sábado, 28 de febrero de 2026

 

LA FELICIDAD
MARÍA LUISA MAILLARD

¿Qué ha sucedido con la felicidad en el pensamiento occidental? Me hago esta pregunta a raíz de la lectura del prólogo de Fernando Savater a la reedición en el año 2003 del libro de Bertrand Rusell La conquista de la felicidad, publicado en 1930. Destaca Savater la anomalía del libro en el clima intelectual del siglo XX, señalando la causa. El concepto de “felicidad” fue considerado por los grandes pensadores del siglo —cita a Heidegger, Sartre y Nietzsche—, como “una horterada”: “La noción de felicidad les parecía, como a tantos otros, un término trivial y tramposo, una horterada”. Sin duda, como toda corriente de pensamiento prestigiosa, esta devaluación nihilista llovía de forma mansa sobre los claustros universitarios y los jóvenes aspirantes a “intelectuales”. Conforme más desengañado de la felicidad se encontrase un filósofo contemporáneo, más podría presumir de perspicacia, afirma Savater, reflejando un clima intelectual en el que, sin duda, se inició y desarrolló su labor, como la de tantos jóvenes en los años 70 y 80 del siglo pasado.

Pero, ¿qué pensaba mientras tanto de la felicidad el hombre común que caminaba por la calle hacia su trabajo? Dudo de que, si alguien le preguntase, contestase que quería ser infeliz. Más bien pienso que, sin haber leído a los grandes pensadores griegos, coincidiría con Aristóteles en que la felicidad era el principal objetivo de la vida, pero ¿era feliz el hombre de los años 70? ¿Lo era el de los años 30? Russell detecta la infelicidad de sus contemporáneos, centrados en una lucha cruda por el éxito, que olvidaba los placeres sencillos de la vida y se instalaba en un narcisismo victimista que dificultaba el desarrollo de ese movimiento íntimo que es el amor. El filósofo y matemático inglés, pone el dedo en la llaga, al señalar de forma prematura la causa última de esa situación de infelicidad: la decadencia general de los valores civilizados, semejante a lo que sucedió en la época de la decadencia del Imperio romano después de la muerte de Augusto. Una decadencia resultante, según el autor, de la primacía de la voluntad sobre el sentimiento y el intelecto, que arrojaba al hombre a una vida alocada en la consecución del éxito.

Ha transcurrido casi un siglo desde el libro de Russell y pasaron muchas cosas en este largo período, pero como ya señaló Savater, la actitud del mundo filosófico se mantuvo incólume en la ausencia de reflexión sobre la felicidad, es decir, sobre el hombre. Conforme avanzaba el siglo XX y quedaba atrás el horror del genocidio nazi, la instalación hedonista en el estado del bienestar, el entretenimiento y su ruido asociado a la diversión; el dinero, el consumo, el éxito y el poder se fueron consolidando como el norte para lograr la felicidad en las sociedades occidentales. El nihilismo de Occidente quedó soterrado durante esta etapa de relativa prosperidad; pero ya a finales del siglo XX el suelo empezó a moverse con más fuerza bajo los pies del hombre occidental y surge el miedo al futuro: guerras, crisis de las democracias, corrupción, retroceso del estado del bienestar, desastres climáticos, predominio en nuestras vidas del mundo tecnológico frente al humanismo… Los hombres reclaman soluciones para su miedo y frustración; pero la filosofía —que ya desde sus orígenes se ha ocupado de la reflexión sobre “la vida buena”—, sigue tirando la toalla. Para ese asunto incierto de la felicidad ya existe la ciencia psicológica.

No fue así en la Antigüedad, cuando la sociedad griega sufrió una crisis de valores semejante a la nuestra. La felicidad que propugnaba Aristóteles, —eudaimonía—, siguiendo a Sócrates y Platón como el fin último y el bien de la vida, establecía el camino hacia esa ansiada meta en el ejercicio de la filosofía, a través del cultivo del intelecto agente que era lo único inmortal en el hombre. La vida contemplativa que requería esta propuesta necesitaba, sin embargo, unas condiciones sociales —al menos para una minoría aristocrática—, que empezaron a tambalearse tras la muerte de Aristóteles. Después de la época de Alejandro Magno, las guerras y la paulatina decadencia de las polis, volvieron la vida insegura, proceso que culmina en el año 146 a. c. con la conquista de Grecia por Roma. Ya no era una opción la vida contemplativa.

Es en esa época —del siglo III a. c. al siglo II después de Cristo—, cuando surgen las doctrinas filosóficas que ponen al servicio del hombre desamparado el uso de la razón con el fin, no de lograr la inmortalidad, sino la tranquilidad y la paz espiritual: el Epicureísmo y el Estoicismo. Este último, que se consolida con Séneca, sería el de más largo recorrido y llegaría de forma atenuada hasta nuestros días, especialmente en España, como muestra este dicho del acervo popular: “Gánalo como propio y piérdelo como ajeno”. El estoicismo, amén de postular el desapego a los bienes de fortuna, que había que considerar simplemente prestados, incitaba a actuar con virtud, justicia y dignidad en todo aquello que podemos controlar, y soportar con resignación y dignidad los sucesos externos que no podemos controlar, incluida la muerte. ¿Qué semejanzas y diferencias existen entre estas propuestas y las ofrecidas al hombre actual? ¿Y cuáles son estas?

Para paliar el desamparo del hombre occidental surgen desde finales del siglo XX una avalancha de libros de autoayuda, recetas que habían tenido el precedente en el libro de Samuel Smiles Self help en 1859, curiosamente el mismo año de la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin, que asestaba un duro golpe a la trascendencia humana. El libro de Smiles desgranaba una serie consejos para obtener éxito en la vida, a partir de la autodisciplina y el esfuerzo personal centrándose en el más acá y dejando de lado la superstición del más allá. 


A principios del siglo XXI, de los libros de autoayuda, que siguen en su mayoría la línea establecida por Smiles: lograr el éxito en cualquier actividad que queramos emprender, pasamos directamente a las recetas rápidas para lograr ser felices, que aparecen diariamente en esa prolongación de nuestra vida que son los teléfonos móviles que, sin olvidar el objetivo último del éxito, lo enriquecen, en la mayoría de los casos, con las siete recetas del libro de Daniel Goleman Inteligencia emocional publicado en 1995.

Los ciudadanos, especialmente los jóvenes, siguen demandando directrices que den sentido a su vida, quieren ser felices, y esa demanda da lugar a la introducción de las disciplinas de la felicidad en las aulas universitarias, de forma especial en las dedicadas a los negocios y el liderazgo. En el año 2007 la escuela de posgrado de la Universidad de Harvard constituye su primera cátedra de Experto en felicidad con el curso de Arthur Brooks “Liderazgo y felicidad”. Le seguirán la Escuela Europea, el Instituto Europeo y, en nuestros pagos, la Universidad de Barcelona y la UNED.

Comenzamos a dar el salto de los libros de autoayuda a las ciencias de la felicidad, basadas en la neurociencia, la psicología positiva, unas gotas del Epicureísmo y otras de la última deriva de la filosofía postestructuralista. ¿Tienen en cuenta ese elemento último de la infelicidad señalado por Russell, la decadencia de los valores civilizados y la primacía de la voluntad sobre el intelecto y el sentir? Una de sus variantes, por ejemplo, el coaching ontológico, se basa en que la comprensión de la realidad es una construcción individual. Y no sólo eso: el lenguaje no sólo construye la realidad, sino que la crea: se abre el camino hacia el predominio del “relato” sobre la realidad, tan profusamente utilizado por los gobernantes populistas de nuestros días que manipulan la realidad presente en aras de la realidad futura. 

Es esta una derivación extrema y muy conocida, debida a la profusa utilización que de ella realizan —adaptando ideologías añejas—, los políticos que gobiernan en Occidente; pero no es ajena a la orientación general de las “técnicas” de la felicidad. Eliminan el componente del azar y del misterio en nuestras vidas, amén de la imaginación y la propia experiencia, llegando a alterar nuestra relación con la realidad que podemos cambiar si nos disgusta, con solo cambiar las palabras con las que la nombramos.

¿Y qué ha pasado con el hombre? ¿Qué diferencias existen en su tratamiento respecto al epicureísmo de nuestros antepasados? Hay una realidad muy presente en la filosofía del epicureísmo que se elimina de un plumazo: nuestra condición mortal y las cualidades espirituales de las que el hombre debe hacer gala ante la adversidad: la dignidad, la entereza, el valor y la templanza. La diferencia es que los epicúreos creían aún en el alma inmortal —racional— de Aristóteles, creían en una interioridad humana a la que el cristianismo posterior potenció y que merecía la pena mantener por encima de todas las adversidades. Interioridad que hacía posible los valores personales de la virtud, la justicia, la templanza y la dignidad.

MARÍA LUISA MAILLARD


¿QUIÉN DICE QUÉ A QUIÉN Y POR QUÉ?
ISABEL BANDRÉS

Ruido. Hay un ruido ensordecedor en nuestra sociedad que lo producen los políticos. Desde los medios de comunicación de masas nos llega un carajal de ideas, palabras, propuestas, insultos… que invaden nuestro espacio privado para vendernos su mercancía disfrazada de ideología o sencillamente sus ocurrencias o su utopía o lo que quiera que en ese momento ocupe la actualidad y se imponga como transcendental. Las cajas de resonancias que son las radios, las televisiones, los periódicos, las redes sociales… amplifican la noticia y machacan al ciudadano sin piedad hasta hacerle aborrecible por hartazgo todo lo que suene a política.

¿Quién nos habla? El poder y aquellos que aspiran al poder. ¿A quiénes hablan? A nosotros, a los ciudadanos que quieren conquistar para obtener votos. ¿Y qué nos dicen? Lo que todos querremos escuchar desde que el mundo es mundo, que nuestras vidas son o serán mejores con ellos. ¿Por qué? Para obtener el poder y llevar a cabo su proyecto, el que dicen y, sobre todo, el que ocultan o sobreviene durante el camino. Quienes hablan ponen a la venta en el mercado del poder una joya sin par: la utopía de una vida perfecta. ¿Original? ¡Qué va! Muchos creen que la utopía es un invento del marxismo: un mundo justo en el que todos fuesen iguales. Y, sin embargo, la utopía viene de Aristóteles, de Platón, de Tomás Moro con su obra que titula Utopía. Todos ellos nos aconsejan que hay que hacer para conseguir una sociedad perfecta. Ellos ofrecían consejos, pero otros se empeñaron en hacerlas realidad y nos llevaron al desastre.

La utopía comunista consistía en hacernos a todos iguales. Y la utopía del nazismo en la búsqueda de la pureza racial. Las dos condujeron a la muerte a miles de personas y al totalitarismo más extremo. Las dos, tenían en común: la supremacía de las palabras sobre la realidad. Los nazis eligieron a los judíos como los enemigos a batir cuando en la Alemania de 1930 solo el 0,75% de la población eran judíos. Lenin asentó su revolución sobre la lucha de clases y la necesidad de derribar a los burgueses y encumbrar al proletariado, dos clases sociales casi inexistentes en la época zarista. El nazismo y comunismo tenían como denominador común: el sometimiento del pueblo a un poder superior. Los dos regímenes surgieron de los deseos de unos visionarios que retorcieron la realidad para mantener su ideal. Las consecuencias todos las conocemos: falta de libertades y asesinato de todos aquellos que no seguían dicho ideal.

Hoy estamos en otra cosa, pero “la cosa” no termina de cuajar, no terminamos de ver a dónde nos llevan la revolución tecnológica, el cambio climático y las guerras culturales. Hay un cambio de época, de valores, de formas de vida que se van asentando ante nuestra perplejidad. Izquierda y derecha son conceptos que empiezan a quedarse cortos para redefinir el mundo. Pero hay algo que permanece: el ser humano y su complejidad.

Freud, el padre el psicoanálisis nos habló del inconsciente, eso que nos domina y nos empuja a una determinada actuación y no a otra. Leonard Mlodinow, físico teórico y matemático estadounidense asegura que el 99% de nuestras decisiones están dirigidas por nuestro inconsciente y no por la racionalidad o por el consciente. A los políticos les sucede lo mismo. Sería bueno que cuando nos hable un político nos preguntásemos ¿Qué es lo que de verdad nos dice? Y de paso ¿Qué quiero escuchar? Porque normalmente no nos dicen lo que nos dicen y nosotros escuchamos lo que más nos conviene para creernos mejores y más justos. Su vanidad y la nuestra es inmensa. Su avidez y la nuestra, también. ¿Qué creyeron oír los inmigrantes nacionalizados en Estados Unidos cuando escucharon el discurso de Trump? ¿Qué esperaban? ¿Qué ellos estaban a salvo? ¿Qué él solo iría por los nuevos inmigrantes? Seguramente, sí.

Las utopías nos gustan porque nos dibujan un mundo idealizado y nos presentan como seres ennoblecidos, pero terminan en desastre porque lo primero que hacen es limitar las libertades con la excusa de que es por nuestro bien y terminan con un montón de muertos y represaliados. Y, como somos seres complejos, los políticos también, cargados de sentimientos de amor y odio, de generosidad y ambición, de altruismo y rencor, de admiración y envidia… debemos escuchar no lo que nos dicen si no lo que hay detrás de lo que nos dicen. Toda utopía tiene como condición basarse en deseos y no en la realidad por lo que termina fracasando y causando enormes sufrimientos.

Sería bueno preguntarnos ante el discurso político si se basa en la realidad, si perderemos libertades conquistadas duramente. Y ante las acciones políticas si parten de la legalidad y si respeta las piedras angulares en las que se asienta la democracia. La polarización en el mundo actual es muy preocupante lo que debería ser motivo de una seria reflexión a derecha e izquierda.

ISABEL BANDRÉS

 


IMÁGENES SOBRE LAS MUJERES Y LOS LIBROS
57. LEYENDO EN AMBIENTES ARTÍSTICOS II
EL JAPONISMO
INÉS ALBERDI

Tras casi 200 años de aislamiento, Japón abrió sus fronteras en 1854 y sus productos empezaron a inundar Europa. El japonismo entró a través del embalaje. Los grabados japoneses Ukiyo-e se utilizaban a menudo como papel de envolver para proteger la cerámica o el té. Una serie de artistas franceses se quedaron impresionados por la calidad visual de estos papeles de desecho y empezaron a valorarlos.

La fascinación europea por el arte y la cultura de Japón arrastró a los artistas europeos en una historia apasionante de descubrimientos e intercambios. El japonismo fue el descubrimiento de un arte, de una estética, de una cultura y de una visión del mundo aparentemente distantes pero que cautivaron a los artistas de 1900, que entraron en un rico diálogo con la sociedad de toda una época.

El japonismo es uno de los ingredientes más importantes y de la modernidad artística de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. El arte japonés aportó temas, motivos, técnicas y formatos, además de una imaginación poética, que hicieron cambiar los gustos y revelaron todo un mundo de nuevas ideas, formas y colores, de donde bebió el arte occidental de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.

Uno de los más entusiastas de todo lo japonés fue el pintor Claude Monet que en Normandía diseñó el jardín de Giverny al estilo japonés y se hizo traer desde allí una serie de flores desconocidas en Europa, como por ejemplo los agapantos. Muy tempranamente retrató a su primera mujer vestida de japonesa y rodeada de abanicos.

Claude Monet, Francia (1840-1926)
La japonaise o Madame Monet en traje japonés, 1876
Museo de Bellas Artes de Boston, EE.UU.

Los artistas plásticos fueron los primeros en la difusión de lo que llamamos japonismo. Empezaron a decorar sus estudios de láminas japonesas, de biombos, jarrones y flores pintadas como se veían en los catálogos que venían de oriente. También vistieron a sus modelos con los vistosos quimonos de colores brillantes que hacían traer de Japón.

Herman Jean Joseph Richir, Bélgica (1866-1942)
La novela, c.1920
Colección privada

La moda del japonismo fue más allá de su influencia en los impresionistas. Se multiplicaron las importaciones de objetos domésticos japoneses que se usaron para decorar las viviendas de las clases elevadas y de los ambientes artísticos. Estos productos se traían directamente sin adaptar y encontramos en las pinturas de la época biombos de luchas japonesas y decoraciones con escrituras indescifrables.

Gustave Leonard de Jonghe, Bélgica (1829-1893)
El abanico japonés, c.1865
Museo de Arte y Jardines Cummer, Jachsonville, Florida, EE.UU.

Alfred Stevens, Bélgica (1823-1906)
La coleccionista de porcelana, 1868
Colección privada

La fascinación con todo lo japonés convirtió a los europeos elegantes y sus amigos en expertos en un arte nuevo que iba a influir en sus obras y en su vida cotidiana. Cuenta Marcel Proust en “A la recherche du temps perdu” como Odette, la amante de Swan, tiene su casa decorada con jarrones y flores colocados al estilo japonés y recibe en una bata de seda inspirada en los kimonos femeninos. Del mismo modo, las gentes cultivadas y a la moda se especializaban en descifrar los scroll, las historias pintadas en pliegos enrollados que llegaron por vez primera a Europa.

James Tissot, Francia (1836-1902)
El pergamino japonés, 1873
Galería Nacional de Canadá, Ottawa

La moda del japonismo se extiende de forma rápida y parece que no hay hogar elegante en el que no se vean toques de ello.

James Tissot, Francia (1876-1902)
Mirando objetos japoneses, 1869-1870
Colección privada

Las láminas de los Ukiyo-e se difunden enormemente en la época, e influyen en los impresionistas y su forma de enfocar los objetos en la pintura. Incluso, según el crítico de arte Roger Fry,  es sobre todo en los postimpresionistas Cezanne, Van Gogh y Gauguin en los que más influyó. 

Fernand Toussant, Bélgica (1873-1955)
La estampa japonesa, 1913-1914
Colección privada

También los artistas norteamericanos se contagian de esta admiración por los bellos objetos que llegan de Japón y retratan a sus amigas y modelos vestidas de kimono y delante de biombos de colores, mientras leen revistas o láminas japonesas.

Edmund Charles Tarbell, Estados Unidos (1832-1938)
Cortando Origami, 1908
Colección privada

Es el caso de Merritt Chase, tan aficionado a retratar su propio estudio, que repitió en varias ocasiones este tipo de obras.

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
El kimono, c.1895
Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid, España

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
El libro japonés, c.1900
Colección privada

William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916)
La estampa japonesa, 1898
Nueva Pinacoteca, Múnich, Alemania

También James Whistler, americano radicado en Europa a lo largo de toda su carrera, se deja tentar por esta moda. En The golden Screen presenta todo un despliegue de japonismo que nos hace pensar que se trata del retrato de una mujer de Oxaca o de Tokio.

James MacNeill Whistler, Estados Unidos (1834-1903)
La pantalla dorada, 1864
Museo Nacional de Arte Japonés Smithsonian, Washington D.C. EE.UU.

En España también cundió el japonismo, especialmente en Barcelona y Madrid, ciudades más conectadas, a través de sus artistas, con las modas de Paris. Hemos encontrado este retrato que hace Palmaroli de una modelo que contempla, en el estudio, una serie de láminas que parecen Ukiyos, a la vez que tiene sobre los hombros un echarpe de seda con brillantes dibujos al estilo japonés.

Vicente Palmaroli y González, España (1834-1896)
En el estudio, c.1880
Museo Nacional del Prado, Madrid, España

INÉS ALBERDI

GRACIAS, CARMEN
NATALIA VELASCO

Un día de febrero de 2026 fuimos Luisa, Susi y yo al Ateneo escurialense de San Lorenzo de El Escorial. Luisa habló en aquel encuentro de la generación de los 50 y yo tuve la oportunidad de recrearme una vez más con los principios que movieron la escritura de Carmen Martín Gaite. Reconocí lo que me unía a esta escritora y lo que me sigue uniendo a ella y comprobé, una vez más, cómo mi vida se tejió con la suya al son de las puntadas que mi madre clavaba en el bastidor y yo en la tela de cañamazo de lino o tela de trama, mientras bordaba un mantel en punto segoviano. Texto, textura, textil, son palabras que comparten el mismo origen: bordamos un discurso, hilvanamos ideas, tejemos un texto con palabras, desovillamos enredos, nuestros relatos tienen trama, nudo y desenlace. Ponerse a contar es como ponerse a coser. La madre de Carmen decía que para las labores hay que tener paciencia. Si te sudan las manos, te las lavas, si se te arruga el paño, lo estiras. Coser es ir una puntada tras otra, sean vainicas o recuerdos. Para coser y para escribir se necesita una postura alerta y diligente. CMG habla de encontrar el cabo de la madeja para tirar del hilo y bucear en las aguas de la memoria. O habla del tiempo y dice que vivir es usarlo, bordando en él. O habla de un relato y dice que hila para tejer lo de antes con lo de ahora. O habla de los cuentos y dice que no hay que perder el hilo.

Y en esas tardes, mientras yo bordaba escuchando seriales en la radio donde se intercalaban coplas y canciones de Mocedades, lejos de sentir ataduras empecé a forjar mi instinto de libertad como mujer y aprendí a reivindicar esa libertad en soledad. Para Martín Gaite, la mujer que no sabe encontrarse en soledad, ni aguantarse a sí misma a palo seco, está abocada al fracaso, como bien lo explica en el artículo “De Madame Bovary a Marylin Monroe” y que aparece en su libro La búsqueda de interlocutor. En él habla de dos destinos separados por ciento seis años de diferencia, pero cuyas vidas desembocan en el suicidio: Madame Bovary compra telas para hacerse vestidos y proyectar una imagen soñada para los hombres; a Marylin Monroe le sobran los vestidos y las lentejuelas, hasta tal punto que cuando le preguntan ”¿qué se pone usted para dormir? es capaz de contestar “una gota de Chanel nº 5”. Sin embargo, ninguna de esas dos mujeres se hizo con las riendas de su destino: Bovary fue víctima del romanticismo pasional del siglo XIX y, Marilyn, víctima de la imagen que proyectaban las divas del cine americano. Para CMG ambas sufren la misma enfermedad, la impotencia de aguantare a sí mismas, de aceptarse en soledad. Carmen consideraba que la valía de la mujer era la de mirar lo de fuera desde dentro y cuenta que, mientras terminaba sus deberes, su madre leía o hacía sus labores, siempre con la mesa cerca de la ventana. Al caer la tarde, dejaba en su regazo la lectura o la labor para asomarse a la ventana y comenzaba a fugarse. Cito: “Y en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí a fugarme yo también”. La mujer que mira desde la ventana, entre visillos, mira el mundo de fuera y solo puede acceder plenamente a él si cambia su mundo interno. Por eso alerta a la mujer de que no imite al hombre, sino de que fomente su autonomía desde dentro. Para ella, mirar desde el interior para fugarse será el enfoque de la literatura escrita por mujeres.

Han pasado veintiséis años desde su muerte y la sociedad ha cambiado sobremanera: móviles, mensajes, whatsap, instagram tick-tock, IA. A menudo me vienes en mientes y quiero preguntarte: ¿qué piensas del ritmo desenfrenado de nuestro tiempo, de la globalización, de los jóvenes y los no tan jóvenes pegados a sus pantallas todo el día, de las fake news? ¿Qué piensas de la sociedad hiper conectada, del ritmo frenético en el que vivimos? ¿Qué piensas tú, que hablabas de habitar el tiempo frente a pasar el tiempo, de caminar sin prisa trenzando la mirada con el paso? ¿Tú, que pediste a la empresa de autobuses Larrea que quitaran la TV del autobús que te llevaba al Boalo para leer en silencio o escuchar las conversaciones de los demás? Creo que tu discurso no cambiaría y que seguirías recomendándonos una y otra vez que no perdamos la palabra, el encuentro con el otro, la conversación, la lentitud; que no dejemos de tomar nota sobre nuestras reflexiones porque esas nos llevan a otras; que no dejemos de mirar al pasado para reconciliarnos con el presente y encajar las piezas del puzzle que configura nuestras vidas; que no nos falte nunca un amigo o un interlocutor. Y yo me digo, ¡qué te podamos seguir leyendo! Gracias, Carmen. 

NATALIA VELASCO


DISCURSO DE CARMEN MARTÍN GAITE 
PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LAS LETRAS 1988

ANTE EL PLACER DE LEER, EL VICIO DE VER
A PARTIR DE SUEÑOS DE TRENES DE DENIS JOHNSON
FELIPE VEGA

Me planteo una vieja disputa que fue, es y será. ¿Qué sucede con los libros que acaban convirtiéndose en una película? Con ese “qué” querría ir más allá de la simple idea que implica la de generar beneficios económicos para el autor o proporcionarle un prestigio que el marketing no lograría por sí solo seguramente. Sé que preguntas como esa, al ser devoradas por su propia retórica, pueden retorcerse hasta el infinito para perecer después en el interior de un agujero negro o engullidas por un anillo de gusano (¡que me aspen si soy capaz de explicar su sentido científico…!). Y, aun así, la abordo.

La culpa la tiene un libro en concreto: Sueños de trenes, escrito por Denis Johnson. Un novelista del que no conocía más que el nombre, y que tras la lectura del libro estoy dispuesto a seguir leyendo, estimulado tras descubrir una escritura límpida, estilizada y necesaria. Como el lector compulsivo que soy, debo confesar que no es fácil toparse con libros como este, que entroncan —libres de espíritu—, con autores que proceden de otras épocas, de otros siglos, incluso, sin aparente dificultad. Y por tanto —y de nuevo como lector—, evitar verse atrapado por falsedades, astucias creativas o patéticos cursos de escritura, tan habituales en los escaparates de las librerías en la actualidad. Leer se está convirtiendo en una profesión de riesgo.

Digo esto porque, por mi oficio (y sin duda mi vicio), en este caso en concreto he sido espectador antes que lector. De modo tan simple, y tras empezar la casa por el tejado, he perdido la sensación irremplazable de acceder a imágenes de la realidad que uno habría convertido en reales como lector antes que como espectador. He dejado pasar la posibilidad de ser activo para después permitirme ser pasivo. Una de las contradicciones irresolubles que existen entre cine y literatura.

Las conjeturas realizadas por ambas partes con respecto a beneficios y ambigüedades de tal operación son inagotables. En cambio, sus resultados suelen ser estériles. La única forma que conozco de abordar tan espinoso asunto es atacándolo por partes. Planteándose una sola pregunta y tratar de responderla. Como en este caso partimos de una novela de calidad, démosle un poco de ventaja al libro respecto al film. Honor obliga.

Sueños de trenes y su tejido literario narra una historia sencilla utilizando un lenguaje aparentemente tan sencillo como su contenido. Siempre me he preguntado si esa sencillez tiene algún tipo de valor para la mayoría lectora. La respuesta debería ser positiva, lógicamente, puesto que el lector quiere entender, y (se supone) llega a hacerlo si se le cuentan las cosas mediante una sintaxis accesible. De lo contrario no sería así… y, efectivamente, no lo es.

El lector quiere por encima de todo que sucedan cosas, muchas cosas. No le importa que no sean creíbles. Aquí es cuando ficción y delirio se dan la mano. De lo contrario, toda sencillez literaria se encontrará en apuros.

Cuando un buen libro no se puede resumir (igual que una película no puede visualizarse con la palabra, sino, en todo caso, reducirse a un argumento más o menos bien contado…), el lector se pone en guardia y piensa: “¡Ojo, esto va a ser demasiado complicado!”; (en realidad, se suele recurrir al término “intelectual”, que en nuestro país desprestigia lo que sea con gran rapidez y eficacia probada… como los detergentes).

Sueños de trenes libro está levantado a través de una prosa llena de lirismo y sutilezas continuas. La narración estira y alarga el tiempo a su conveniencia, no a su capricho. Los diálogos poseen la esencialidad propia del inglés y de la cultura popular norteamericana de finales del siglo XIX. Cultura creada por emigrantes llegados de todas las partes del mundo que tratan de encontrar su lugar en una tierra de horizontes interminables. Se pasa de lo épico a lo íntimo sin mover un músculo, con la envidiable virtuosidad del escritor que ha encontrado su lugar en el mundo. El libro pertenece a esa categoría de novela en donde personajes y lector son un mismo ente, si quieren. Las dos cortas frases que cierran el libro contienen el sabor de la melancolía y la esencia de lo ineludible. Melancolía, el único sentimiento humano que nos aguarda y que posee a todos antes o después por igual. Que tendemos a confundir con la nostalgia en innumerables ocasiones. Y con todo ello estamos hablando de 137 páginas, y nada más.

El Sueños de trenes cinematográfico conserva una pequeña parte de los valores del libro, pero con regusto a pastiche. El resto de su valor queda en manos de un lirismo prestado por (o usurpado a…) el director Terrence Malik, que parece ser el gran inspirador del film, desde su aula universitaria situada en la ciudad de Austin, Texas.

¿Acaso no es capaz el cine de alcanzar cotas narrativas como esas? Demasiadas películas en la historia evidencian que sí puede. Pero demasiadas otras nos recuerdan que comprar los derechos de un libro para rodarlo no garantiza nada. Bueno, claro, garantiza que el dinero sustituya a la capacidad creadora que vendrá a continuación.

Lean a Johnson primero. Nominada en cinco categorías a los Oscars de este año, la película puede esperar. Yo la hubiese dado plantón…

FELIPE VEGA

LA MANCHUELA PARA NO INICIADOS
BIENVENIDO PICAZO

La Manchuela es una comarca que se ubica por la linde entre las provincias de Cuenca y Albacete. Es una zona que está completamente trasconejada en mitad de la estepa manchega. El agua por aquí es un bien más bien escaso ya que, el único punto por donde aparece es la bendita cicatriz que va dejando el Júcar, del resto de arroyos y regatos que antaño daban algo de vida a la zona, sólo quedan los lechos.

Por esta parte de la vieja Castilla la Nueva nunca se pasearon reyes a caballo, ni ningún cineasta malgastó un metro de celuloide inmortalizando estos pagos; por no venir no vino ni un político buscando nunca a ningún señor Cayo. Esta zona no es apta para justas en pos de disputar un voto, la despoblación es lo que tiene.

Aquí no hay románicos ni tardíos ni más auténticos, o góticos, sólo naturaleza, bueno, algún palacio neoclásico sí que hay, en ruinas pero sí, todo un extraño descubrimiento. De hecho, la leyenda cuenta que en los sótanos de ese lugar se plantó el primer champiñón en España. Vino (posiblemente la mejor relación calidad-precio del mundo), aquellos caldos peleones ya sólo están ¡ay! en el imaginario; naturalmente quesos, cereal y poco más. La subsistencia de esta tierra está basada en estos pilares, aunque desde hace unas décadas el ya mentado champiñón está tomando las riendas de una zona en franca decadencia. Y el turismo que empieza a asomar la patita. La Manchuela no es ninguna excepción si miramos cómo los poderes desdeñan al agro. El campo está condenado, no se sabe bien el por qué, pero el caso es que al mundo rural le quieren poner absurdamente fecha de caducidad.

La historia de estos 4000 km2 de secano, se resume muy fácilmente: aquí nunca ha pasado nada noticiable, más allá de que Santa Teresa anduvo por estas tierras y dejó su impronta en localidades como Villanueva de la Jara, pueblo, que merece una visita, en realidad toda la comarca merece atención. La excusa del calor o del frío para no darse una vuelta por esta España tan olvidada, no cuela, el hecho del relativo exotismo de su arquitectura o sus paisajes es más discutible. Pero hoy, y gracias al turismo rural, uno puede pernoctar y darle gusto a la andorga, algunos de estos establecimientos flirtean con el lujo y la historia y todos están abiertos a los bolsillos más desmochados.

Como dice el poeta, por aquí, por no pasar ni pasó la guerra, nada más que de soslayo. En Madrigueras o Tarazona de la Mancha, todavía hay señales del paso de las Brigadas Internacionales, marcas que hay que buscar con lupa ya que a ese punto de la historia de España se lo ha tratado desde todos los puntos de vista menos desde el lado más humano del encuentro entre gentes tan bizarras y aventureras, con otras tan acogedoras y todavía viviendo en el siglo XIX.

La segunda mitad del XX siguió con la misma tónica; ni posguerras, ni desarrollismos, ni tardofranquismos, ni constituciones, ni movidas, ni reencuentros con los otros europeos, ni siquiera el cambio de milenio parecen enderezar un rumbo demasiado errático. El destino de estas gentes está en la huida, hacia adelante, por supuesto. La Manchuela no es ni más ni menos que el reflejo de cómo se las gasta España con sus hijas, bueno las más casquivanas y rebeldes juegan en otro universo, aquí no hay punto de comparación. Para colmo de males endémicos como se lleva la oprobiosa marca de Castilla, pues eso, además de pobres y honradas, resulta que estas gentes han sido y siguen siendo opresoras. Átenme ustedes esa mosca por el rabo.

Vaya, quería hacer algo de andar por casa, sin drama sobrevenido, pero el punto humorístico que buscaba y que en la Manchuela es tan frecuente, se me ha quedado en el diván del psicoanalista, voy presto a buscarlo y vuelvo. No se vayan. 

Coda final con sonrisa:

El humorismo, la ironía y la cachaza, se hace aquí una suerte de “hecho diferencial”. Ni conquenses ni albaceteños han prefabricado dialecto subvencionable alguno, pero digan conmigo que si uno no está atento a las entonaciones y lenguajes corporales, puede salir de aquí con la sensación de no haber superado el A1 de español. Quédense tranquilos que siempre hay un alma caritativa con el urbanita o forastero, que hará las veces de traductor. 

Pero quédense más tranquilos todavía, porque sepa que está usted en su casa.

BIENVENIDO PICAZO

MANIFIESTO FEMINISTA
 ROSARIO HERRERA GUIDO

“Gracias al feminismo,
el psicoanálisis puede renacer”.
Gérard Pommier, Feminismo & psicoanálisis.[1]

I

Un manifiesto feminista debe partir de una posición sobre las raíces de la violencia social, para poder leer e interpretar la violencia contra la femineidad, que también está en los hombres y la feminidad propia de las mujeres, con el propósito de desnudar la violencia, la discriminación, el sometimiento, la desvalorización del sexo feminizado o femenino, que exacerba la explotación de los cuerpos infantiles, púberes, adolescente y maduros, a semejanza del  uso y la degradación de las mercancías en el capitalismo, usadas y desechadas, en medio de una exacerbada descomposición moral, ética y política de la cultura, al cobijo de la frivolidad y la impunidad de la pervertidas las leyes y la gobernabilidad, para ocultar o manipular lo femenino, la diferencia radical, lo absolutamente Otro, que sin embargo, históricamente es digno de adoración y odio. Un manifiesto feminista expresado a través de una voz inescuchada: el diálogo entre la filosofía, el psicoanálisis y la literatura. Una proclama sobre la violencia social, la violencia contra lo femenino y más allá de la violencia contra las mujeres, que exige un Programa Feminista de acciones sociales y culturales contra la violencia y a favor del diálogo, que es la única prenda posible de paz en cualquier comunidad social, en el sentido en que Georg Hegel, ante la Tragedia de Antígona de Sófocles, reclama desde su Fenomenología del Espíritu: “que el hombre y la mujer ya no se deban nada.”[2]

II

Para leer e interpretar a la violencia social es preciso ahondar en El discurso contra el Uno o de la servidumbre voluntaria (1548) de Etienne de La Boétie, Voluntad de poder (1901) de Nietzsche, Psicología de las masas y análisis del yo (1921) de Freud, La rebelión de las masas (1930) de Ortega y Gasset, Psicología de las masas en el fascismo (1930) de Reich, A la sombra de las mayorías silenciosas (1978) de Baudrillard, Freud ¿apolítico? (1987) de Pommier, “Persona y democracia, una historia sacrificial” (1958 y 1988) de María Zambrano, “Masa y Poder” (Masse und Macht, 1960) de Elias Canetti y “El otoño del patriarca” (1975) de García Márquez, entre otras obras clave para un tema de tan hondo calado. Pero debido al breve espacio, solo voy a tratar de atender a las tesis principales de “Tótem y tabú” (1913) y Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) de Sigmund Freud, “A la sombra de las mayorías silenciosas” (1971), de Jean Baudrillard y “Freud ¿apolítico?” (1987) de Gérard Pommier.

La modernidad pensó la agrupación humana desde la necesidad, el trabajo y la subsistencia. Desde luego un pensamiento por demás relevante. Pero desconociendo o minimizando una causalidad simbólica: “el lazo social”, como lo pensaron Freud, Lévi-Strauss, Clastres, Trías y Lacan, entre otr@s. Un rasgo identitario que cohesiona a los grupos y pueblos: el tótem, el padre, el ancestro, el líder, el jefe, el amo, el maestro, el rey, la bandera, el escudo, el santo patrono de la nación o el barrio, el ídolo musical y hasta el equipo de futbol. 

Freud toma la metáfora de “El mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer y la vierte en su “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), para interpretar lo grupal: la sociedad es como un grupo de puercos espines que en invierno se aproximan para darse calor, pero al acercarse se clavan las púas, que los obliga a retirarse y volver a padecer, como dice el tango: “un frío más cruel que el odio”. Una metáfora que a Freud le permite postular la ambivalencia humana: la oscilación entre el amor y el odio.

Tal vez por ello, Freud inventa el mito moderno de “Tótem y Tabú” (1913). Tras Darwin, sostiene que los changos se bajan de los árboles al acabarse los frutos, se ven precisados a caminar erguidos, pelean por las hembras, los alimentos y la guarida, y terminan por asesinar y devorar al padre en una fiesta totémica, porque les prohíbe gozar de sus hembras. Un asesinato por la falta de goce sexual, al que después del asesinato ya no tendrán acceso[3], pues tras la falta moral —como postula Eugenio Trías— viene la culpa y el objeto del crimen es elevado al plano de lo sagrado, móvil  de culto y nacimiento de la cultura.[4]. Y en el lugar de la fiesta totémica los hermanos edifican el tótem, se juran alianza fraterna y se prohíben el incesto y el parricidio, y su correlato: el asesinato y el canibalismo, que introducen la ley del lenguaje, que es la gramática, la regulación de las relaciones de parentesco y la diferencia de los sexos, que posibilita la aceptación de todo tipo de diferencia. Un auténtico mito moderno, que gracias a que carece de pruebas científicas —como confirma Freud— permite el acceso de la humanidad a la simbolización y el leguaje. Lo destaca Platón en la “República”: todos los asuntos de la polis son asuntos de lenguaje, es decir de ley. Un mito que se actualiza cada vez que hablamos o firmamos, pues lo hacemos en nombre de nuestro tótem o ancestro: el padre[5].

ROSARIO HERRERA GUIDO

Originaria de la ciudad de México y vecina de Morelia, Rosario Herrera Guido es doctora en Filosofía (UNED, España) y doctora en Psicoanálisis (CIEP, México). Directora de la revista La nave de los locos y secretaria de dirección de la revista Letra Franca



[1] Cf. Gérard Pommier, “Gracias al feminismo el psicoanálisis puede renacer”, en Cristina Jarque (com.), Feminismos & psicoanálisis (México: Late y El diván negro, 2021), p. 15.

[2] Georg Hegel, El mundo ético, la ley humana y la ley divina, el hombre y a mujer, Fenomenología del espíritu, trad. Wenceslao Roces y Ricardo Guerra (México: Fondo de Cultura Económica, 1973), 259-270.

[3] Sigmund Freud, Tótem y tabú, en Obras Completas, vol. XIII (Buenos Aires: Amorrortu, 1984), 141–142.

[4] Eugenio Trías, Lógica del límite (Barcelona: Destino, 1991), 367-397.

[5] Gérard Pommier, Freud ¿apolítico? (Buenos Aires: Nueva Visión, 1987), 19.





CARMEN DE GURTUBAY Y ALZOLA
MARÍA LUISA MAILLARD

La Gran Guerra del 14 marcó un hito en el acceso de la mujer occidental a los derechos civiles, de los que habían sido excluida en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789. Ya el 6 de febrero de 1918 se aprobó en Gran Bretaña el sufragio femenino para mujeres mayores de 30 años y en 1919 en Alemania. La guerra había demostrado que las mujeres eran capaces de realizar con eficacia las tareas que antes eran de exclusivo desempeño masculino. Con los hombres en el frente en una larga contienda, más de un millón y medio de mujeres ocuparon puestos en la industria de guerra, la metalurgia, el transporte, y en todo tipo de servicios. También lo hicieron en una actividad que llegaría a ser clave en la Segunda Guerra Mundial y en la política de bloques posterior: el espionaje.

Aunque durante un tiempo el imaginario masculino identificó a las mujeres espías del siglo XX como mujeres fatales que utilizaban sus encantos para lograr información, la realidad era muy diferente. El precedente de la bella Condesa de Castiglione, que contribuyó a la unificación de Italia, seduciendo a Napoleón III, pareció tener su continuidad en las figuras de Matta Hari, bailarina exótica y espía alemana durante la Primera Guerra Mundial, y de Joséphine Baker que hizo lo propio en beneficio de la Francia ocupada. En realidad, estos últimos ejemplos fueron sólo la punta del iceberg de la entrada de las mujeres en el mundo del espionaje del siglo XX.

Cientos de mujeres de todas las clases sociales realizaron con éxito labores de espionaje en el transcurso de las dos guerras mundiales. Las había con una alta cualificación profesional como Elsbeth Scharagmüller, doctora en ciencias políticas que llegó a ser directora del Departamento Alemán de Espionaje contra Francia en la primera guerra. Las había expertas organizadoras como Virginia Hall quien, a pesar de faltarle una pierna, puso en marcha una red de espías para los británicos en la Francia ocupada por los nazis y llegaría a ser una de las primeras agentes de la CIA, y tantas y tantas otras sostenidas eso sí por una legión de mujeres anónimas como las expertas en descifrar códigos o las denominadas “tejedoras espías” que utilizaron el punto de cruz para enviar mensajes en código morse que ocultaban en los ropajes. La eficacia, la audacia y el valor no eran atributos exclusivamente masculinos. Las mujeres ya no debían recurrir a sus encantos para espiar al enemigo.

España, al no haber participado en la Gran Guerra, se mantuvo al margen de este proceso; pero ya en la segunda, irrumpió con fuerza avasalladora. No fue ajena a este proceso la Guerra Civil española que supuso la aportación de mujeres no excesivamente cualificadas, pero dotadas de un profundo ideario. Sería el caso de África de las Heras que formó parte del equipo que acabó con la vida de Trotsky en Méjico, infiltrándose como su secretaria y se convertiría en espía de la KGB en 1937. La cántabra Marina Vega, hija de republicanos, sería espía al servicio de la resistencia francesa, colaborando activamente en la detención de los nazis que se refugiaban en la España de Franco. También hubo mujeres de alta clase social que utilizaron sus contactos y su posición para lograr el triunfo de su ideario. Fue el caso de Aline Griffith, condesa de Romanones y de nuestra protagonista de hoy, Carmen de Gurtubay y de Alzola.

Carmen de Gurtubay y Alzola, con su madre
Blanca de Alzola y González de Castejón

Carmen de Gurtubay de Alzola tuvo una vida corta y sorprendentemente intensa para una mujer de su época y clase social, como si quisiera apurar hasta la última gota del tiempo que le fue concedido. Nació en Madrid el 4 de junio de 1910 en el seno de una familia aristocrática con amplias ramificaciones. En la boda de la Duquesa de Alba, por ejemplo, Carmen fue la encargada de llevar la cola del vestido de la novia, dado el parentesco de su madre con la futura duquesa. Era hija única de Juan de Gurtubay y González Castejón y Blanca Alzola, marquesa de Yurreta y Gamboa. Cuando contaba dos años de edad, falleció su padre y su madre contrajo nuevas nupcias en 1920 con José Alfonso Bustos, duque de Andria.

Desde niña mostró un carácter intrépido e independiente y una gran capacidad de aprendizaje. Prefería los deportes a las fiestas, donde podía desarrollar su personalidad y llegó a ser una audaz amazona, aparte de una experta golfista, sin olvidar su habilidad en el tenis. Según comentarios de los que la conocieron, entre ellos los de su último marido, era pequeña, elegante, y de ojos oscuros y brillantes, familiarmente la apodaban “Gugú”. Conducía su propio coche y de los viajes familiares por Europa llegó a dominar el inglés, el francés el portugués y el italiano; pero también era inteligente y analizaba el mundo en que vivía. A los 21 años, tal vez por imposición familiar, habida cuenta de la escasa duración del enlace, contrajo matrimonio con su primo Alfonso Merry del Val y Alzola, amigo de José Antonio Primo de Rivera y que sería posteriormente ministro de Franco. Apenas un año después, el matrimonio fue anulado, gracias a las influencias de la familia en el Vaticano. Alfonso no había logrado torcer la firmeza de su esposa en sus simpatías republicanas y en su temprana aproximación a las ideas socialistas, algo que la madre de Carmen, que acabó repudiando a su hija, no le perdonó nunca.

Carmen de Guturbay y Alzola

Carmen se afilia al naciente Partido Republicano y en 1936 se traslada a París después de contraer matrimonio civil, sin la aprobación de su madre, con Ángel Fernández, marqués de Nájera que llegaría a ser un importante promotor inmobiliario en la Costa del Sol. Desde la capital francesa sigue trabajando durante toda la guerra a favor de la causa republicana. En 1942 regresa a España y comienza su actividad como agente secreto para los aliados, informando al gobierno norteamericano del tráfico de oro y obras de arte que llevaban a cabo los alemanes. El “Informe Eizenstat”, emitido en 1997 por la Cámara de Representantes de Estados Unidos, recoge una carta al embajador en París donde se informa que “Carmen Gurtubay fue un agente del mayor rango por las fuerzas aliadas, que arriesgó su vida en Portugal y España y fue encarcelada varias veces por agentes alemanes”.

En 1945 ante la presión policial regresa a París y en 1946 alcanza su gran sueño: la licenciatura en Filosofía y Letras, una cuenta pendiente que no le había sido permitida en su juventud. Sigue involucrada en la lucha antifranquista, como lo prueba la correspondencia en 1946 con Manuel de Irujo, ministro republicano en el exilio, en la que le informa, entre otras cosas, de los apoyos del franquismo en Europa y en la ONU. Dos años después conoce al que sería su tercer marido Jhon Mckee Norton. En 1950 participa en el “Congreso para Libertad de la Cultura”, celebrado en Berlín, en el que se codea con Nabokov y Denis de Rougemont, siendo una de las tres mujeres que fueron convocadas a participar. En torno a esa fecha forma parte de las conversaciones entre republicanos y monárquicos para el derrocamiento de Franco. Fallece en 1959 a los 49 años de edad, siendo fiel a sí misma hasta sus últimos días.

MARÍA LUISA MAILLARD


EL PASADO 10 DE FEBRERO NUESTRAS COLABORADORAS MARÍA LUISA MAILLARD Y NATALIA VELASCO IMPARTIERON UNA CONFERENCIA CON EL TÍULO “CARMEN MARTÍN GAITE Y LOS NIÑOS DE LA GUERRA”, ORGANIZADA POR EL ATENEO ESCURALIENSE-FORO DE LITERATURA, CON LA COLABORACIÓN DEL AYUNTAMIENTO DE SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, QUE TUVO LUGAR EN LA CASA DE LA CULTURA DE DICHO AYUNTAMIENTO.


María Luisa Maillard y Natalia Velasco





LES DEJAMOS EL TEXTO DE MARÍA LUISA MAILLARD

CARMEN MARTÍN GAITE
Y LA GENERACIÓN DE LOS “NIÑOS DE LA GUERRA”
MARÍA LUISA MAILLARD

Buenas tardes, hoy vamos a hablar de la generación de los 50, la generación de los “niños de la guerra”, como la denomina Josefina Aldecoa, y de una de sus máximas representantes, Carmen Martín Gaite. En uno de los libros más emotivos de esta autora Esperando el porvenir, publicado en 1994, rememora el artículo que escribió tras la muerte de su gran amigo Ignacio Aldecoa, líder de la generación: “Ha muerto Ignacio Aldecoa. Los años 40 y 50 empiezan a ser historia”. ¿Una historia recuperada hoy en día? Es una de las preguntas que nos vamos a hacer hoy, de la mano de Carmen Martín Gaite, de Josefina Aldecoa y con la compañía de Natalia Velasco, biógrafa de Carmen Martín Gaite.

El amigo de Martín Gaite había fallecido tempranamente en 1969, a los 44 años. La escritora, con ocasión de los 25 años de su muerte, quiere recuperar la memoria de su amigo, pero quiere hacerlo, insertándola en la Historia con mayúscula, es decir en el espacio cronológico en que desarrolló su trayectoria. Recuerda entonces el pequeño artículo que escribió a raíz de su muerte: “Escribí por aquellos días un artículo que se publicó en La Estafeta Literaria, donde daba cuenta de este vislumbre repentino acerca de la relación que tiene la Historia con las historias”.

Y ese es el camino que vamos a seguir. El espacio cronológico de la Historia con mayúscula en la que se inserta la generación del medio siglo. Para Martín Gaite este espacio se inicia a finales de los años 40, cuando se reencuentra con Ignacio Aldecoa en la Universidad de Madrid. Es la fecha del arranque de esa generación de creadores de “los niños de la guerra” como la denomina Josefina Aldecoa.

Veinte años después, en 1969, año de la muerte de su amigo, escribe Carmen de forma premonitoria: “Los años 40 y 50 empiezan a ser historia”. ¿Y con ellos su generación? ¿Qué es lo que había sucedido? No sólo el mundo había cambiado, también la España dictatorial de los años 40 y 50 y las nuevas directrices literarias, como veremos más adelante. España se había desarrollado. Los hijos adolescentes, señala Martín Gaite, habían oído hablar del amor libre, escuchaban a los Beatles y había aparecido la televisión que tendría una marcha imparable. El 1% de los españoles, que gozaban del nuevo medio de comunicación en 1960, pasó en 1975 al 85% y la renta per cápita se multiplicó por 8. Carmen Martín Gaite no dejará de reflexionar en sus escritos sobre esa nueva sociedad; pero se tomará un respiro de diez años —la época de transición de los años 70—, para centrarse en la historia de España y volver con nuevos ímpetus a la narrativa y al ensayo.

Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre en 1954
Foto: Archivo Carmen Martín Gaite (JCYL)

Pero estamos a finales de los años 40. En una España aún sumida en la pobreza, bajo un régimen económico autárquico y el paraguas de plomo de la censura, un grupo de jóvenes, reunidos en torno a Ignacio Aldecoa, ofrecen un referente significativo de los jóvenes aspirantes a la creación literaria. En el terreno de la narrativa, aparte de Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite, se encuentran Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, y de forma más tardía y episódica Juan Benet: En el terreno teatral, Alfonso Sastre y Medardo Fraile, quienes en 1953 estrenaron Escuadra hacia la muerte, reivindicando un teatro social como medio para cambiar el mundo.

No todos los del grupo eran narradores, también encontramos, aparte de Alfonso Sastre, y de su compañera la actriz Mayra O’Wisiedo, al guionista Rafael Azcona — recordemos El pisito, Plácido, El verdugo o Escopeta nacional—, y en el de la poesía, a Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo y José Caballero Bonald, quien en 1962 se inicia desde la poesía en el género de la novela con Dos días de septiembre. Habría que completar el cuadro de la generación en su conjunto, con Juan Goytisolo, Luis Martín Santos, Ana María Matute, Juan García Hortelano, y Alfonso Grosso incorporado en 1961 a la corriente literaria denominada del “realismo social” con La zanja, entre los más destacados.

Nos encontramos ante un gran grupo de creadores y vamos a ver cómo ha sido su evolución en el contexto de la historia con mayúscula. En 1956 Carrillo había abandonado, guiado por la URS, la lucha guerrillera contra el franquismo —los denominados maquis—, con su propuesta de “Reconciliación nacional” e inicia la conquista del espacio cultural antifranquista. El acto inicial más sonado fue el homenaje a Antonio Machado de 1962 en Segovia, que sustituyó el referente liberal de Ortega, que aunó voluntades en los años 50 y que pasó a ser un proscrito de las aulas académicas y de la cultura en general hasta bien entrados los años 90. El grupo del medio siglo, influenciado en su primera etapa por el existencialismo y el neorrealismo italiano, encontró una orientación a la labor creativa, en un realismo que se ponía al servicio de un cambio social, comprometido con la lucha de clases, que tuvo como precedente Los bravos de Jesús Fernandez Santos en 1954 y que aportó nuevos nombres como Antonio Ferres con La Piqueta en 1959, o Armando López Salinas con La mina en 1960, el mismo año en que Juan Goytisolo publica Fin de fiesta o Para vivir aquí. En el terreno de la poesía cómo no mencionar el compromiso de Blas de Otero y Gabriel Celaya, que ya provenían de una trayectoria anterior a la guerra.

El grupo inicial de los años cincuenta fue etiquetado a finales de los años 60, como perteneciente a un chato y caduco realismo y, conforme se imponía el boom latinoamericano, algunos críticos comenzaron a denominar el periodo como el de la “literatura de la berza”. Es cierto que, con posterioridad se establecieron distinciones: “el realismo objetivista” de la primera época y el realismo social, de la segunda”. El grupo en torno a Ignacio Aldecoa, adscrito a la primera distinción, en el que se encuentran grandes escritores y al que pertenecía Carmen Martín Gaite, nuestra protagonista hoy, no tuvo mucha suerte. Dos de sus más preclaros componentes, murieron a edad temprana, el mismo Ignacio Aldecoa en 1969 y Martín Santos en 1962. Los autores del grupo de “los niños de la guerra” se encontraron emparedados entre los primeros pioneros en la posguerra de los años 40 — Camilo José Cela, Carmen Laforet y Miguel Delibes— y la innovación narrativa que inició Martín Santos con Tiempo de silencio y que continuaron a mediados de los años 60 Juan Benet con Volverás a Región (1967) y Juan Goytisolo con Señas de identidad (1966) y Reivindicaciones del conde don Julián (1970). Del grupo, sólo El Jarama de Sánchez Ferlosio, ocupó la atención de los manuales. 



ISABEL BANDRÉS



La primera escena nos muestra un cadáver tapado por unos papeles en el espacio de una gasolinera, a la espera de ser recogido por la policía cuando terminen los carnavales y a un empleado que defiende el cuerpo del muerto, que hiede, de los perros hambrientos. Es 1977, un año clave para la dictadura brasileña y la película transcurre en Recife, ciudad del director de la misma, Kleber Mendoça Filho. Tras esa primera imagen tan impactante como rara, el director pasa a plasmar la historia de su país, pero también las vidas cotidianas de aquellos que, víctimas o no, vivieron en aquella época en que la corrupción se extendía como una gangrena por todo Brasil.

Mendoça Filho nos cuenta la historia de su país durante la dictadura a través del personaje de Marcelo, un profesor universitario perseguido por la policía que se esconde junto a otros disidentes a la espera de una nueva identidad. No le busca solo la policía, también un criminal empresario y su hijo que le quieren ver muerto y con un agujero en la cara que le haga irreconocible. La variedad de personajes y su riqueza es incuestionable. Por la película desfila Doña Sebastiana, una matriarca anarquista que da cobijo, en una especie de comuna, a perseguidos por el régimen; un nazi alemán que en realidad nos es lo que parece; un par de asesinos a sueldo, tío y sobrino que no son ni tío ni sobrino; un jefe de policía y sus dos hijos, uno negro y otro blanco; una pierna humana que aparece en el estómago de un tiburón y se convierte en una pierna agresiva que ataca a las personas… Sangre, violencia, fantasía, humanidad, rumores, humor vitriólico. Todo transcurre a ritmo brasilero y en tono esperpéntico.

En la narración no falta un recuerdo al cine. Muchas de sus escenas suceden dentro de una sala de cine donde, casualmente, trabaja el suegro de Marcelo y donde proyectan la película de Spielberg, Tiburón, que el hijo de Marcelo, un niño de siete años, quiere ver. Aquí el tiburón es sustituido en el imaginario de la población por una pierna peluda andante y agresiva que se encontró en las fauces de un tiburón macho y va dando trompazos a quienes encuentra a su paso.

No es una película al uso. Es una narración burbujeante. Igual estás ante un asesinato violentísimo en una peluquería de caballeros, como ante una funcionaria adicta al régimen que escribe a máquina sin papel o le envía una notita erótica a Marcelo. Y, en un plis plas, aparecen dos muchachas que escuchan las comunicaciones telefónicas del protagonista por orden de la policía y le cogen tal simpatía y afecto que deciden no seguir con el espionaje. Y, como si nada, nos encontramos con una profesora y dentista con la que tiene una relación amorosa Marcelo mientras le diagnostica una caries. Y, de pronto, nos situamos, en un despacho donde se negocian asesinatos y viendo cómo se deshacen de los cadáveres.

La película es larga, pero se me hizo corta. Hay que dejarse llevar por ella. No hay que buscar racionalidad ni un hilo conductor claro. Retrata el ambiente de una ciudad y a unos personajes variopintos e introduce, una fantasía, una pierna peluda arrancada de un mordisco con vida propia. ¿Se puede pedir más?

A mí me gustó mucho. El agente secreto es una película enredadora y retozona que nos lleva de un lugar a otro sin perder el foco: el podrido sistema político y la vida de Marcelo que pretende huir con su hijo del país. El director, Mendoça Filho, huye del leguaje habitual y nos ofrece estructuras diferentes. Las tramas y subtramas de su narración están ligadas a la extravagancia que todo ser humano y toda situación, por terrible que sea, poseen. Hay que añadir la magnífica y excepcional actuación de Wagner Moura en su papel de Marcelo.  

ISABEL BANDRÉS

 




Tras una discusión sin importancia, Marta y Antonio se separan. El diálogo que mantienen y que aboca a esta pareja a la ruptura es banal, absurdo y algo infantil. Me produce una sensación de impostura y de afectación que me acompañarán durante toda la película. No es esta una de las mejores películas de Coixet, pero sí una de las más autocomplacientes. “Mirad —parece decirnos la directora—, la película tan hermosa y sensible que soy capaz de hacer”. Y esa postura lastra toda la obra. Diálogos y escenas me parecen artificiosas. No me la creo. Tiene y contiene cosas buenas: los paseos por Trastévere (la narración sucede en Roma), el deseo de la protagonista de conectar con los otros cuando ve llegar el final… Hay momentos en la narración que parecen más auténticos. Pero siempre surge ese tonillo de falsedad que nos hace desconectar. Es una película de diseño y no de profundidad.

Coixet trata en Tres adioses las cosas serias de la vida, como el desamor, la ruptura, la enfermedad y la muerte, más para lucirse ella que para mostrarnos el dolor humano y el desgarro interior que esas situaciones vitales producen. Utiliza muchas palabras y máximas que son más propias de los mensajes que se envían por redes inspirados en libros de autoayuda que el rompimiento que supone las situaciones por las que atraviesa Marta, la protagonista. Y es peor cuando intenta introducir alguna originalidad a la trama. La actriz Alba Rohrwacher, en su papel de Marta, hace lo que puede con los mimbres que le dan y en algún momento, al final, nos emociona.

¿Es una mala película? No. La directora tiene oficio, pero yo no logré involucrarme en la historia ni conectar con ella. Le sobra pretensión y le falta verdad y hondura.

ISABEL BANDRÉS