viernes, 30 de enero de 2026

 

EL HORROR Y ¿LA ESPERANZA?
ISABEL BANDRÉS

Kurt, un personaje de la novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, grita al morir en brazos del bueno de Marlow: ”¡El horror!, ¡El horror!”. Kurt, un admirado funcionario de la Empresa Colonial Belga, se dejó llevar por sus instintos más perversos y sembró el terror donde debería mediar y pacificar. Hoy, unos cuantos émulos de Kurt propagan el horror por todo el mundo de una manera generosa. Según el Índice de Paz Global, publicado en junio de 2025, en el planeta se encuentran 59 conflictos armados activos. Una cifra que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial.

Gaza, Ucrania, Irán, Yemen, Sudán, Siria… son puntos muy calientes en donde estos años se han sumado ciento de miles de muertes violentas y no se estima que vayan a parar. Muchas de estas guerras y tensiones internas son de larga duración y no parecen importar a nadie: Yemen empezó una guerra civil en 2014, ya cuenta con 300.000 muertos, y sigue. Sudán comenzó una guerra civil en 2021 y es, en estos momentos, según señala el periódico Le Monde, “el mayor centro de violencia y sufrimiento del ser humano”. Son zonas que pasan desapercibidas, bien por su situación geopolítica o porque no tienen suficientes riquezas naturales para hacerlas apetecibles a los que manejan el poder mundial. Guerras, revueltas, penas de muerte, encarcelamiento de inocentes, torturas y pérdidas económicas que llevan a las poblaciones a emigrar en busca de paz y de supervivencia. Como dice António Guterres, secretario general de Naciones Unidas: “Estamos en un mundo hecho pedazos”.

El “Índice” nos alerta sobre una nueva restructuración del orden mundial que marcará el resurgimiento de nuevas políticas, no más tranquilizadoras. El mundo que conocíamos está desapareciendo, las grandes potencias están tomando posiciones ante la indecisión y perplejidad de las potencias intermedias. Según los expertos existe incertidumbre sobre nuestro futuro que no es halagüeño y señalan algunos factores inquietantes: “La competencia entre grandes potencias, las tecnologías de guerra asimétrica y el aumento de la deuda en economías frágiles, hacen que la probabilidad de que aparezcan nuevos conflictos sea alta".

 

¿Hay algo que pueda sostenernos o dejamos que se apodere de nosotros la depresión y la melancolía? La esperanza es, en estos momentos, un sentimiento de difícil asunción porque todo parece llevarnos al pesimismo. Pero, hace unos días en Davos, Mark Carney, presidente de Canadá, en su discurso (que reproducimos integro a pie de página) dijo algunas verdades y nos recordó que los poderosos tienen su poder. Pero nosotros (las potencias medias) también tenemos algo: “La capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos”. Carney nos recordó a Václav Havel y citó su ensayo, El poder de los sin poder. Fue Havel quien entendió muy bien la mecánica del poder que “no empieza en los palacios, sino en la obediencia ciega o resignada del pueblo. Cuando la obediencia ciega y la resignación desaparecen, aunque sea de manera tranquila, el poder empieza a descomponerse”. Es lo que sucedió en Checoslovaquia ante el comunismo. Havel planteaba una pregunta sencilla: “¿Cómo se sostenía el sistema comunista?”. Su respuesta, comenzaba con un verdulero que cada mañana coloca un cartel en su ventana: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. Él no lo cree. Nadie lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos para evitar problemas, para señalar su cumplimiento, para no destacar. Y porque cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. No solo a través de la violencia, sino a través de la participación de personas comunes en rituales que privadamente saben que son falsos. Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si esa “verdad” fuera cierta. Y su fragilidad proviene de la misma fuente. Cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su cartel—, el poder comienza a resquebrajarse.

Y siguiendo con el símil de El corazón de las tinieblas apareció en Davos Zelenski, otro Marlow ético, que valeroso e infatigable sigue luchando con su pueblo. Las palabras de este hombre admirable retumbaron o deberían retumbar en muestras conciencias: “Con demasiada frecuencia —dijo—, los europeos se enfrentan entre sí. Los lideres, los partidos, las comunidades debaten en lugar de unirse para detener a Rusia, en lugar de tomar la iniciativa de defender la libertad… La U.E. parece perdida tratando de que Trump cambie, pero él no cambiará. ¿Dónde están los lideres europeos dispuestos a actuar?”.

 

Trump ha dado una patada al tablero de la geopolítica y se está saltando todas las líneas rojas de la legalidad, China permanece callada y a la espera, pero algunos observadores avisan que algo se está moviendo en la cúpula de su ejército y Rusia aprieta cada vez más a una Ucrania al borde de sus fuerzas. El mundo ya no es el de ayer, nunca lo volverá a ser. A los europeos solo nos queda recomponernos, reinventarnos y mirarnos en el espejo de Mark Carney y Zelenski o resignarnos a desaparecer. Europa tiene muchas cosas a su favor, pero le falta ímpetu, valor y le sobra acomodamiento en lo que marcan los más poderosos.

Hoy, una serie de fuerzas diversas quieren llevarnos a una especie de contrarreforma liberal que termine o mine las democracias liberales. No olvidemos lo que escribió Hanna Arendt en La condición humana: «Ser libre y actuar son la misma cosa». Los ciudadanos podemos hacer mucho más de lo que a simple vista parece: no dejarnos engañar, nombrar la realidad y los hechos tal como son y no como dicen que son. Si utilizamos el principio de realidad ante las pulsiones destructoras y el pensamiento único, estaremos defendiendo la democracia. No hacen falta ni actitudes épicas ni revoluciones heroicas. Todos sabemos cómo terminan. Solo la resistencia íntima de permanecer en la realidad de los hechos hará que se salven nuestras democracias que no serán perfectas, pero nos hacen más libres y más iguales.

ISABEL BANDRÉS 

https://drive.google.com/file/d/1s_xr2UL-7GuiTHWfQ4qmKHMKezC0Cvky/view?usp=sharing

HUMILDAD
MARÍA LUISA MAILLARD

El otro día, en una entrevista radiofónica, escuché a un “cantaor” una frase que me dejó pensativa: “La gente de bien no es la que tiene mucho dinero o poder, sino la que del vientre de su madre nace con humildad y respeto”. Me gustaba la frase y a la vez me incomodaba. Nada que decir frente al respeto, es una palabra dotada de prestigio en nuestras sociedades modernas, de forma especial por su sintonía con el término igualdad y tolerancia, pero ¿y la humildad? La humildad no es una actitud vital muy valorada en nuestros días y habría que preguntarse por qué.

Veamos que es la humildad. La primera acepción que recoge la Real Academia Española “virtud que consiste en conocer nuestras limitaciones y obrar de acuerdo con ellas”, se acerca bastante al sentido último del término que ya se encuentra en el origen. Proviene de la palabra latina humilitas, derivada de humilis, humilde, que a su vez deriva de humus, tierra, y los humanos somos terrícolas mortales y, aunque sólo sea por eso, limitados.

En épocas aún próximas se impuso la segunda acepción que recoge la Academia ligada no a la naturaleza humana, sino a su condición social: “bajeza de nacimiento o de cualquier otra especie”. Los humildes eran los pobres, los de “baja condición”; pero creo que la interpretación que le concede su carácter negativo hoy en día, es la tercera acepción que recoge la Academia y que nos remite de nuevo a la naturaleza humana: “sumisión”, “humillación”. Ser “humilde” alude a una profusa serie de características negativas que recoge María Moliner en su diccionario: apocado, encogido, dócil, servil, insignificante.

No queremos ser dóciles sino rebeldes, más aún si somos mujeres a las que tradicionalmente se nos han adjudicado las virtudes de la docilidad, la insignificancia y la modestia. Aunque el sentido profundo de la humildad se encuentra en el corazón del cristianismo, íntimamente unido al respeto hacia el semejante, no hay duda de que su utilización por la Iglesia en ciertos periodos del franquismo, ha contribuido al rechazo de las mujeres españolas, a la hora de ahondar en su significado último.

Como vemos, el sentido de las palabras y la valoración de su contenido varía según las épocas históricas y la idea de hombre que privilegia “la tía época”, que diría Zagajewski; pero la frase del “cantaor” que me ha inspirado este escrito tiene un significado de más largo alcance, sin duda porque pertenece al acerbo popular. La humildad se encuentra íntimamente unida al respeto en el trato con el otro. Todos tenemos el mismo valor esencial como seres humanos; pero hay que ser humildes para reconocer el valor de aquellos que nos superan por sus conocimientos o sus acciones y más aún, de todo aquello que es superior a nosotros. ¿Y dónde queda entonces la igualdad, extendida hoy en día a un igualitarismo que rechaza la diferencia, incluso biológica?

Vamos a intentar salir del atolladero, siguiendo de nuevo el rastro de la sabiduría popular con un dicho de Castilla: “Nadie es más que nadie, nadie es menos que nadie, y a todo hay quien gane”. No nos queda más remedio que recurrir ahora a don Antonio Machado, uno de nuestros poetas que más ha reconocido la sabiduría vertida en refranes y canciones populares. Sí, afirma don Antonio en su Juan de Mairena, interpretando el dicho popular, hay que ser humildes porque no somos perfectos y “a todo hay quien gane”; pero el sentido más hondo de la frase es que por mucho que valga un hombre nunca tendrá un valor más alto que el de ser hombre. Y, desde luego, no tendrá un valor más alto debido a su riqueza o su poder; pero sí lo tendrá, nos recuerda Cervantes en El Quijote, debido a sus actos: “No es un hombre más que otro, si no hace más que otro”.

Conjugar la humildad y el respeto no parece ser una tarea fácil ni privilegiada por los valores dominantes en las actuales sociedades modernas, en las que el esfuerzo y el sacrificio sólo está legitimado y reconocido en el perfeccionamiento del cuerpo. Son actitudes que engrandecen al que las ejerce, pero que se perciben como un empequeñecimiento porque atentan contra el derecho inviolable de nuestro ego o del grupo al que queremos pertenecer y que da sentido a nuestra vida; pero también atentan contra las convicciones de “la tía época”.

“Nadie es más que nadie” es una aseveración que se encontraba anclada en el corazón del castellano antiguo que vivía en el seno de un espíritu cristiano que reivindica don Antonio Machado al subrayar el carácter inviolable de cada vida humana. Vemos que hoy en día diversas ideologías prestigiosas en el mundo se consideran por encima de tal principio y no sólo desde un fundamentalismo religioso, sino también desde un nacionalismo expansionista o desde diversos ideales utópicos que, si alcanzan el poder, no dudan en encarcelar, asesinar y torturar a los que no piensan como ellos. En este momento el panorama internacional nos está ofreciendo sangrantes ejemplos de ello.

Aún nos queda un último escollo a la hora de valorar positivamente la frase del “cantaor”. ¿Qué es eso de que uno nace ya del vientre de su madre con humildad y respeto? ¿Es que la genética determina nuestros valores espirituales? Creo que mi interpretación chocará también con algunos de los principios ideológicos actuales. El cantaor alude a una tendencia moral, digamos hacia el bien, un terreno fértil que se desarrollará más fácilmente en una sociedad que potencie dichos valores y que encontrará extremas dificultades para hacerlo en una sociedad que los niega o propone otros como el éxito, el poder, la satisfacción y el lucro personal por encima de todo. Las ideas, convertidas en ideología, se pueden manipular y pervertir; pero no la convicción íntima de que “no hay un valor más alto que el de ser hombre”.

MARÍA LUISA MAILLARD


IMÁGENES SOBRE LAS MUJERES Y LOS LIBROS
56. LEYENDO EN AMBIENTES ARTÍSTICOS
INÉS ALBERDI

Es muy frecuente, en las obras pictóricas del siglo XIX, representar a mujeres leyendo en ambientes artísticos. Ya sea por ser el hogar de alguna cantante o actriz o por ser el estudio de un pintor donde alguna modelo pasa sus horas leyendo o viendo láminas de arte.

Este es el caso del retrato que Stewart le hace a la famosa actriz Sarah Bernhardt en compañía de Christina Nilsson. Aparecen las dos reclinadas sobre un diván y parece que Sarah lee a su amiga lo que pudiera ser el guión de su próxima obra. Es una escena distendida en la que las dos mujeres charlan rodeadas de libros.

Julius LeBlanc Stewart, Estados Unidos (1855-1919)
Sarah Bernhardt y Christine Nilsson, 1833
Colección privada

En otras ocasiones, el retrato de la lectora se efectúa en lo que parece ser el estudio del artista. Así es el caso de la obra de Croegaert en la que la mujer, que puede ser su esposa o su modelo, se abandona leyendo, medio tumbada entre algunos libros que la rodean e incluso han caído por el suelo.

Georges Croegaert, Bélgica (1848-1923)
Leyendo, c.1890
Colección privada

Otras veces el retrato de una joven en el estudio del pintor adquiere un aspecto más formal como si se tratara de una visita. En la obra de Gaugengigl, la joven que lee rodeada de libros espera ser recibida y todavía no se ha quitado el sombrero ni la chaqueta de calle.

Ignaz Marcel Gaugengigl, Estados Unidos (1855-1932)
La visitante, 1925
Museo de Bellas Artes de Boston, EE.UU:

Hay un artista americano Merrit Chase que dio una importancia social enorme a su estudio, que lo utilizó para fiestas y reuniones y que lo pintó en numerosas ocasiones. Muchas de estos cuadros que se realizan en su estudio nos presentan mujeres leyendo o viendo estampas.

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
En un rincón del estudio, 1882
Colección privada

Los retratos del estudio de Merrit Chase son muy coloridos y el artista añade en cada caso numerosos detalles que embellecen la imagen y van a ir presentando los adornos y las aficiones del pintor. Todo se convierte en una excusa decorativa, los abanicos, las pequeñas esculturas, los jarrones de flores y las láminas o dibujos dispuestos en las paredes. Es como si con estos retratos quisiera hacer publicidad de su obra y, por supuesto de su carácter y su personalidad.

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
Interior, mujer joven en una mesa, c.1892
Museo y Jardín de Esculturas Hirshhorn, Washington

En algunos de estos retratos vuelve a aparecer la mujer visitante, quizás la próxima clienta, que todavía no se ha quitado el sombrero.

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
Interior del estudio, c.1882
Museo Brooklyn, Nueva York, EE.UU.

Es asombroso ver el despliegue de elegancia que refleja en estos retratos, lo que contrasta con algunos estudios de artistas más realistas, más desordenados y prácticos.

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
El estudio de la calle décima, 1880
Museo de Arte de San Luis, Misuri, EE.UU.

Solo algún retrato de mujer en el estudio de Merrit Chase ofrece un ambiente sencillo e íntimo, quizás porque la modelo fuera alguien de su confianza, quizás su esposa.

William Merritt Chase, estados Unidos (1849-1916)
En el estudio, c.1882
Colección privada

El despliegue visual del estudio, modelo quizás del actual Instagram, será seguido por muchos artistas de la misma época, aunque ninguno lo reitera tanto como Merritt Chase.

Aquí tenemos un ejemplo de esa misma presentación del retrato de una mujer en un ambiente artístico, el estudio de Curran, como si estuviera valorando el resultado de su retrato, ante el artista que le enseña láminas de sus otros trabajos.

Charles Courtney Curran, Estados Unidos (1861-1942)
Críticos justos, 1887
Museo Metropolitano (MET), Nueva york, EE.UU.

Otros retratos de mujeres valorando el trabajo de los artistas ofrecen un aspecto más íntimo y sencillo, como el del francés Robbe que evoca los ambientes catalanes de finales de siglo, porque el peinado y el chal nos recuerdan los retratos de gitanas de Isidro Nonell.

Enmanuel Robbe, Francia (1872-1936)
Mujer con una lámina o La bella prueba, c. 1906
Color y aguantina, edición de 100 copias

Una obra que es un retrato femenino en ambiente artístico es el que hace Sargent a su hermana pintando en la Toscana. El gran retratista que fue Singer Sargent se mantuvo siempre muy unido a su familia y realizó numerosos retratos de su madre y de su hermana. En esta ocasión la vincula con su propio trabajo y la presenta frente a su caballete y rodeada de sus útiles de pintura.

John Sirgen Sargent, Estados Unidos (1856-1925)
El manantial, Villa Torloni, Frascati, Italia, 1907
Instituto de Arte de chicago, EE.UU.

En algunas ocasiones el artista presenta a una mujer mientras la pintan, como en esta obra de Almeida en la que ella lee una partitura al piano mientras la están retratando.

José Ferraz Almeida, Brasil (1850-1899)
El descanso de la modelo, 1882
Museo Nacional de Bellas Artes, Río de Janeiro, Brasil

Suponemos que también esta escena se desarrolla en el estudio de un artista. Pinckney retrata a una pareja que está viendo laminas y bocetos de sus obras. El ambiente es muy elegante, aunque el desorden le añade ese rasgo de bohemia tan valorado en los ambientes artísticos.

Marcius Simons Pinckney, Estados Unidos (1867-1909)
El erudito justo, s/f
Colección privada

Por último, no podemos olvidar los retratos, realizados en los estudios, de las musas de los artistas. Es el caso del retrato que Vuillard hace de Lucie Hessel, la esposa de su marchante, por la que tenía una gran fascinación y a la que retrató en numerosas ocasiones.  

Jean Édouard Vuillard, Francia (1841-1919)
Retrato de Lucy Hessel, 1924
Colección privada

Por último, tenemos uno de los retratos que le hizo Renoir a Misia Sert, musa y mecenas de tantos artistas, una mujer singular que estuvo muy cerca de impresionistas y que se casó finalmente con Sert, el español que revolucionó el arte del fresco con sus obras gigantescas y magnificas en Nueva York en el Rockefeller Center, en Ginebra en la Sociedad de Naciones y en algunas iglesias españolas como la catalana de Vic y la vasca de San Telmo en San Sebastián.

Pierre-Auguste Renoir, Francia (1841-1919)
Retrato de Misia Sert, 1904
Museo de Arte de Tel Aviv, Israel

INÉS ALBERDI



DE FANTASMAS Y MONSTRUOS
NATALIA VELASCO

Hay mañanas en las que me levanto acompañada de fantasmas. Algunos tienen el rostro de amores diluidos en el tiempo; otros se pasean sobre nubes blancas sobrevolando sueños; algunos me acechan a diario y me susurran ¿por qué no?; los hay que me miran con ojos de lluvia hasta que la humedad me cala por dentro. Todos ellos son blancos y etéreos con dos ojitos negros y dos manos guante sin dedos y sin cadenas. Son silenciosos, sigilosos, sibilinos. Cuando creo que se han ido, vuelven a aparecer grandes, pequeños, inmensos, aventados por el tiempo que “lleva siempre la hoz afilada y va cerrando puertas y tapiando horizontes, aunque finja lo contrario”, como decía Aldecoa.

Hubo un tiempo en que compraba a mi hijo unos helados pequeños que se llamaban fantasmitas. Eran de colores y sonreían y mi hijo los devoraba con primor. Se pusieron de moda y en una bolsa había seis de ellos. Los fantasmitas les sabían muy ricos a los niños y yo pensaba que estaba muy bien inventado ese helado que hacía de los miedos frugalidad. Yo no he comido fantasmitas y por eso quizá me acechan los fantasmas.

Mis fantasmas no son las almas de los muertos que tienen asuntos pendientes en el mundo de los vivos. Mis fantasmas son las vidas que no he vivido, los caminos que no elegí, las elecciones desechadas, las oportunidades perdidas. Mis fantasmas son el beso que no di, el “te quiero” que no asomó a mis labios, la carrera de periodismo que no estudié, el piso con balcón orientado al sur en el que no vivo, las lecturas que no habitarán el alma de mi hijo. A veces, cuando persisten en su presencia, decido desayunar con ellos y explicarles despacito por qué no son presente, sino fuga.

Mis fantasmas no tienen nada que ver con mis monstruos; mis monstruos son inmensurables y tienen fauces devoradoras: el estado de las vías en los trenes de alta velocidad, el auge de Vox, los más de cincuenta conflictos armados en vigor, la masacre de civiles en Irán, o el mismísimo Trump enviando al ICE para matar inmigrantes. Los hay más pequeñitos pero igualmente perversos. Se trata de pequeños monstruos que arañan la piel, que golpean las espinillas, que muerden la punta de los dedos: el cierre del Café Central en pleno corazón de Madrid, o el de la librería Tipos Infames en el emblemático barrio de Malasaña. Esos monstruos dan la mano al poder y a la ambición y desdibujan una ciudad que otrora fue amable y azul. ¿Dónde están los magos, los héroes, los cazadores de monstruos? ¡Venid pronto!, os necesitamos.

NATALIA VELASCO
Madrid, 27 de enero de 2026



LA FÉRTIL HISTORIA DE LA LITERATURA NIGERIANA:
UN DESCUBRIMIENTO
ARA DE HARO

En un reciente viaje a Londres me he topado con que los libros de una mujer africana, Chimamanda Ngozi Adichie (n.1977, Enugu, Nigeria), estaban por todas las librerías que suelo frecuentar, estaban en Foyles, en Daunt Books, en Hatchard’s y también en las librerías de los aeropuertos y estaciones de trenes. Cuando un autor logra atravesar las fronteras entre la gran literatura y la barata, lo excelso y lo popular, convive amistosamente con los tomos encuadernados de los genios y con los chicles y las patatas fritas, tiendo a sentir una gran curiosidad. En el caso de Adichie, se trataba en parte de la promoción de su última novela, Dreamcount, que se acaba de publicar en España, junto a ella se encontraban algunas de sus obras principales, incluyendo su primera novela, La flor purpura (2003), que fue nominada al Booker y recibió el premio Commonwealth pero que, además, fue un éxito de ventas. La misma y sonriente fortuna ha acompañado sus otras obras, como Mitad de un sol amarillo (2006) y Americanah (2013).

Creo que lo que me llama más la atención de su forma de escribir es su calidez, la atención al detalle y la respiración de su prosa que mantiene un ritmo siempre sensato y real en su descripción del mundo, la gente, los acontecimientos, aunque podría perfectamente caer en el sarcasmo y la ironía. De algún modo, nos muestra su capacidad para ello, nos dice que podría, nos enseña sus armas y sus posibilidades, pero también que ese no es su objetivo. La inteligencia de la autora es evidente, pero no hace exhibición de ello, más interesada en contarnos cosas de la gente y de la propia vida. Con eso rompe con el narcisismo de tanta literatura contemporánea y su incesante, a menudo paralizante, autoanálisis.

Una de las mayores aportaciones de Adichie ha sido la revalorización de la identidad africana en la literatura y el arte. En parte, nos sabe mostrar los estereotipos racistas que funcionan automáticamente en la sombra de la mirada y la cultura occidental, pero, además, presenta una visión auténtica y compleja de su país natal, Nigeria. En su novela Medio sol amarillo, trata las terribles consecuencias de la Guerra de Biafra, y cómo afecta a la gente común. Adichie destaca la rica diversidad de las culturas africanas y la fuerza comunitaria de su gente en tiempos de adversidad. Además, en Americanah, aborda la experiencia de la diáspora africana en Occidente y la experiencia (personal) de vivir entre dos culturas. Estos relatos introducen matices en la percepción de las realidades africanas que rompen con la visión tópica que durante mucho tiempo ha prevalecido, una visión simplista y falseada por una ignorancia teñida de culpabilidad, ya que, desgraciadamente, procede del esclavismo, del colonialismo y de la continua explotación económica y de todo tipo que el continente africano ha sufrido y aún sufre.

Pero también Adichie ha sido una de las voces contemporáneas más influyentes en el movimiento feminista global. En su ensayo Todos deberíamos ser feministas (2014), basado en su popular charla TED de 2012, Adichie redefine el feminismo, no con aportaciones teóricas relevantes, sino que tiene el acierto de presentarlo desde una perspectiva social necesaria, una causa común de obligada pertenencia, que es accesible y relevante para todos. La influencia de este ensayo hizo que el gobierno de Suecia lo incluyera como lectura obligatoria en las escuelas. De alguna manera, el machismo y el racismo se parecen en que funcionan a muchos niveles y de forma sutil, casi subconsciente. Ambos son prueba del funcionamiento sibilino del poder tal y como fue definido por Foucault, sea éste el de el género masculino o el de la raza blanca, y cómo mediante borrados y mentiras, se produce lo que Adichie denomina "la historia única": la simplificación constante de las complejas realidades de género, culturas y personas, para construir una sola narrativa, la que es cómoda para el dinero y el poder.

En Americanah, Adichie ofrece una perspectiva innovadora y rica en matices sobre lo que significa ser "africano en América", revelando la alienación y crisis de identidad que muchos migrantes africanos sufren. Este enfoque ha ayudado a crear un interés en la literatura global para las historias de la diáspora africana en EE. UU. y Occidente presentándolo con una comprensión y diversidad que no se había dado antes.

Su primera novela hace alusión en la primera frase a la obra más famosa de otro autor nigeriano, Chinua Achebe, (Ogidi, Nigeria,1930-Boston, EE. UU., 2013) Todo se desmorona (1959). Como es lógico, me sentí impelida a leerle también. En esta novela, Achebe escribe recuperando una tradición oral en la que una historia se inserta en otras y se acompaña de distintas anécdotas o pequeñas fábulas de animales, en todo caso, ignora deliberadamente el estilizado arco narrativo de la novela occidental. Narra, desde el punto de vista de los habitantes Igbo de Nigeria, la irrupción y posterior dominación de los misioneros cristianos. Y cómo los valores éticos, sociales de esa comunidad, junto con sus injusticias y fallos, quedan desbaratados a la llegada de éstos y reemplazados por otros en los que también hay arbitrariedad e injusticia. Aunque a mí, lo que más me ha gustado del autor es un artículo sobre el racismo inherente en el relato de Conrad, El corazón de las tinieblas (1899), que está colgado en las redes, les dejamos un enlace al final de este artículo y que animo, de forma entusiasta, a leer.

Pero la narrativa nigeriana es muy amplia y tiene nombres y obras importantes. Citaré brevemente algunos de los autores más importantes: Ben Okri, Helon Habila, Okwui Enwezor y, por supuesto, el primer premio nobel africano, Wole Soyinka, en 1986. En parte, es la decisión de escribir en inglés por parte de estos autores, aunque todos incluyen palabras en sus idiomas locales, que en Nigeria son muy numerosos (Yoruba, Hausa, Igbo, Nupe, Urhobo), lo que ha permitido la difusión internacional de su obra. En ese sentido, hay que señalar la pertinencia de la editorial Heinemann, que fue muy activa en los años sesenta y setenta, y que, con su serie sobre escritores africanos, permitió a los lectores de ese continente tomar conciencia de su propia literatura, de su voz. También el activismo político y social de casi todos estos escritores han dado una relevancia especial a estos autores que a menudo pasaron tiempo en la cárcel defendiendo ideas de libertad y democracia.

Finalmente, me gustaría citar a dos autores jóvenes nigerianos de gran relevancia. Por una parte, está Awake Emezi que ahonda en una identidad trans con gran poesía y creatividad. Y también Teju Cole, cuyo libro Papel Negro ha sido publicado recientemente en nuestro país por Acantilado, que es escritor, fotógrafo e historiador del arte. Sus ensayos consiguen reunir de forma no solo coherente, sino iluminadora, distintos fenómenos tanto artísticos como sociales. Su ensayo sobre el pintor del Barroco Caravaggio y las reflexiones que le suscita seguir su último y desesperado recorrido por Nápoles, Malta y Sicilia, huyendo de la justicia y su autodestructivo destino, junto con las oleadas de africanos llegados por mar a esas ciudades también desesperados en busca de una vida mejor, es una lectura imprescindible. Cuando dos realidades que parecen no tener ningún punto en común son contrastadas de forma que de su encuentro saltan chispas de significado, entonces la cultura se revela como algo vivo y necesario.

ARA DE HARO





UNA RECETA SIN QUESO, NI ES RECETA NI ES NADA
BIENVENIDO PICAZO

Francia es un país que siempre ha figurado en todos los podios de la historia sin haber hecho ningún mérito para ello. No, no les quiero hablar de historia ni zaherirles más de lo necesario, pero el caso es que nuestros vecinos de allende los Pirineos siempre han tenido la habilidad para meter la pata en todo el planeta y salir hablando de grandeur, prudence et droits de l´homme. Pero si hay algo de lo que no tienen ningún empacho presumir, y con razón, es en autobombo y mercadotecnia. Hace algunas décadas, demasiadas para mi gusto, se inventaron una absurda levitación inconsistente llamada nouvelle cuisine, que como su nombre no indica es una bullipollez como otra cualquiera, la traducción libre de la ocurrencia viene a ser, “pague, pero pague bien y salga más famélico que cuando entró, pero ya tiene licencia para exornar su currículo de moderno avant-la-letre, y como Luis Miguel en su legendario encuentro con la diosa Ava Gardner, salir corriendo a contarlo”.

Como las desgracias nunca vienen solas, y como en el hexágono presumen de tener no sé cuántos tipos de fromage, han puesto de moda en todo el planeta este producto al que el arriba firmante no acierta a encontrar glamur alguno en su ingesta y, menos aún, en la inhalación de sus efluvios más bien tirando a fétidos. Porque no me negarán, que hay algunos quesos que atacan las pituitarias sin ningún miramiento, vamos, que deberían intervenir las consejerías correspondientes para evitar que sus aromas traspasaran los límites autonómicos.

Siguiendo con la caída al abismo sucede que, nosotros que somos tan amigos de imitar todo lo decadente, hemos decidido introducir el queso como ingrediente protagonista en todas nuestras cazuelas, bandejas, canapés, ensaladas, salsas y así hasta el infinito y más allá. Sólo queda que algún inventor de aromas iridiscentes, invente el queso con café, perdón, quise decir café au fromage, o ya puestos a rizar el rizo, caffè con formaggio. Coffee with cheese, francamente, lo considero inasumible.

Miren ustedes por dónde no estoy solo, ya que gracias al queso voy conociendo a más gentes que usan añagazas para no ser objeto de la mirada asombrada de cuantos escuchan nuestra aprensión por la cuajada madurada esa. Uno de los nuestros, ya directamente aduce interdicción médica, alergias o excusas similares, para frenar las sugerencias de cuantos camareros o comensales salen a su encuentro.

Dijo De Gaulle aquello de “¡cómo se va a gobernar con buen tino un país que tiene tantísimas variedades de quesos!”; aunque él, que arenga radiofónica tras arenga radiofónica, eso sí, desde la distancia, que una cosa es Vichy y otra Londres, se labró un mito que terminó como terminó. Siguiendo al mariscal, quizá deberíamos colegir que el queso es algo más que un alimento. En nuestras latitudes tampoco vamos mancos de variedades, eso sí, ellos los venden a precio de lingote, como sus vinos y todo lo suyo. Algo sé de esto porque mi partenaire de fatigas, cada vez siente más pasión por estas cosas, mientras que yo sigo erre que erre, sin ser capaz de traspasar el caprichoso azar de mis papilas olfato gustativas.

Por el cariz que está tomando el asunto y dado que ya hemos interiorizado la estulticia de pagar pastones porque nos tomen el pelo, mea culpa por la parte que me toca. Mucho me temo que tendremos queso hasta en la sopa, esto sin ánimo de hacer ningún chiste, sólo es un recurso de articulista de medio pelo.

BIENVENIDO PICAZO


LA INCOMPRENSIÓN DE LAS MATEMÁTICAS
LIDIA ANDINO

Hace pocos días un profesor de la Universidad de Missouri, Estados Unidos, anunció al mundo que acababa de encontrar el número primo más grande conocido hasta la fecha. Para hacerse una idea, este número tiene más de ¡diecisiete millones de dígitos!

Es imposible imaginarse un número tan grande y, por otro lado, qué utilidad podría tener en nuestra vida este dato. ¿Nos hace mejores?

Aunque resulte curioso los números primos están asociados a nuestra vida diaria mucho más de lo que advertimos: cada vez que retiramos dinero de un cajero automático, cada vez que abrimos nuestro correo electrónico, o cuando usamos la tarjeta de crédito por Internet, estamos empleando algunas propiedades de los números primos.  

¿Y eso para qué sirve? Cuando se produce un hallazgo dentro de la investigación siempre ayuda para ampliar la frontera del conocimiento y nos dice del deseo del ser humano de conquistar lo desconocido, de revelar lo ignorado y ayuda a un estudiante que siempre busca respuesta a sus inquietudes. El joven no tiene tantos prejuicios sobre el tema como el adulto, por este motivo es capaz de preguntar cualquier tontería con la mayor soltura; en general estas tonterías son para los profesores las más difíciles de contestar. Ahora recuerdo a un chico de trece años que le preguntó a su profesor: ¿Por qué moja el agua? 

Quién no pensó alguna vez —durante una clase—, que las ecuaciones planteadas en la pizarra eran frías, sin sentido o que los números complejos no servían para nada. Quién no tuvo alguna pesadilla la noche anterior a un examen de matemáticas… Es frecuente escuchar decir a los alumnos: ¡yo las matemáticas no las entiendo!

¿Es la incomprensión de las matemáticas un síntoma en estos jóvenes?

Cuando nos interesamos por un alumno que así se manifiesta tenemos la “sensación” de que esta incomprensión proviene de algo así como una insatisfacción, como un desfasaje.

Se trata de enunciados de los cuales es imposible decir si poseen una verdad o ni siquiera si significan algo. Si el estudiante quiere saber si el enunciado es o no verdad va por mal camino. La matemática es sus fórmulas, con sus axiomas. Se encuentra vacía de todo lo que hay en relación con la verdad. Se trata, para aprenderlas, de aceptar las reglas, las leyes: algo parecido a cómo el estudiante debe aceptar las reglas en la vida social. Y es precisamente eso lo que algunos estudiantes encuentran tan difícil: “aceptar”.

De ahí que la incomprensión no sea tanto una dificultad o discapacidad intelectual lo que la vuelve incomprensible. Es de reconocer que su aprendizaje de una exigencia de abstracción para captar el conocimiento es decir un trabajo que no puede saltarse. y hay veces que el alumno está entorpecido por alguna dificultad afectiva que lo bloquea y lo inclina a no interesarle la asignatura, o a irritarle, o a no darle crédito. Seguramente alguien a quien le resulta tan ingrata la asignatura, tampoco la comprenderá fácilmente.

LIDIA ANDINO




MARÍA ELVIRA LACACI
MARÍA LUISA MAILLARD

A pesar de la trágica ruptura con la tradición cultural de la Edad de Plata tras la Guerra Civil, la poesía española no acalló su voz. De forma paralela a la promoción desde el poder de una poesía nacionalista, religiosa e intimista, ajena a la realidad social y de corte neoclásico, la gran poesía anterior se abría camino. En 1944 se publican Hijos de la ira de Dámaso Alonso y Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre, dos de los autores de la Generación del 27 que permanecieron en España y que inauguraron el camino de la denominada por los críticos “poesía desarraigada”. Revistas afines a la ideología propuesta por el Régimen de Franco como Arbor, El Escorial o Garcilaso y nombres como José María Pemán, Luis Rosales o Leopoldo Panero, no lograrían imponer su ideario. Ya en la temprana fecha de 1943, José Luis Cano había inaugurado la Colección de Poesía Adonáis, cuyo premio sería el que marcaría el camino alternativo de la poesía española de posguerra.

En 1951, con el nombramiento de Ruíz Jiménez como ministro de Educación, se abre en España un periodo aperturista, reflejo del afán del ministro de desvincular la cultura de la política dictatorial. Surgen revistas atentas a lo social, pero también a la evolución cultural europea y latinoamericana como Índice y Papeles de San Armadans. En la especialidad poética hacen su aparición revistas como El pájaro de Plata o Cántico.

La poesía social, que se entreveía ya en el intimismo existencial de Hijos de la ira y los primeros libros de Gabriel Celaya y Blas de Otero Tranquilamente hablando de (1947) y Ángel fieramente humano (1951), se consolida con la publicación en 1955 de Cantos Íberos y Pido la voz y la palabra. Fue un poema de Cantos íberos, “La poesía es un arma cargada de futuro” de Gabriel Celaya, el que acabó popularizando la poesía social de los años 50, al identificarla con la lucha antifranquista de la juventud de los años 70, gracias a cantautores como Paco Ibáñez. ¿Quién, que haya sido joven en los años setenta, no recuerda estos versos del poema que claman tanto por el compromiso político como por una estética desnuda de artificios?

[…] Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentiende y evaden.

Maldigo la poesía del que no toma partido, partido hasta mancharse.

[…] No es una poesía gota a gota pensada

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. 

¿No había mujeres poetas en el periodo de la poesía social? Su voz no llegaba a las jóvenes de los años 70. Quizás la enorme difusión del sesgo combativo y épico de dicha orientación poética oscureció la poesía existencial de trasfondo religioso, y preocupada por lo social, que inaugura Dámaso Alonso y cultivarán en sus primeros libros autores como Blas de Otero. En este oscurecimiento encontramos a nuestra protagonista, la poeta María Elvira Lacaci, primera mujer en recibir el Premio Adonáis en 1956, con su poemario Humana voz y el Premio de la Crítica en 1964 con Al este de la ciudad. Hay que recordar que el galardón del Premio Adonáis había sido concedido previamente a autores tan reconocidos hoy como José Hierro (1947), José García Nieto (1950), Claudio Rodríguez (1953) y José Ángel Valente (1954).

Veamos cómo Elvira Lacaci enfoca en sus poemas A la poesía y La palabra, de su libro en Al este de la ciudad de (1963), tanto el contenido como la estética de la poesía social que ha expuesto Gabriel Celaya:

A LA POESÍA

Me siento vagabunda de las Letras.

Quiero comer mi pan con el mendigo.

Beber vino de todos.

[…Tener una guitarra con cuerdas de latidos.

Tocarla por los pueblos.

Que los hombres —de colores distintos—

Bailen al son de ella

Con sus modales

toscos

y su verdad sencilla

a flor de labio. 

LA PALABRA

Yo te quiero sencilla. Acaso pobre.

A veces, vas a brotarme de organdí vestida

(sin querer

me florece el lenguaje de otros seres).

Con amor te desnudo.

Quedas como mi carne.

Como mi corazón y sus latidos. 

Elvira Lacaci nació en 1916 en Ferrol, La Coruña. Perteneció a una familia de militares y ella misma trabajó en el Ministerio de Marina. Fue en 1953 con el traslado de su familia a Madrid, cuando eclosionan en ella las inquietudes literarias que la enseñoreaban desde la infancia. Entra en el círculo literario de Vicente Aleixandre, al que dedicará su primer libro de 1957 Humana voz y comienza a publicar en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, la Estafeta Literaria y Revista de Occidente.

En 1962 publica su libro más intimista Sonido de Dios y contrae matrimonio con el actor, escritor y asesor literario de la editorial El Doncel, en la que será una relación pasional y tormentosa, que finalizará con la nulidad del matrimonio. En 1963 con su libro Al Este de la ciudad, gana el Premio de la Crítica. A partir de esta fecha, Elvira Lacaci se introduce en la narrativa con su libro de cuentos Tom y Jim de 1966 y en la literatura infantil, quizá bajo la influencia de su marido quien en 1959 había inaugurado una colección infantil “La Ballena Alegre” en la editorial en la que trabajaba, con uno de sus cuentos más logrados: “El niño, la golondrina y el gato”. En este género Elvira publicará Molinillo de papel en 1968. En los años 70 Elvira Lacaci abandona la actividad literaria, dejándonos el legado de una poesía comprometida con los desfavorecidos, intimista, existencial y, en ocasiones, mística con influencias de San Juan de la Cruz. También, un último poema publicado en 1996, cercana ya a su muerte, del que reproducimos los primeros versos:

Y el cuerpo se desgaja como árbol herido por el viento,

por los inviernos largos de la vida,

pero el alma —mía— es un latido niño sobre el tiempo,

es un amanecer que irradia luces. 

Su obra se encuentra recogida en varias Antologías nacionales como la de Carmen Conde (1954), Ernestina de Champourcín (1972), José Luis Cano (1974), Leopoldo de Luis (2000) y José María Balcells (2003).

MARÍA LUISA MAILLARD






PRESENTACIÓN DEL LIBRO FEMINISMOS 

EL PASADO 19 DE ENERO DE 2026, EN LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA (ILE, MADRID), TUVO LUGAR LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO FEMINISMO, DE ADOLFO GONZÁLEZ-POSADA Y BIESCA, EDITADO POR OLIVA BLANCO, EDITORIAL ALMUD.

José García de Velasco, Rafael Asin, Inés Alberdi y Oliva Blanco

EN EL ACTO INTERVINO NUESTRA COLABORADORA INÉS ALBERDI. LES DEJAMOS SU APORTACIÓN QUE NOS AYUDA A CONOCER AL PERSONAJE Y SU OBRA. 

Buenas Tardes,

Muchas gracias a la Institución Libre de Enseñanza y a José García de Velasco por permitirme estar hoy aquí, presentando este libro de Posada que tanto me interesa.

Me unen con Posada dos aspectos que fueron fundamentales en su trayectoria, el Feminismo y la Sociología. Por eso me gusta tanto recordarle y valoro especialmente que hoy se reedite una de sus obras más significativas, Feminismo.

Aunque su interés profesional fundamental fue el Derecho Político, ha pasado a la historia mucho más por su Feminismo y su Sociología. Posada es considerado uno de los pioneros en introducir la Sociología como disciplina científica en España a finales del XIX y principios del XX, destacando por su enfoque innovador del estudio de las condiciones sociales, de la legislación laboral y de la igualdad de trato a los hombres y a las mujeres. Se distinguió por introducir el enfoque sociológico para analizar la vida de los trabajadores, preocupándose de las condiciones de vida de los obreros y especialmente de los niños y de las mujeres en el trabajo.

Su trabajo sociológico se entrelaza con la ciencia política y con el derecho administrativo. Fue miembro del Instituto de Reformas Sociales por veinte años, de 1904 a 1924, y allí desarrolló sus planteamientos novedosos y progresistas.

Este libro que presentamos ahora es la tercera vez que se edita. Primero lo editó Posada en 1899; luego se recuperó en 1984 de la mano del Feminismo de la tercera ola en Asturias, y ahora vuelve a la luz, gracias a Oliva Blanco y a Almund Ediciones, sin haber perdido nada de su interés, pues es un documento importante de la historia del feminismo en nuestro país.

Adolfo González-Posada y Biesca
(1880-1944)

Posada es actual, fue moderno y es optimista. Es actual porque muchas de las cosas que dijo o escribió se pueden repetir actualmente. Este libro dice que “el feminismo es la mayor revolución que se ha producido en nuestra sociedad”. Y eso lo podemos decir hoy. El feminismo ha transformado la sociedad española. Por ejemplo, si recibiéramos a un extranjero que hubiese estado en España en los años 70, ¿Qué es lo que más le sorprendería además del desarrollo económico? Pues seguramente la presencia de mujeres por todas partes. La cosa que más ha cambiado es la participación de las mujeres en la vida pública, a todos los niveles, también a las más elevada en la política, en el trabajo y en la vida cultural. Y a nivel cotidiano también; por ejemplo, hace 50 años los bares y restaurantes estaban llenos de hombres, apenas se veían en ellos mujeres, y ahora, ustedes se habrán fijado, hay muyeres en todas partes, muchas veces incluso en grupos de solo mujeres. Contaba Cecile Thibaud, la corresponsal francesa de Le Fígaro que pasó unos años en Madrid y escribió Une vie de pintade a Madrid (en 2011), que se asombraba de la participación masiva de las mujeres en la vida pública: “Las mujeres españolas se han echado a la calle”, decía, como haciendo realidad, en cien años, lo que pronosticó Posada.

Posada fue moderno en su época y defendió los mismo que defendieron Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, la educación de las mujeres en igualdad con la de los hombres. En un tiempo que esto no existía. La posibilidad de que las mujeres se prepararan para ganarse la vida, para tener un trabajo que les permitiera sobrevivir. Posada no negó, como Arenal y Pardo Bazán, que muchas mujeres se dedicaran al matrimonio, a ser madres y cuidar de los hijos, pero ¿y las que no se casan? ¿Y las que quedan viudas? En esto fue moderno y adelantado a su época. Posada se mueve detrás de estas dos grandes mujeres, y como es más joven, no solo pide educación para las mujeres, pide también el voto. Y alcanzó a verlo.

Posada fue también un optimista, pues puso una confianza enorme en que las mujeres, con una educación adecuada, llegaran a lo mismo que los hombres, como así ha sido. En esto fue un miembro auténtico de la Institución Libre de Enseñanza que dibujó el camino de las mujeres del porvenir. Y como dijo Carmen de Burgos, “las mujeres españolas se han ganado el porvenir”.

Posada fue clave en la introducción de la Sociología en España. Toda su filosofía se basa en el estudio de la sociedad. Cuando pide reformas legales lo hace siguiendo la evolución y los cambios que se han producido en la sociedad española. De formación fue jurista, catedrático de Derecho, pero en sus análisis late una sociología pionera que difunde a través de varias de sus obras.

De la misma forma que Azcárate dijo de Concepción Arenal que era una socióloga, porque se dedicó a entender las razones sociales que estaban en la base del comportamiento de su época, también se dice de Posada que fue un pionero de la Sociología española.

Posada está considerado uno de los primeros sociólogos españoles y un escritor clave dentro del reformismo, que se llamó regeneracionismo, de la sociedad española al cambio de siglo. Se discute a veces si hubo hombres feministas en España, y este es uno de ellos. En mi opinión hubo muchos, más de los que habitualmente creemos. Hay que tener en cuenta cómo se llega al sufragio femenino y hay que valorar a todos los hombres que lo apoyaron y que lo hicieron posible. Las leyes que permitieron el sufragio femenino en todos los países democráticos se votaron en Parlamentos en los que no había mujeres. En el caso español, hubo dos, porque el legislador de 1931 se olvidó de señalar que las mujeres, que no podían votar, tampoco podían presentarse. Y varias se presentaron y dos fueron diputadas, Clara Campoamor y Victoria Kent, en un país y una fecha en la que las mujeres no podían votar.

Pero a lo que voy es a otra cosa. Los diputados de 1932 votaron mayoritariamente a favor del sufragio femenino. Como en Nueva Zelanda en 1993, en Estados Unidos en 1920, en Inglaterra en 1928 y en Francia en 1945. Es decir, que siempre han sido numerosos los hombres que han apoyado los derechos de las mujeres. En todos los países. Si no fuera así no estaríamos donde estamos.

Pues ya había hombres feministas entre los hombres del XIX. En Madrid, unos cuantos de ellos se reunían en el Bilis Club. En este club estuvo Galdós y de él formó parte Posada que, además de defender los derechos de las mujeres, popularizó el término de feminismo. Término que se hizo popular en el Congreso Pedagógico de 1892, donde la posición más llamativa y destacada en la defensa de una educación igual para las mujeres y los hombres, la hizo Emilia Pardo Bazán.

Entró en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1915 con un discurso sobre “La ciudad moderna” en el que defiende lo que él denomina derivaciones sociológicas, porque apunta: “fuera del derecho queda un campo muy grande para el reformador de las costumbres, el pedagogo y el economista”.

Según Posada, la ciudad moderna es la síntesis sociológica más representativa de los beneficios de la paz; en ella se permite el nivel más alto de un expansivo bienestar. Y por eso crecen tanto las ciudades, “este nuevo producto de la civilización en el mundo”.

La ciudad es de todos y para todos. Posada identifica ciudad con civilización y dice como cada vez más “la vida, la industria y la cultura del porvenir serán urbanizadas”.

Fue un discurso totalmente sociológico. Señala Posada cómo la ciudad es centro de vida cultural intensa, de avances técnicos constantes. Y se hace eco del movimiento en pro del aire libre que ha sido tan importante y que ha llevado a la creación de grandes parques públicos en Inglaterra y en Nueva York.

Un fenómeno, este del crecimiento, del aumento de la población, de la aglomeración que tiene importantes consecuencias sociales y políticas. La esperanza con las que se llega, las dificultades para instalarse, los problemas para conseguir vivienda, y las diferencias de clase y los grandes contrastes sociales entre unos y otros vecinos cercanos. Habla de la política municipal y los esfuerzos de los responsables políticos para encaminar una ciudad, habla de la voluntad de profesar la democracia y de la eficacia de los servicios públicos. Todo lo acredita con datos e informaciones de las grandes urbes del mundo en aquellas fechas, fundamentalmente en Europa y en los Estados unidos, de donde va señalando los avances que se consiguen. Es un análisis totalmente original y me gusta haberlo encontrado porque es un ejemplo interesante de su mirada innovadora y sociológica.

Algo que no se sabe mucho es que Posada no aspiraba a una vida pública. En los años de la Segunda República Española, en 1933, el presidente Alcalá Zamora le ofreció presidir el Consejo de ministros, pero el declinó. Lo cuenta Martínez Barrio en sus memorias.

Concluyendo, han pasado muchos años desde que Posada ejerció su magisterio, pero lo que escribió sigue teniendo vigor, por lo que me congratulo de que vuelva a editarse este libro, que les recomiendo que compren y que lean.

INÉS ALBERDI


ISABEL BANDRÉS

Se abre la narración con una asilvestrada Agnes, la esposa de Shakespeare y conocida por biógrafos e historiadores como Anne Hathawa, deambulando por los bosques mientras conecta de manera un tanto mágica con la naturaleza que le rodea. Es descrita en esta película como un espíritu libre en constante agitación, igual entra en contacto con la tierra madre que con un halcón al que entrena.  Así es la esposa de Shakespeare que se ha inventado la escritora norirlandesa O’FarrelMaggie en su novela Hamnet que fue publicada en 2020 y se convirtió rápidamente en un fenómeno literario. Fue reconocida con algunos de los galardones más prestigiosos de la narrativa contemporánea. Entre ellos destaca el “Women’s Prize for Fiction”. En realidad, de la esposa de Shakespeare se sabe poco, casi nada. La rumorología nos la describe fea e interesada, pero no hay fuentes fiables. Lo real de la narración es que su hijo, Hamnet, murió a los 11 años a causa de la peste. Es posible que el fallecimiento del hijo inspirase a Shakespeare en algunos versos de la obra de “Hamlet” que se escribió por esa misma época. Los nombres Hamlet y Hamlet se usaban en la época isabelina indistintamente. En realidad, no se sabe.

La directora Chloé Zhao se inspira en la novela de Maggie O’Farrel y las dos son coguionistas del film. La obra tiene una fotografía magnífica. Los eventos familiares podían ser cuadros de la época. La descripción del ambiente familiar de los personajes es perfecta. Pero tiene un defecto, es una narración sobre el dolor mayor que existe en el mundo, la pérdida de un hijo, que está diseñada ganar un Oscar. La apariencia se apodera del fondo.

Yo diría que es una película preciosista que a mí me dejó absolutamente fría. Tiene muchas cosas buenas, pero no toca la realidad del dolor. Es como si la insipidez corriese por debajo de sus hermosas imágenes y de la buena interpretación de Jessie Buckley en su papel de Agnes.  Todo me suena a vacío. Yo no logré emocionarme hasta el final. La película se cierra con una escena tramposa que juega con las emociones del público y en la que la protagonista entra en una especie de catarsis en la que se une con el hijo, con el marido y con el universo entero. Pero la emoción no me vino de la espectacular escena que se desarrolla en el teatro Globe durante una representación de la obra Hamlet si no de los versos que el príncipe de Dinamarca dice al final de la obra: “¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna, tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ellas, encontrar el fin? Morir, dormir, nada más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne… [La muerte]. Es un final piadosamente deseable. El temor a algo después de la muerte. El país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve… Aturde la voluntad y nos hace soportar los males que sentimos en vez de volar a otros que desconocemos, pues la conciencia nos hace cobardes a todos… ¡Ah, Horacio! ¡Me muero! ¡Vive para contar mi historia! El resto es silencio”.  Palabras, estas sí, que conectan con lo más profundo del ser humano y en las que todos nos reconocemos.

En fin, una película con un envoltorio excelente, una buena interpretación por parte de Jessie Buckleyen y una interpretación anodina de Paul Mescal como Shakespeare. Parodiando el título de una obra del gran dramaturgo, Mucho ruido y pocas nueces.

ISABEL BANDRÉS




Flora es una enfermera en un hospital suizo. En su trabajo, se implica de manera total y todos los enfermos a los que atiende son tratados con la máxima humanidad y comprensión. Vemos a Flora en una actividad constante para llegar a cada paciente de la manera más profesional y empatía posibles; Igual distribuye medicamentos y manipula catéteres e inyecciones que canta una nana a una anciana asustada. Su presencia tiene la cualidad de consolar y acompañar. Pero un día, la tensión a la que se ve sometida explota cuando un enfermo de la sección de privados le recrimina por no haber atendido una de sus peticiones a tiempo. Flora explota.

La obra nos habla de las dificultades con las que tienen que lidiar los sanitarios públicos en su trabajo. En Suiza, que es donde transcurre la narración, un 36% de las enfermeras renuncian a los cuatro años de ejercer. Los horarios, la sobrecarga de trabajo, hacen que muchas no puedan aguantar la presión. En muchos países sucede lo mismo, el personal sanitario es maltratado por las administraciones con horarios terribles y salarios irrisorios. Los presupuestos para sanidad siempre se quedan cortos. Es una película reivindicativa que pone sobre la pantalla la necesidad de cambiar un sistema profundamente injusto y desigual.

La narración se sostiene por la magnífica interpretación de Leonie Benesch en el papel de Flora. Benesch es una actriz estupenda y eficiente como lo ha demostrado durante toda su carrera. Es ella la que consigue elevar la narración sobre tantas series de médicos que vemos en las plataformas. Ante nuestros ojos, pasa la vida de un hospital: la enfermedad, la juventud, el pobre, el rico, la vejez, la familia, el miedo, la soledad… El ambiente es cerrado y un tanto angustioso. Pero la película está bien contada y nos mantiene atados en la butaca admirando a Flora en toda su generosa humanidad. Un enfermo le dice, “Estoy solo”. Y Flora contesta, “No. Me tiene a mí”.

ISABEL BANDRÉS