay ley de vida más determinante ni necesaria. Las figuras de apego soltamos el hilo y dejamos de ir a buscarlos a la salida del instituto, de acompañarlos al parque, de celebrar cumpleaños con sus amigos y de elegir la ropa que van a ponerse. Emprendemos nosotros, las madres, los padres, un duelo que atisba ventanas de libertad que nos da vértigo recorrer de nuevo. Pero nos dejamos impulsar por la brisa que roza lo que fuimos y podemos volver a ser.

Sin embargo, la vida no está exenta de tormentas y mientras atraviesan el cielo, voltean y acuden de nuevo a ti. Y las ataduras recomienzan. Es ahí cuando escucho a Carmen Martín Gaite decir: ”Nunca está uno libre; el que no está atado a algo, no vive… Las verdaderas ataduras son las que uno escoge, las que se busca y se pone uno solo, pudiendo no tenerlas”.

NATALIA VELASCO

SON LOS SERES QUE FUI LOS QUE ME AGUARDAN (*)

EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

Entre la flor que tomo y lo que doy,
La inexplicable nada.
Giuseppe Ungaretti
 
Por una letra,
la lepra no es una letra.
Escuchado al pasar

Nací en un barrio de Buenos Aires, los vecinos de abajo eran italianos, mi amigo del cole era checoeslovaco, el farmacéutico de la esquina era suizo y yo mismo, vivía con españoles. Quiero decir que me resultaría difícil indicar desde cuando vivo en Europa.

Los domingos mi padre sintonizaba su programa de radio favorito: “Por los caminos de España” y canturreaba:

    La mi morena, morena clara,
    La mi morena, que gusto da mirarla…

En el programa siguiente llegaba el contrapunto tanguero en la voz quebrada del “polaco” Goyeneche que decía, más que cantaba:

    Primero hay que saber sufrir, después amar,
    después partir y al fin, andar sin pensamiento…

Fui creciendo entre estos y otros ritmos y las sabias e ingenuas rimas que traían los calendarios y otras, menos ingenuas, que se podían leer sobre el parabrisas de algunos camiones.

Hasta que estalló en letras un desnudo de mujer frente a mis ojos inexpertos:

    Blancas colinas, muslos blancos,
    te pareces al mundo en tu actitud de entrega,
    mi cuerpo de labriego salvaje te socava
    y hace brotar el hijo del fondo de la tierra.

Algo se movió en mí ante esas uniones insospechadas contra toda prohibición, una valentía para imaginar rituales en mis piernas, aguas talladas por el sexo, versos en los que el capitán de los sueños declina su poder ante la arboleda.

Después me llegó el toque inaugural del Psicoanálisis y la palabra construcción se desprendió de los edificios para inundar —más allá de su eficacia—, las letras del olvido

Afirmar, negar y silenciar no alcanzan para nombrar mi vida, ni la vuestra.

Hay, al norte de las ilusiones, centelleante mordisco en la vigilia, un trabajo incesante por combinar los grumos del sonido con la pesca imposible.

    Huracán de la fatalidad.
    Eran tres, vino el día con sus hachas,
    Eran dos (alas rastreras de plata),
    era uno, era ninguno,
    se quedó desnuda el agua.

Y, a la vez, un largo lagarto verde con ojos de piedra y agua clavó en mí la tradición de un ritmo frágil y hechicero, nuevos aires y una muralla capaz de abrir y cerrar a voluntad su boca ensangrentada,

Arqueología del tiempo perdido, bajé de las montañas —en las que nunca estuve— en un leopardo gris, anunciando cada mañana otra vez lo mismo, hasta que una voz escrita rompió el teclado maternal y me despertó o me hizo soñar: otra manera de estar despierto.

Recuerdo claramente, diecinueve años, el servicio que le hice a los militares y Lorca en mis manos escribieron estos versos:

    Mujer de piedra, te amo, te amo
    y aquí a tu lado voy a quedar.
    no dirán nada tus labios secos,
    ni una lágrima los mojará.
    Eres de piedra y como las piedras,
    mujer,
    no sabes lo que es amar.

Me llevó unos años de análisis reponerme de este poema.

Ya más crecido trabajé de personaje de novela: era un joven español, estudiaba Letras, escribía poesías y me suicidaba por amor desde la ventana más alta de la pensión y en mi retina, la secreta y violenta invitación de las grandes baldosas, cuando niño y la Giralda era toda Sevilla.

Soporté el fuego graneado de las oficinas y el tedio de los números sin sexo.

Lo conseguido —trofeos, cánticos y horrores— cayó por su vagina en mis bolsillos. Avaro de mi pobreza, moriré cuando compruebe que están todas las monedas.

Caminé a orillas del mar sin marearme; caí varias veces y al levantarme, el horizonte siempre fue humano.

Volando, entonces, otra vez nací en la meseta añosa, entre el pan amargo del exilio, los hijos enredados a mis rodillas y la turbia palidez de la locura.

Entre poemas y divanes se fue apoderando de mis letras una voluntad de destrucción de todo lo carcomido y petrificado en mí por esta civilización, por esa religión, por cualquier prejuicio moral. Descubrí en esa destrucción una libertad y me até a ella con la guía mordaz, irreverente y cáustica del humor. Una belleza inesperada brotaba al oponer esta destrucción estética esa orgía de aniquilamiento en la que estamos anegados y somos negados.

Aprecio las minucias que me acechan por las noches y cantan a la soledad sin por ello volverme un solitario. Ellas son otras y las mismas cada vez, como las palabras y la mujer; como la piel del idioma y las alas del verso que sólo en su corte, saben volar.

La poesía es una pequeña y fuerte traición al sentido común, a la metálica beatitud de las costumbres, a las combinaciones congeladas donde desfallece la combinatoria.

Ella parió el inicio de todos los comienzos, se teje en el lenguaje al que origina, inventa -con pasión y trabajo- que las palabras lleguen a ser lo que son.

Y cuando el último de todos los hombres haya dado su postrer y tembloroso pasito sobre esta tierra, Ella aún tendrá un verso por escribir.

Lo más profundo es la piel decía el poeta y así se escribe —poema a poema— que nada hay de superficial en la piel, ese tapiz en el que carambolas tan precisas como inexorables marcan en mi cuerpo —letra a letra— el vacío de un destino, los rostros entretejidos con trazos amorosos, certeros y virulentos que rasgan por sorpresa nuestra mirada en la ínfima eternidad donde se dirime el verso y el filo del tiempo atraviesa el corazón de la verdad, por costumbre, por nada.

Anhelo exprimir el tiempo inmemorial de las raíces y las luminosas cadenas de lo por venir, ese tiempo inmenso, que no quiere decir grande, sino sin medida.

No hay resignación en la poesía, ni cuando el dolor, ni cuando la ausencia, ni cuando la muerte me sumerge en el silencio, porque mis manos, en plena caída, siguen volando, saben perderse en la pérdida sin dejar de renunciar a lo perdido, se saben tiempo, herencia por venir.

Caer es un ejercicio cotidiano del trabajo poético y del quehacer de un psicoanalista, un vértigo entre piel y piel, entre una palabra y la siguiente, entre memoria y virutas de luz, en las cascadas huellas de la mirada, antes de una coma, en el decisivo futuro de un punto final.

Me persuade la fértil sombra de las palabras más que su centro semántico; escribo, no para ser entendido, sino para ser leído, cambio palabras por pan y silencio por diamantes. No el silencio -vacío de otros- que agobia al solitario, sino aquél preñado de lo nuevo, aquél que arranca nuestro cuerpo del sofá y lo arroja hacia el fermento nutriz del alfabeto.

Entre palabras, anhelo dar un paso más, doblar la apuesta y seguir como quien nunca soñó escapar, avistando -entre la luz que oculta la niebla- la locura de algún adiós inconfesable, el imposible encuentro de quien huyendo de la poesía toca mis labios, tropieza en un verso y vuela.

Ambiciono un decir trepidante, ágil, que no deje de informar y tampoco deje de impugnar, en medio del rutilante y mortífero letargo de lo light.

    En todo instante
    el peligro inminente de caer
    a los pies del diccionario.
    En ese caso
    tener escrito algún poema
    para leer a los caídos.

(*) verso de Olga Orozco

Agradezco la involuntaria contribución de algunos grandes poetas en este escrito.

EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

EL STRADIVARIUS DE TAMARIZ DEJÓ DE SONAR
BIENVENIDO PICAZO

“El que no cree en la magia nunca la encontrará”.
Roald Dahl 

En Madrid, su pueblo y —quizá— el nuestro, se nos ha muerto como del rayo Juan Tamariz, a quien tanto queríamos.

Debe de haber muy pocos personajes —muy poquitos—, que despierten tanta unanimidad en el español medio como este Paganini tan castizo y tan nuestro que nos ha acompañado con su virtuosismo durante toda la vida. He estado tratando de instruirme leyendo toda su trayectoria y, francamente, he visto sus conferencias, todos sus entorchados, su extensa producción literaria, sus iniciativas, sus giras por aquí y por allá, hasta su incursión en el cine que quedó en muy poco por mor de su mágica pasión mágica, y al fin y a la postre todo me resulta demasiado abrumador. No le quito ni un ápice de mérito a su brillantísima carrera, sólo quiero quedarme con su candor, su inocencia y su afán por hacer felices a quienes nos sentábamos a su vera: nada más y nada menos que millones de incautos e infantilizados espectadores.

Imagino que en su dilatado viaje habrá habido sinsabores, algún fracaso, roces con productores, compañeros y otras gentes más propensas a las ganancias crematísticas, que por supuesto él también tendría, pero ¡qué importa eso! Nadie va a bajarme de mi burro, yo, como los demás que estábamos ajenos a esas cuitas, veíamos anunciado a Tamariz y allí nos plantábamos, sabedores de que nos iba a tomar delicada y suavemente el pelo, nos iba a llevar por donde él decidiese e íbamos a salir desplumados pero felices.

¿Quién no ha disfrutado y reído con las notas de su excelso Stradivarius?

La risa no debe impedir que oteemos un bosque lleno de talento y éxito, la relación de premios, más allá de tener un punto insustancialmente anecdótico, solamente nos indica que desde bien jovencito ya desbordaba dominio y maestría con sus manos. Escuchar lo que dicen de él quienes más saben de cartomagia, numismagia, transformaciones, desapariciones y apariciones, pone la piel de gallina, justifica sobradamente nuestra admiración y nos descubre a un genio, paradójicamente, sin trampa ni cartón.

Resulta que el tiempo se ha detenido para el gran Tamariz pero ¡ahí quedó eso! y eso no es más que ternura, porque se pueden contar con los dedos de una mano estos rara avis que generan tanta concordia y simpatía en nuestra desgarrada España. Agradecidos debemos estar por contar con estos personajes que tan de tarde en tarde aparecen en nuestras vidas. A buen seguro no estaría escribiendo sobre este perspicaz y agudo mago, si alguna de nuestras múltiples facciones hubiese decidido hacerlo de los suyos. En todo caso me resulta extraño que su reconocimiento por parte de los poderes públicos haya sido tan cicatero, a mi juicio se debe a que desde arriba los tahúres de todo pelaje consideran a la magia como un arte muy menor, acaso ni siquiera un arte. Pues ¿qué quieren que les diga?: “¡Tatatachán!"

BIENVENIDO PICAZO 

Coda, más o menos oportuna: Fue el creador del método de las pistas falsas, ya que de psicología sabía tanto como de tantas otras cosas; tan es así, que la CIA tiene en su biblioteca el libro de nuestro querido prestidigitador de la baraja y la palabra La vía mágica (1987). Aparentemente la agencia de inteligencia norteamericana lo usa como manual para los muchos hechiceros que tiene en nómina.

LAS PERIFERIAS EXISTENCIALES
Y EL DILEMA DE LA ACCIÓN HUMANITARIA
CARMEN G. INSAUSTI

Cuando leí la novela El loco de Dios en el fin del mundo, escrita por Javier Cercas, en la que el autor narra su viaje con el Papa Francisco a Mongolia en 2023, una de las ideas que me pareció más potente y simbólica del libro y del pensamiento del Papa Francisco fue la idea de la “periferia”. En la novela la idea aparece con el sentido no solo de un lugar geográfico sino también de una experiencia vital humana. Francisco habla de periferias existenciales, donde habita el dolor, la exclusión, la soledad, el sufrimiento invisible; periferias físicas que son regiones remotas como Mongolia, África Subsahariana, barrios populares, campos de refugiados, etc., y periferias morales donde las personas son descartadas por el sistema: presos, inmigrantes, drogodependientes, ancianos olvidados, etc.

Como he dicho, el tema tuvo una resonancia importante en mi persona y sentí que más allá de cualquier connotación religiosa, la novela nos interpela como personas que de una manera general estamos ubicadas en el centro (cultural, social, racional, geográfico, etc.), y que disponemos de sensibilidad y capacidad de compasión y de la formación y competencias necesarias para responder ante el sufrimiento y el dolor que con frecuencia aqueja a esas periferias. Bien es cierto que sería una falacia creer que con nuestra ayuda individual se van a resolver los problemas tan complejos que de forma crónica y sostenida afectan a esas periferias. Como personas, como individuos, generalmente no pasamos más allá del nivel de la caridad que nos mueve a donar bienes, posesiones, utensilios, alimentos, a cuidar a personas vulnerables, etc., y esto, por supuesto, no es suficiente, es solo una pequeña aproximación al problema. Hacen falta muchas más acciones y sobre todo un programa de cooperación, de esos que llaman cooperación al desarrollo, muy bien estructurados y consensuados, muchas veces entre diferentes países, que pueda actuar a mediano y a largo plazo sobre las estructuras sociales, económicas y políticas, y reconocer las responsabilidades colectivas de las causas profundas que generan esas periferias existenciales y sobre todo la desigualdad, la pobreza y la exclusión. Pero este es un tema muy complejo que supera con creces lo que pretendo tratar en este artículo.

A lo que quiero referirme es a las situaciones que de forma aguda nos ubican en periferias existenciales, a lo que pasa cuando por situaciones de catástrofes: naturales, como la que hemos vivido en España en los últimos años o más recientemente en Venezuela con el doble seísmo ocurrido en junio de este año; situaciones bélicas o de otra naturaleza, como las que se viven actualmente en la Europa Oriental y en el Medio Oriente, un grueso de la población de forma repentina pasa a formar parte de esa tan temida periferia existencial. En estas circunstancias la situación es diferente, porque la premura y cantidad de las demandas imponen una urgencia de actuación que activa una red muy grande de actores y personas dispuestas a ayudar. No se moviliza un solo grupo, sino que participan diferentes niveles de la sociedad y organizaciones especializadas. De entrada, los vecinos y la población local son los primeros en responder mostrando su disposición a la caridad, a salir del yo, de la comodidad, de la burbuja intelectual o afectiva, en un gesto profundamente humano de donar bienes, posesiones, utensilios, alimentos, de cuidar a personas vulnerables, para intentar dar respuesta con toda la formación y recursos disponibles a las necesidades de todos los que están en la situación aguda de periferia existencial. Los gobiernos y protección civil envían ejércitos, bomberos, equipos, facilitan el transporte, crean hospitales de campaña, rescates complejos y realizan aportes económicos. Voluntarios y la sociedad civil de otros lugares o del propio país se apuntan para ayudar, donar sangre, recolectar fondos o apoyar en tareas logísticas y de comunicación. Organismos internacionales, como la ONU, si es necesario, también se movilizan. Pero, además, en estas circunstancias intervienen otros actores muy importantes que son las organizaciones que se dedican a la acción humanitaria, con las características suigéneris de su actuación. A esto me quiero referir.


Maqueta realizada por un niño brasileño,
de escasos recursos, para expresar dónde vivía.

Por definición la acción humanitaria es el conjunto de actuaciones de socorro, protección y apoyo que se ponen en marcha para atender a las poblaciones afectadas por crisis, ya sean desastres naturales, conflictos armados, desplazamientos, epidemias o emergencias humanitarias complejas. Su finalidad esencial es salvar vidas, aliviar el sufrimiento y preservar la dignidad humana, actuando de forma inmediata y a corto plazo. Esto la diferencia de los programas de cooperación al desarrollo que actúan a mediano y largo plazo sobre las causas crónicas que generan las periféricas existenciales y morales.

En términos generales las instituciones que participan en la acción humanitaria comparten una base ética común de solidaridad y la misión de aliviar el sufrimiento, pero presentan diferencias profundas en sus bases fundacionales, marcos legales y relación con los Estados.  Las diferencias fundacionales se basan fundamentalmente en la forma en que interpretan, priorizan y aplican los principios humanitarios de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia, porque se siguen por doctrinas diferentes. Así, por citar solo los ejemplos paradigmáticos, la Cruz Roja y Médicos sin Fronteras sostienen que la acción humanitaria debe estar completamente aislada de la política y de los intereses estatales. Su fundamento clave es un rigor absoluto en los principios de neutralidad (no tomar partido en conflictos) e independencia (operar al margen de agendas políticas, militares o de donantes gubernamentales). Mientras que organizaciones como CARE International, The International Rescue Committee (IRC) o Save the Children buscan integrar la ayuda humanitaria con las agendas políticas exteriores y de gobernanza global. Aceptan un alto grado de financiación pública de gobiernos y suelen coordinar sus esfuerzos alineándose con los objetivos diplomáticos de las democracias occidentales o de las agencias de las Naciones Unidas. Desde su perspectiva, no basta con atender las consecuencias de una crisis; también resulta necesario actuar sobre sus causas. Otras, como Norwegian People's Aid o ramas activistas de denuncia internacional priorizan el enfoque basado en derechos por encima del enfoque basado puramente en necesidades y critican la neutralidad estricta, argumentando que ser neutral ante atrocidades o violaciones flagrantes de los derechos humanos convierte a las organizaciones en cómplices implícitos. 

En la práctica se genera una tensión entre las perspectivas que favorecen la neutralidad y las que defienden la no neutralidad puesto que mientras la neutralidad y la independencia pueden facilitar el acceso a las poblaciones afectadas y preservar la confianza de las partes, también pueden ser cuestionadas cuando se interpretan como silencio frente a violaciones graves de derechos. A su vez, la denuncia y la intervención sobre las causas de la emergencia pueden fortalecer la protección de las víctimas, pero también implican el riesgo de politizar la ayuda, comprometer su imparcialidad o convertirla en instrumento de intereses ajenos a las necesidades de la población.

De hecho, en situaciones generadas por conflictos bélicos como el conflicto de Ucrania o la guerra en Gaza, la Cruz Roja ha recibido innumerables críticas a su actuación al considerar que su trato con ambas partes y su negativa a culpar públicamente a un bando limitan una condena firme ante la gravedad de los abusos cometidos. Esto sin dejar de recordar el intenso debate ético planteado en el siglo pasado por su actuación en el Holocausto cuando mantuvo una política de estricto silencio para poder seguir actuando en el terreno. 

Esto significa que el ejercicio de estas instituciones no está exento de verdaderos dilemas éticos que no pueden resolverse únicamente mediante criterios técnicos u operativos. Examinar estas tensiones desde una perspectiva ética, utilizando criterios para una acción humanitaria que combine humanidad, imparcialidad, independencia, justicia, transparencia, participación comunitaria y responsabilidad institucional, evitando tanto la indiferencia ante el sufrimiento como la instrumentalización política de la asistencia, es una asignatura pendiente, por ello y por las numerosas crisis humanitarias complejas que estamos viviendo que ponen a grandes grupos poblacionales en condicione agudas de periferia existencial es por lo que he querido llamar vuestra atención sobre este tema, con la esperanza de que en algún momento se dé un debate justo que permita aclarar si la acción humanitaria debería limitarse a aliviar el sufrimiento o además contribuir a transformar las causas que lo producen.

En fin, nunca imaginé que Cercas y el Papa fueran mi asidero para aproximarme, aunque fuera mínimamente, a un tema tan complejo como el de las periferias.

CARMEN G. INSAUSTI
Médico Hematólogo

CARÁCTER DE EXCEPCIÓN
LIDIA ANDINO TRIONE

Es el carácter de quien vive
como si el mundo le debiera algo.

ESCUCHADO AL PASAR

Muchas veces hemos escuchado decir o hemos dicho nosotros mismos de alguien, que tiene mucho carácter, atribuyéndole una habilidad frente a cualquier otro que se le acerque.

Algo que se aparta de la regla general constituye así un caso raro, único o temporal, que no sigue la norma común y representa un caso especial que no cumple con el patrón habitual. Ejemplo: si todos llegan tarde a una cita y tú llegas a tiempo, entonces eres la excepción. O, en esta familia todos cantan, menos Juan.

Uno de estos tipos de carácter descubiertos por Sigmund Freud en la labor analítica es el llamado “carácter de excepción” y trata de que el paciente ha de renunciar a un placer máximo e inmediato, no al placer en general. Es decir, ha de renunciar tan solo a aquellas satisfacciones a las que sigue un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. Dicho de otra manera, debe llevar a cabo, bajo la dirección de su analista, aquel avance desde el principio del placer al principio de realidad, que diferencia al hombre maduro del niño. 

En ocasiones, algunos sujetos se rebelan contra esta propuesta alegando que ya han sufrido, se han privado bastante y tienen derecho a que no se le impongan más restricciones. No están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displicente.

A todos nos gustaría dárnoslas de “excepciones” y pretender, en consecuencia, la obtención de privilegios sobre los demás.

Este tipo de carácter se enlaza a sus primeros años infantiles, del que se sentían inocentes, estimándose como una ofensa injusta inferida a su persona. Los privilegios que derivan de esta injusticia han contribuido a agudizar los conflictos.

En muchos de estos pacientes, la citada actitud ante la vida se constituye al averiguar que un doloroso padecimiento orgánico, que le había impedido lograr sus aspiraciones, era de origen congénito. En otros casos, por ejemplo, siente que la Naturaleza ha cometido con él una grave injusticia negándole una figura agradable que conquiste el amor de los demás. La vida entonces le debe una compensación que él se procurará. Puede cometer injusticias, pues se han cometido con él.

Todos, en algún momento, creemos tener motivo para estar descontentos de la Naturaleza por desventajas infantiles o congénitas y todos exigimos compensación de tempranas ofensas inferidas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio.

Freud termina el texto diciendo:

“No queremos abandonar los de “excepción” sin observar que la pretensión de las mujeres a privilegios especiales y a la liberación de tantas necesidades de la vida se funda en la misma razón. La labor psicoanalítica nos ha llevado a descubrir que las mujeres se consideran perjudicadas por la Naturaleza, privadas de un elemento somático y relegadas a segundo término; y que la enemistad de algunas hijas contra su madre tiene como última raíz el reproche de haberlas parido mujeres y no hombres”.

LIDIA ANDINO




Quince relatos, quince miradas, un mismo latido: el arte como forma de vivir, de resistir y de entender el mundo. Este libro reúne historias que atraviesan los siglos XIX, XX y XXI, donde conviven artistas reales y ficticios, algunos celebres y otros anónimas que nunca llegaron a los museos.

Aquí, la pincelada atormentada de un o una artista célebre dialoga con el silencio de quien pinta en la sombra; la fama se enfrenta a la duda, y el éxito no siempre es sinónimo de plenitud. Cada relato adopta un estilo propio, como si cada protagonista dictara el pulso de su propia narración: íntimo, feroz, apasionado o fragmentado. Cada palabra está elegida con cuidado por sus resonancias sensoriales y poéticas, tejiendo una narrativa que ilumina con colores como una pintura en prosa.

Algunos cuentos se construyen alrededor de un color, explorando su peso emocional y simbólico. En todos, el arte es refugio, iluminación, obsesión o condena.

Este no es solo un libro sobre artistas, sino sobre la necesidad irreprimible de crear, incluso cuando nadie mira. Sobre lo que se pierde y lo que se salva en el intento.

Quince historias que invitan a mirar más despacio, a detenerse en los detalles y a descubrir que, detrás de cada obra de arte, siempre hay una vida que arde. La escritora, Ara de Haro, ha encontrado la llama viva, el pulso de la vena que liga el arte a la vida.

MISCELÁNEA
ISABEL BANDRÉS

 

EMMA BONINO

El 11 de septiembre falleció Emma Bonino, una mujer admirable y una luchadora infatigable por la defensa de los derechos humanos. En 1976 fundó el Partido Radical. Ocupó numerosos puestos de responsabilidad tanto en Italia como en la Unión Europea y en Naciones Unidas. Batalló por el feminismo, por la aprobación del divorcio, del aborto y de la eutanasia. Promovió “El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia”. Denunció el abandono de Ruanda por parte de la comunidad internacional ante el genocidio cometido por las etnias tutsi y hutu. Censuró a los talibanes. Visitó lugares en conflicto como Somalia, Sudán… En fin, fue incansable en su lucha contra el hambre y las injusticias.

Incluso quienes estaban en las antípodas de su ideología, como la actual presidenta Meloni, le mostraron respeto: “Siempre la respeté —manifestó Meloni—, aunque nuestras posiciones políticas eran muy distantes. Esto no me impidió admirar a la persona, su prestigio y capacidad de entender que el papel de la mujer en la sociedad y en la política no es nunca algo que debes esperar que te concedan, sino que debes tomarlo. No hay que vivirlo como una concesión, sino como una conquista. En eso estábamos de acuerdo”.

Agnóstica militante, fue visitada en su domicilio por el Papa Francisco en 2024 que la apreciaba profundamente. Les unía estar a favor de la paz y en la defensa de los derechos humanos, así como la lucha contra la pena de muerte.

En 2015 anunció que tenía cáncer de pulmón: “Sólo queremos decir que debemos esforzarnos por ser personas y por vivir libres hasta el fin. En suma, yo no soy mi tumor, ni vosotros sois vuestra enfermedad; debemos pensar solamente que somos personas que se enfrentan al reto que se les ha presentado”. El 11 de septiembre de 2026 falleció en Roma y nos sentimos más huérfanos.

TARUGOS

El Informe PISA de 2025 nos suspende en educación. Los estudiantes españoles obtienen 451 puntos frente a los 474 que obtuvieron en 2022. Estamos a 50 puntos de Japón y muy lejos de Corea y Estonia. En general, los países europeos no han sacado buenas notas. Ya no existe una cultura del esfuerzo. Por otra parte, a los políticos no parece importarles ya que se supone que a menor nivel cultural más fácil es manejar las voluntades por lo que encadenan leyes de educación que llevan a nuestros jóvenes a la ignorancia. Europa, la cuna del Renacimiento, ahora está llena de tarugos que no saben ni qué fue el Renacimiento. Y no son ignorantes per se, lo son porque los hemos condenado a serlo. Cada vez cuesta más que un grupo de estudiantes pueda entender un texto complejo. Les estamos privando del deseo de saber y la capacidad de pensar individualmente. Como sociedad, no tenemos perdón.

EL RESPETO

Respeto significa reconocimiento del otro y a la vez reconocimiento propio. Solo respeta quien reconoce al otro como un sujeto concreto y diferenciado merecedor de dignidad por el mero hecho de ser humano como nosotros. En el reconocimiento del otro y en el reconocimiento propio se encuentra el fundamento de toda convivencia basada en la ética y el derecho. En el ensayo de Richard Sennett titulado, Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad, se analiza por qué resulta tan difícil lograr el respeto mutuo en las sociedades actuales marcadas por las diferencias económicas y sociales.

El filósofo Byung-Chul Han, en su último libro, Sin respeto. Una crisis social, sostiene que la responsabilidad hacia el otro implica, entre otras cosas, responder y reconocer su presencia. “Desaparecer —escribe—, de una relación sin dar explicaciones se ha convertido en una conducta reconocible hasta el punto de tener un nombre propio: ghosting”.

Como se establece en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y deben comportarse fraternalmente unos con otros. El respeto al otro, sea quien sea, no es una opción benevolente, sino la obligación fundamental que sostiene el tejido social y la convivencia democrática.

Además, una falta de respeto, una humillación, es difícil de olvidar. Deshumaniza tanto al que la recibe como al que la comete.

ISABEL BANDRÉS


EGERIA (s. IV)
MARÍA LUISA MAILLARD

La aventura no es sólo cosa de hombres, como pone de relieve Cristina Mataró en su libro de 2012 Viajeras, intrépidas y aventureras. Es cierto que en la historiografía clásica la aventura y el descubrimiento tienen nombre de varón, pero las mujeres estuvieron ligadas desde los orígenes al espíritu libre y aventurero a través de la mitología. Ya en el Panteón Olímpico griego nos encontramos con diosas como Artemisa, asimilada a Selene, la refulgente luna, como su hermano Apolo lo era a Helios, dios solar. Amiga de los animales salvajes, era una divinidad de los espacios escarpados y deshabitados. Con sus flechas siempre a punto, recorría libre “los montes sombríos y las cumbres azotadas por el viento”, según un himno homérico. En la mitología nórdica, Skade, era una diosa del invierno que corría incansable las llanuras y los montes helados portando su arco y sus flechas. Y ¿cómo olvidar las palabras de la serrana Marcela en El Quijote?: “Yo nací libre y para ser libre escogí la soledad de los montes”.

Nuestra protagonista de hoy, Egeria, no era un personaje literario ni una diosa, aunque ese sea el origen de su nombre, el de la sabia ninfa que tenía dotes oraculares y aconsejaba a Numa, segundo rey de Roma, en la redacción de las leyes de la ciudad. Nos referimos a una mujer real, la primera en dejar por escrito su periplo viajero, Itinerario Egeriae o Peregrinatio ad Loca Sancta, en forma de cartas, dirigidas a “mis señoras y hermanas de Hispania” que residían en El Bierzo. Desde el año 381 al 384 realizó la hazaña de recorrer más de 5.000 Kilómetros para ver con sus propios ojos todos los lugares y países que eran nombrados en la Biblia y tuvo la deferencia de dejar sus impresiones en un latín coloquial, muy alejado de los estilos solemnes de la época.

A lo largo de los siglos, las mujeres han encontrado en las diferentes sociedades en las que residían, resquicios para desarrollar su libertad, su curiosidad y su talento. Con Egeria nos desplazamos al siglo IV y a un Imperio, el romano, que desde el Edicto de Milán (312), confirmado en el de Tesalónica (380), había introducido la religión cristiana como la oficial del reino. Durante siglos, los conventos serían lugares en los que muchas mujeres pudieron desarrollar su talento en diferentes disciplinas, con nombres como Hildegarda de Bingen, Sor Juana Inés de la Cruz o Teresa de Jesús, por no mencionar sino a las más conocidas. Para las mujeres curiosas y aventureras había otro camino, además del convento: las peregrinaciones. Muchos siglos después, otro resquicio abriría el horizonte de la mujer. El descubrimiento de un nuevo mundo sería la posibilidad que aprovecharía un plantel de mujeres españolas aventureras como Catalina de Erauso, la monja alférez, Catalina de Bustamante, la primera educadora de América o Isabel Barreto, la primera mujer almirante en la historia de España.

Egeria, también denominada como Etheria o Heteria, según las fuentes que la citan nació, en Gallaecia, diócesis de la Hispania romana. Era una mujer culta, conocedora de los clásicos y probablemente perteneciente a una familia de noble estirpe, que decidió en el año 381 iniciar un largo peregrinaje para conocer Los Santos Lugares. Aprovechó para ello la red viaria de 80.000 Kilómetros, el cursus publicus romano, construida para el desplazamiento de las legiones romanas. También contó para realizar su hazaña con la vigencia de la “pax romana”, mediante la cual una ciudadana romana podía viajar desde Gallaecia hasta Mesopotamia sin obstáculos. Hay autores que barajan, dada su posición, que pudiera poseer un salvoconducto oficial que le procurase protección militar en territorios especialmente peligrosos. Ella misma menciona en un momento de su viaje que “a partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían dado protección en nombre de la autoridad romana”.

Inició su viaje desde El Bierzo, donde residían sus hermanas y atravesó el sur de Galia (Francia) y el norte de Italia, desde donde cruzó en barco el mar adriático para alcanzar Constantinopla en el año 381. Desde allí, partió hacia Jerusalén y conoció Belén, Galilea y Hebrón. En el año 382, se desplazó a Egipto y visitó Alejandría, el mar Rojo y el Sinaí. Ese mismo año regresó a Jerusalén y conoció Jericó y Nazaret. De allí se dirigió a Mesopotamia, iniciando el regreso vía Constantinopla, donde encontramos su último apunte: el deseo de visitar Éfeso. Ya no volvemos a saber más de ella, ni siquiera si regresó con vida de su aventura.

Calzada romana

Su peripecia ha llegado hasta nosotros, gracias al historiador e investigador italiano Gian Francesco Gamurrini quien encontró en 1884, en la Biblioteca de Arezzo, el manuscrito que comentamos, copiado en el siglo XI por un monje del monasterio de Montecassino. Salió así a la luz el primer libro de viajes, escrito por una mujer en la península Ibérica. ¿Cómo se viajaba en la época? Probablemente acompañada, según algunos comentarios de su escrito y gran parte del camino en burro. La red viaria que utilizaba, al estar al servicio del desplazamiento de las legiones, se encontraría jalonada por numerosas postas para el descanso de la tropa, en las que debió pernoctar en ocasiones. También había en el camino monasterios, que habían ido surgiendo como setas en Oriente, a raíz del reconocimiento del cristianismo por el Imperio romano, cuando en Occidente apenas se conocían y que, sin duda, serían sus lugares preferentes de descanso, ya que menciona en ocasiones la hospitalidad de las gentes religiosas que la acogieron.

En su manuscrito, un Códice en pergamino de 37 folios, de los que la segunda parte pertenecen a Egeria, la autora no se limita a la mera descripción objetiva de los lugares y países que visita, sino que introduce comentarios subjetivos sobre sí misma, como el reconocimiento de su ilimitada curiosidad, así como reflexiones sobre diversos aspectos de la vida monástica, de las costumbres de los indígenas, de las creencias populares, y de las expresiones en lengua vernácula. También describe y opina sobre los rituales litúrgicos, los oficios de diario, del domingo y los correspondientes a las fiestas de Pascua y Semana Santa. En ningún momento de su relato menciona las incomodidades, peligros y dificultades que, sin duda debió de afrontar, ya que las calzadas romanas a veces se estrechaban en caminos inhóspitos, difíciles de transitar, lo que nos da la medida de su carácter recio y su poderosa voluntad.

Agradecemos a Egeria su legado y de forma especial el haber dotado a “la curiosidad ilimitada” de una impronta femenina.

MARÍA LUISA MAILLARD

OCTAVIO PAZ Y LÓPEZ VELARDE:
UNA POÉTICA DE LA PASIÓN
ROSARIO HERRERA GUIDO
 


“Sor Juana, López Velarde y Xavier Villaurrutia
son la santa trinidad de Paz
en el altar mexicano de su religión poética.
Luego de la monja, a quien más estudió
fue a López Velarde, a cuya casa
—buen hijo pródigo— acostumbraba regresar.
Hay una linealidad lírica entre ambos,
una suerte de secuencia genética
de índole poética…”
Guillermo Sheridan, Zona Paz, 2026.
https://zonaoctaviopaz.com/

I

Por el sendero de poetas como Octavio Paz y Ramón López Velarde, hacia una su poética de la pasión, nada como deambular por el ensayo crítico de Octavio Paz “El camino de la pasión”, el corazón latiente del libro Cuadrivio (Paz, México, Joaquín Mortiz, 1989), donde escudriña la moderna y jeroglífica obra del poeta mexicano Ramón López Velarde, al lado de Rubén Darío, Fernando Pessoa y Luis Cernuda, para encontrarse con la fusión entre lo sagrado y lo erótico, lo provinciano y lo universal, develando la “pasión” como exploración interior y creación poética.

Una dualidad creadora que brota del conflicto entre la educación religiosa (seminarista y mística) y la tentación del erotismo de los cuerpos (Georges Bataille), carnal y moderna. Una búsqueda interior, por la que López Velarde escribe, no tanto para narrar un sentimiento como para explorar ontológicamente quién es él, gracias a la palabra, a través de la palabra, hasta descubrir la realidad viva. Como canta Octavio Paz en El arco y la lira: “A través de la frase que es ritmo, que es imagen, el hombre —ese perpetuo llegar a ser— es. La poesía es entrar en el ser (Paz, El arco y la lira, México, F. C. E., 1979:113).

Un combate entre lo provinciano y lo moderno, donde Octavio Paz reconoce el mérito de actualizar la lírica nacional sin ser tentado por el panfleto político, gracias a la relectura de la provincia y la intimidad como espacio universal. Como concibe Octavio Paz a la cultura y el arte, cuya singularidad debe alcanzar lo universal si no quiere sucumbir (Paz, El laberinto de la soledad, México, F.C.E., 1993:165-166).

Una poética de la pasión que impele a Octavio Paz a una reivindicación crítica de Ramón López Velarde, a quien reconoce no como un poeta provinciano, pintoresco y parroquial, sino como un autor de una modernidad compleja, audaz e incómoda.

II

Desde el primer tema, “La balanza con escrúpulos”, Octavio Paz, cita a López Velarde, para rescatar una sonoridad y un sentido nuevos para el leguaje, pues el diccionario no expresa “lo que no ha sido dicho” (Martin Heidegger, De camino al habla, Barcelona, Serbal, 1987). Porque como dice López Velarde: “Hemos perdido la inteligencia del lenguaje usual y el diccionario susurra”. Una frase como el agua límpida, para repensar al poeta, que sorprende con su fortuna poética, a pesar de su escasa y difícil poesía, rodeada de incomprensión, que logra la resonancia que no alcanzan dilatadas y accesibles obras. Ya que en vida sólo publica dos libros de poemas: La sangre devota (1916) y Zozobra (1919); post mortem tres volúmenes: poesía: El son del corazón (1932) y dos en prosa: El minutero (1923) y El don de febrero (1952).

Por ello, Octavio Paz afirma que “su muerte prematura interrumpió su creación precisamente en el momento en que tendía a convertirse en una contemplación amorosa de la realidad, tal vez menos intensa pero más amplia que la concentrada en su libro central, Zozobra. Puesto que López Velarde nos ha dejado unos cuantos poemas en verso y en prosa —no llegan a treinta— de tal modo perfectos que resulta vano lamentarse por aquellos que la muerte le impidió escribir” (Paz, “López Velarde. El camino de la pasión”, Cuadrivio, Joaquín Mortiz, 1989:69-70).

Octavio Paz, vislumbra tres momentos: 1) el ensayo de Xavier Villaurrutia, que exhuma a un poeta sepultado bajo las ruinas de fábulas y exaltación; 2) algunos apreciables estudios de su vida y obra, como el de Luis Noyola Vázquez y el libro del norteamericano Allen W. Phillips, que impulsa a Octavio Paz a reflexionar sobre López Velarde, el más completo, inteligente y crítico de una obra compleja (Phillips, Ramón López Velarde, el poeta y el prosista, México, INBA,  1962); un texto del que le interesaron los capítulos sobre la formación de López Velarde, de la que solo se dio cuenta Juan Tablada, que fue un paradigma y provocación para el poeta.

La vida literaria de López Velarde osciló entre la reserva del Ateneo de la Juventud, cuando su meta era romper con el monopolio del positivismo oficial del Porfiriato e impulsar un renacimiento humanista, filosófico y estético en México (28 de octubre de 1909) y la devoción de sus compañeros de generación. Hasta antes de su muerte los jóvenes que se unieron a la revista Contemporáneos y descubrieron a otro poeta solitario. Villaurrutia escribe un ensayo en donde valora que por su geometría y ritmo evoca textos de Baudelaire.

Amado Nervo influye en la formación de López Velarde: “Amado Nervo es el máximo poeta nuestro”. Alfonso Méndez Plancarte muestra la impronta en la poesía de López Velarde en la imagen: “ojos inusitados de sulfato de cobre”, que antes aparece en Nervo: “unos ojos verdes, color sulfato de cobre”. En Los jardines interiores (1905), el período simbolista de Nervo, encuentra la advocación de una figura femenina: Damiana, de la que responde con una cita de Dante Gabriel Rossetti: My name, is might have been (Mi nombre es lo que pudo haber sido), donde se mezclan dos motivos: la provincia y sus devociones, y un amor ardiente pero casto a una mujer ideal, mixtura entre el amor infantil y adulto, inocencia y conciencia del pecado. Podemos —advierte Paz— presentir en Damiana a Fuensanta (Josefa de los Ríos), unión de catolicismo y provincia, sensualidad y castidad, porque la iglesia fue, para ambos poetas, comarca de consagración y sacrilegio, devoción y éxtasis erótico. Porque la ley va de la mano de la transgresión, expresa en el erotismo de los cuerpos, los corazones y el sagrado (Bataille, El erotismo, Barcelona, Tusquets, 1985).

La poesía de López Velarde —Paz dixit— recoge diversas influencias, acorde a su espíritu, más las que vinieron después. Como Baudelaire, que en México tuvo imitadores sin originalidad, pero con fecundos frutos como Xavier Villaurrutia. López Velarde, poco conocido en España y la América hispana, sin embargo, logra el reconocimiento de Neruda y Borges.

Baudelaire es un espíritu profundo y López Velarde es de su casta. Una prueba son los poemas en prosa de El minutero con textos de Le Spleen de Paris, ejemplo: L'Horloge, La Chambre double, Mademoiselle Bistouri. López Velarde lo confirma: “seminarista sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”. Octavio Paz lo destaca: “La poesía de López Velarde suscita una oleada de perfumes espesos e intensos, vibración que se prolonga en resonancias que yo me siento inclinado a llamar espirituales: incienso, olor de tierra mojada y de cirios, barro, azucena, almizcle, aromas de alcoba e iglesia, de lecho y cementerio […] Y en el centro de esa constelación sensual, como un ojo fijo, el nombre de Baudelaire; la conciencia sacrílega” (Paz, “López Velarde. El camino de la pasión”, Cuadrivio, México, Joaquín Mortiz, 1989:74).

ROSARIO HERRERA GUIDO




ISABEL BANDRÉS


EL SER QUERIDO VERSUS VALOR SENTIMENTAL

La primera larga y estupenda secuencia de El ser querido, plano y contraplano, nos muestra a una pareja, padre e hija, que se encuentran en un restaurante después de estar muchos años distanciados sin mantener ningún tipo de relación. Él, Esteban, es un afamado director de cine oscarizado que ha decidido rodar una película en España y está buscando actores. Ella, Emilia, es una joven que está intentando abrirse camino como actriz. Cada uno guarda una memoria muy diferente de lo que fueron sus vivencias durante el poco tiempo que estuvieron juntos. Quizá lo sensato debería ser perdonarse y pasar página. Pero el perdón significa comprender al otro, estar dispuesto a desmontar y volver a montar los universos propios y ajenos. Y en esta narración ninguno está dispuesto a hacerlo. La película termina como empieza, no avanza: padre e hija encerrados en sus mundos.

Bardem, en el papel de Esteban, nos muestra en la película de Sorogoyen, a un actor extraordinario al que se enfrenta con muchísima dignidad la actriz Victoria Luengo en su papel de Emilia. Esteban es un adulador que intenta esconder su temperamento violento y su necesidad de imponer su criterio a toda costa hasta caer, si es necesario, en la agresión verbal y física. Tiene un interior tenebroso y retorcido que no se le escapa a Emilia, pero que tampoco se explica en la película. Esteban Martínez, es incapaz de reconocerse culpable y destruye todo lo que le rodea. Hay una accidentada escena durante el rodaje de la película que dirige en la que los actores deben tomarse una sopa de pescado que no termina de salir a gusto del director y donde las risotadas nerviosas de los protagonistas sacan al verdadero Esteban: violento, intransigente, pagado de sí mismo. Un hombre que destruye todo lo que toca y un hombre convencido de su inocencia que no puede salir de la ficción que representa: padre en busca de redención, director de cine amable y comprensivo. Todo en él suena a pura apariencia, a mascarada y nada en él evoluciona.

Bardem hace un ejercicio de equilibrio actoral imponente, lo vemos ir hacia el abismo sin remedio mientras sostiene las contradicciones de un personaje prisionero de sí mismo: magnifico Bardem. Emilia, mientras tanto, se da de bruces contra un ser que le gustaría querer, pero le es imposible amar y perdonar.

El ser querido es la búsqueda del ser que a los protagonistas les gustaría amar y que no encuentran por mucho que miren en su interior o en el interior del otro: a ella, un padre verdaderamente arrepentido y a él, una hija dócil y sometida. Sus miradas siempre se topan en la herida y en consecuencia se encuentran con el vacío y en el abismo. Una película estupenda de cine dentro del cine, pero a pesar de sus muchos aciertos, ¿nos emociona?

Nos topamos con el recuerdo de otra película reciente con el mismo tema de fondo, Valor sentimental (Joachim Trier) que fue premiada con el Oscar en 2025. Las dos nos hablan de lo mismo: un padre, director de cine, que abandona a sus hijas. Pero el tratamiento es totalmente diferente. En la narración de Trier, los personajes evolucionan, se abren, están dispuestos a entender y a asumir sus historias. Desean comprender al otro. Los protagonistas que vemos al principio de la narración son diferentes a los que vemos al final.  Poco a poco, durante la narración, se humanizan, se comprenden y perdonan al otro y a sí mismos. Los intérpretes de la historia nos emocionan mientras los de El ser querido nos irritan. Pero eso no dice nada sobre la calidad de una obra.

¿Cuál es la mejor? Podríamos preguntarnos. Las dos son magnificas, pero totalmente distintas. Valor sentimental pueden visionarla en este momento en Movistar–Cine y así constatar las diferencias.

ISABEL BANDRÉS