LA FELICIDAD
MARÍA LUISA MAILLARD
¿Qué
ha sucedido con la felicidad en el pensamiento occidental? Me hago esta
pregunta a raíz de la lectura del prólogo de Fernando Savater a la reedición en
el año 2003 del libro de Bertrand Rusell La
conquista de la felicidad, publicado en 1930. Destaca Savater la anomalía
del libro en el clima intelectual del siglo XX, señalando la causa. El
concepto de “felicidad” fue considerado por los grandes pensadores del siglo
—cita a Heidegger, Sartre y Nietzsche—, como “una horterada”: “La noción de
felicidad les parecía, como a tantos otros, un término trivial y tramposo, una
horterada”. Sin duda, como toda corriente de pensamiento prestigiosa, esta
devaluación nihilista llovía de forma mansa sobre los claustros universitarios
y los jóvenes aspirantes a “intelectuales”. Conforme más desengañado de la
felicidad se encontrase un filósofo contemporáneo, más podría presumir de
perspicacia, afirma Savater, reflejando un clima intelectual en el que, sin
duda, se inició y desarrolló su labor, como la de tantos jóvenes en los años 70
y 80 del siglo pasado.
Pero,
¿qué pensaba mientras tanto de la felicidad el hombre común que caminaba por la
calle hacia su trabajo? Dudo de que, si alguien le preguntase, contestase que
quería ser infeliz. Más bien pienso que, sin haber leído a los grandes
pensadores griegos, coincidiría con Aristóteles en que la felicidad era el
principal objetivo de la vida, pero ¿era feliz el hombre de los años 70? ¿Lo
era el de los años 30? Russell detecta la infelicidad de sus contemporáneos,
centrados en una lucha cruda por el éxito, que olvidaba los placeres sencillos
de la vida y se instalaba en un narcisismo victimista que dificultaba el
desarrollo de ese movimiento íntimo que es el amor. El filósofo y matemático
inglés, pone el dedo en la llaga, al señalar de forma prematura la causa última
de esa situación de infelicidad: la decadencia general de los valores
civilizados, semejante a lo que sucedió en la época de la decadencia del
Imperio romano después de la muerte de Augusto. Una decadencia resultante,
según el autor, de la primacía de la voluntad sobre el sentimiento y el
intelecto, que arrojaba al hombre a una vida alocada en la consecución del
éxito.
Ha transcurrido casi un siglo desde el libro de Russell y pasaron muchas cosas en este largo período, pero como ya señaló Savater, la actitud del mundo filosófico se mantuvo incólume en la ausencia de reflexión sobre la felicidad, es decir, sobre el hombre. Conforme avanzaba el siglo XX y quedaba atrás el horror del genocidio nazi, la instalación hedonista en el estado del bienestar, el entretenimiento y su ruido asociado a la diversión; el dinero, el consumo, el éxito y el poder se fueron consolidando como el norte para lograr la felicidad en las sociedades occidentales. El nihilismo de Occidente quedó soterrado durante esta etapa de relativa prosperidad; pero ya a finales del siglo XX el suelo empezó a moverse con más fuerza bajo los pies del hombre occidental y surge el miedo al futuro: guerras, crisis de las democracias, corrupción, retroceso del estado del bienestar, desastres climáticos, predominio en nuestras vidas del mundo tecnológico frente al humanismo… Los hombres reclaman soluciones para su miedo y frustración; pero la filosofía —que ya desde sus orígenes se ha ocupado de la reflexión sobre “la vida buena”—, sigue tirando la toalla. Para ese asunto incierto de la felicidad ya existe la ciencia psicológica.
No
fue así en la Antigüedad, cuando la sociedad griega sufrió una crisis de
valores semejante a la nuestra. La felicidad que propugnaba Aristóteles, —eudaimonía—, siguiendo a Sócrates y
Platón como el fin último y el bien de la vida, establecía el camino hacia esa
ansiada meta en el ejercicio de la filosofía, a través del cultivo del
intelecto agente que era lo único inmortal en el hombre. La vida contemplativa
que requería esta propuesta necesitaba, sin embargo, unas condiciones sociales
—al menos para una minoría aristocrática—, que empezaron a tambalearse tras la
muerte de Aristóteles. Después de la época de Alejandro Magno, las guerras y la
paulatina decadencia de las polis,
volvieron la vida insegura, proceso que culmina en el año 146 a. c. con la
conquista de Grecia por Roma. Ya no era una opción la vida contemplativa.
Es
en esa época —del siglo III a. c. al siglo II después de Cristo—, cuando surgen
las doctrinas filosóficas que ponen al servicio del hombre desamparado el uso
de la razón con el fin, no de lograr la inmortalidad, sino la tranquilidad y la
paz espiritual: el Epicureísmo y el Estoicismo. Este último, que se consolida
con Séneca, sería el de más largo recorrido y llegaría de forma atenuada hasta
nuestros días, especialmente en España, como muestra este dicho del acervo
popular: “Gánalo como propio y piérdelo como ajeno”. El estoicismo, amén de
postular el desapego a los bienes de fortuna, que había que considerar
simplemente prestados, incitaba a actuar con virtud, justicia y dignidad en
todo aquello que podemos controlar, y soportar con resignación y dignidad los
sucesos externos que no podemos controlar, incluida la muerte. ¿Qué semejanzas
y diferencias existen entre estas propuestas y las ofrecidas al hombre actual?
¿Y cuáles son estas?
Para paliar el desamparo del hombre occidental surgen desde finales del siglo XX una avalancha de libros de autoayuda, recetas que habían tenido el precedente en el libro de Samuel Smiles Self help en 1859, curiosamente el mismo año de la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin, que asestaba un duro golpe a la trascendencia humana. El libro de Smiles desgranaba una serie consejos para obtener éxito en la vida, a partir de la autodisciplina y el esfuerzo personal centrándose en el más acá y dejando de lado la superstición del más allá.
A
principios del siglo XXI, de los libros de autoayuda, que siguen en su mayoría
la línea establecida por Smiles: lograr el éxito en cualquier actividad que
queramos emprender, pasamos directamente a las recetas rápidas para lograr ser
felices, que aparecen diariamente en esa prolongación de nuestra vida que son
los teléfonos móviles que, sin olvidar el objetivo último del éxito, lo
enriquecen, en la mayoría de los casos, con las siete recetas del libro de
Daniel Goleman Inteligencia emocional publicado
en 1995.
Los
ciudadanos, especialmente los jóvenes, siguen demandando directrices que den
sentido a su vida, quieren ser felices, y esa demanda da lugar a la
introducción de las disciplinas de la felicidad en las aulas universitarias, de
forma especial en las dedicadas a los negocios y el liderazgo. En el año 2007
la escuela de posgrado de la Universidad de Harvard constituye su primera
cátedra de Experto en felicidad con el curso de Arthur Brooks “Liderazgo y
felicidad”. Le seguirán la Escuela Europea, el Instituto Europeo y, en nuestros
pagos, la Universidad de Barcelona y la UNED.
Comenzamos a dar el salto de los libros de autoayuda a las ciencias de la felicidad, basadas en la neurociencia, la psicología positiva, unas gotas del Epicureísmo y otras de la última deriva de la filosofía postestructuralista. ¿Tienen en cuenta ese elemento último de la infelicidad señalado por Russell, la decadencia de los valores civilizados y la primacía de la voluntad sobre el intelecto y el sentir? Una de sus variantes, por ejemplo, el coaching ontológico, se basa en que la comprensión de la realidad es una construcción individual. Y no sólo eso: el lenguaje no sólo construye la realidad, sino que la crea: se abre el camino hacia el predominio del “relato” sobre la realidad, tan profusamente utilizado por los gobernantes populistas de nuestros días que manipulan la realidad presente en aras de la realidad futura.
Es
esta una derivación extrema y muy conocida, debida a la profusa utilización que
de ella realizan —adaptando ideologías añejas—, los políticos que gobiernan en
Occidente; pero no es ajena a la orientación general de las “técnicas” de la
felicidad. Eliminan el componente del azar y del misterio en nuestras vidas,
amén de la imaginación y la propia experiencia, llegando a alterar nuestra
relación con la realidad que podemos cambiar si nos disgusta, con solo cambiar
las palabras con las que la nombramos.
¿Y
qué ha pasado con el hombre? ¿Qué diferencias existen en su tratamiento
respecto al epicureísmo de nuestros antepasados? Hay una realidad muy presente
en la filosofía del epicureísmo que se elimina de un plumazo: nuestra condición
mortal y las cualidades espirituales de las que el hombre debe hacer gala ante
la adversidad: la dignidad, la entereza, el valor y la templanza. La diferencia
es que los epicúreos creían aún en el alma inmortal —racional— de Aristóteles,
creían en una interioridad humana a la que el cristianismo posterior potenció y
que merecía la pena mantener por encima de todas las adversidades. Interioridad
que hacía posible los valores personales de la virtud, la justicia, la
templanza y la dignidad.
MARÍA LUISA MAILLARD
¿QUIÉN DICE QUÉ A QUIÉN Y POR QUÉ?
ISABEL BANDRÉS
Ruido.
Hay un ruido ensordecedor en nuestra sociedad que lo producen los políticos.
Desde los medios de comunicación de masas nos llega un carajal de ideas,
palabras, propuestas, insultos… que invaden nuestro espacio privado para
vendernos su mercancía disfrazada de ideología o sencillamente sus ocurrencias
o su utopía o lo que quiera que en ese momento ocupe la actualidad y se imponga
como transcendental. Las cajas de resonancias que son las radios, las
televisiones, los periódicos, las redes sociales… amplifican la noticia y
machacan al ciudadano sin piedad hasta hacerle aborrecible por hartazgo todo lo
que suene a política.
¿Quién
nos habla? El poder y aquellos que aspiran al poder. ¿A quiénes hablan? A nosotros,
a los ciudadanos que quieren conquistar para obtener votos. ¿Y qué nos dicen?
Lo que todos querremos escuchar desde que el mundo es mundo, que nuestras vidas
son o serán mejores con ellos. ¿Por qué? Para obtener el poder y llevar a cabo
su proyecto, el que dicen y, sobre todo, el que ocultan o sobreviene durante el
camino. Quienes hablan ponen a la venta en el mercado del poder una joya sin
par: la utopía de una vida perfecta. ¿Original? ¡Qué va! Muchos creen que la
utopía es un invento del marxismo: un mundo justo en el que todos fuesen
iguales. Y, sin embargo, la utopía viene de Aristóteles, de Platón, de Tomás
Moro con su obra que titula Utopía. Todos ellos nos aconsejan que hay
que hacer para conseguir una sociedad perfecta. Ellos ofrecían consejos, pero
otros se empeñaron en hacerlas realidad y nos llevaron al desastre.
La
utopía comunista consistía en hacernos a todos iguales. Y la utopía del nazismo
en la búsqueda de la pureza racial. Las dos condujeron a la muerte a miles de
personas y al totalitarismo más extremo. Las dos, tenían en común: la
supremacía de las palabras sobre la realidad. Los nazis eligieron a los judíos
como los enemigos a batir cuando en la Alemania de 1930 solo el 0,75% de la
población eran judíos. Lenin asentó su revolución sobre la lucha de clases y la
necesidad de derribar a los burgueses y encumbrar al proletariado, dos clases
sociales casi inexistentes en la época zarista. El nazismo y comunismo tenían
como denominador común: el sometimiento del pueblo a un poder superior. Los dos
regímenes surgieron de los deseos de unos visionarios que retorcieron la
realidad para mantener su ideal. Las consecuencias todos las conocemos: falta
de libertades y asesinato de todos aquellos que no seguían dicho ideal.
Hoy
estamos en otra cosa, pero “la cosa” no termina de cuajar, no terminamos de ver
a dónde nos llevan la revolución tecnológica, el cambio climático y las guerras
culturales. Hay un cambio de época, de valores, de formas de vida que se van
asentando ante nuestra perplejidad. Izquierda y derecha son conceptos que
empiezan a quedarse cortos para redefinir el mundo. Pero hay algo que
permanece: el ser humano y su complejidad.
Freud,
el padre el psicoanálisis nos habló del inconsciente, eso que nos domina y nos
empuja a una determinada actuación y no a otra. Leonard Mlodinow, físico
teórico y matemático estadounidense asegura que el 99% de nuestras decisiones
están dirigidas por nuestro inconsciente y no por la racionalidad o por el
consciente. A los políticos les sucede lo mismo. Sería bueno que cuando nos
hable un político nos preguntásemos ¿Qué es lo que de verdad nos dice? Y de
paso ¿Qué quiero escuchar? Porque normalmente no nos dicen lo que nos dicen y
nosotros escuchamos lo que más nos conviene para creernos mejores y más justos.
Su vanidad y la nuestra es inmensa. Su avidez y la nuestra, también. ¿Qué
creyeron oír los inmigrantes nacionalizados en Estados Unidos cuando escucharon
el discurso de Trump? ¿Qué esperaban? ¿Qué ellos estaban a salvo? ¿Qué él solo
iría por los nuevos inmigrantes? Seguramente, sí.
Las
utopías nos gustan porque nos dibujan un mundo idealizado y nos presentan como
seres ennoblecidos, pero terminan en desastre porque lo primero que hacen es
limitar las libertades con la excusa de que es por nuestro bien y terminan con
un montón de muertos y represaliados. Y, como somos seres complejos, los
políticos también, cargados de sentimientos de amor y odio, de generosidad y
ambición, de altruismo y rencor, de admiración y envidia… debemos escuchar no
lo que nos dicen si no lo que hay detrás de lo que nos dicen. Toda utopía tiene
como condición basarse en deseos y no en la realidad por lo que termina
fracasando y causando enormes sufrimientos.
Sería
bueno preguntarnos ante el discurso político si se basa en la realidad, si
perderemos libertades conquistadas duramente. Y ante las acciones políticas si
parten de la legalidad y si respeta las piedras angulares en las que se asienta
la democracia. La polarización en el mundo actual es muy preocupante lo que
debería ser motivo de una seria reflexión a derecha e izquierda.
ISABEL BANDRÉS
IMÁGENES SOBRE LAS
MUJERES Y LOS LIBROS
57.
LEYENDO EN AMBIENTES ARTÍSTICOS II
EL
JAPONISMO
INÉS
ALBERDI
Tras casi 200 años de aislamiento, Japón abrió sus fronteras
en 1854 y sus productos empezaron a inundar Europa. El japonismo entró a
través del embalaje. Los grabados japoneses Ukiyo-e se utilizaban a
menudo como papel de envolver para proteger la cerámica o el té. Una serie de
artistas franceses se quedaron impresionados por la calidad visual de estos
papeles de desecho y empezaron a valorarlos.
La fascinación europea por el arte y la cultura de Japón
arrastró a los artistas europeos en una historia apasionante de descubrimientos
e intercambios. El japonismo fue el descubrimiento de un arte, de una
estética, de una cultura y de una visión del mundo aparentemente distantes pero
que cautivaron a los artistas de 1900, que entraron en un rico diálogo con la
sociedad de toda una época.
El japonismo es uno de los ingredientes más
importantes y de la modernidad artística de la Europa de la segunda mitad del siglo
XIX. El arte japonés aportó temas, motivos, técnicas y formatos, además de una
imaginación poética, que hicieron cambiar los gustos y revelaron todo un mundo
de nuevas ideas, formas y colores, de donde bebió el arte occidental de la
segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.
Uno de los más entusiastas de todo lo japonés fue el pintor
Claude Monet que en Normandía diseñó el jardín de Giverny al estilo japonés y
se hizo traer desde allí una serie de flores desconocidas en Europa, como por
ejemplo los agapantos. Muy tempranamente retrató a su primera mujer vestida de
japonesa y rodeada de abanicos.
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| Claude Monet, Francia (1840-1926) La japonaise o Madame Monet en traje japonés, 1876 Museo de Bellas Artes de Boston, EE.UU. |
Los artistas plásticos fueron los primeros
en la difusión de lo que llamamos japonismo. Empezaron a decorar sus
estudios de láminas japonesas, de biombos, jarrones y flores pintadas como se
veían en los catálogos que venían de oriente. También vistieron a sus modelos
con los vistosos quimonos de colores brillantes que hacían traer de Japón.
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| Herman Jean Joseph Richir, Bélgica (1866-1942) La novela, c.1920 Colección privada |
La
moda del japonismo fue más allá de su influencia en los impresionistas. Se
multiplicaron las importaciones de objetos domésticos japoneses que se usaron
para decorar las viviendas de las clases elevadas y de los ambientes artísticos.
Estos productos se traían directamente sin adaptar y encontramos en las
pinturas de la época biombos de luchas japonesas y decoraciones con escrituras
indescifrables.
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| Gustave Leonard de Jonghe, Bélgica (1829-1893) El abanico japonés, c.1865 Museo de Arte y Jardines Cummer, Jachsonville, Florida, EE.UU. |
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| Alfred Stevens, Bélgica (1823-1906) La coleccionista de porcelana, 1868 Colección privada |
La
fascinación con todo lo japonés convirtió a los europeos elegantes y sus amigos
en expertos en un arte nuevo que iba a influir en sus obras y en su vida
cotidiana. Cuenta Marcel Proust en “A la recherche du temps perdu” como Odette,
la amante de Swan, tiene su casa decorada con jarrones y flores colocados al
estilo japonés y recibe en una bata de seda inspirada en los kimonos femeninos.
Del mismo modo, las gentes cultivadas y a la moda se especializaban en
descifrar los scroll, las historias pintadas en pliegos enrollados que
llegaron por vez primera a Europa.
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| James Tissot, Francia (1836-1902) El pergamino japonés, 1873 Galería Nacional de Canadá, Ottawa |
La
moda del japonismo se extiende de forma rápida y parece que no hay hogar
elegante en el que no se vean toques de ello.
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| James Tissot, Francia (1876-1902) Mirando objetos japoneses, 1869-1870 Colección privada |
Las
láminas de los Ukiyo-e se difunden enormemente en la época, e influyen
en los impresionistas y su forma de enfocar los objetos en la pintura. Incluso,
según el crítico de arte Roger Fry, es
sobre todo en los postimpresionistas Cezanne, Van Gogh y Gauguin en los que más
influyó.
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| Fernand Toussant, Bélgica (1873-1955) La estampa japonesa, 1913-1914 Colección privada |
También
los artistas norteamericanos se contagian de esta admiración por los bellos
objetos que llegan de Japón y retratan a sus amigas y modelos vestidas de
kimono y delante de biombos de colores, mientras leen revistas o láminas
japonesas.
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| Edmund Charles Tarbell, Estados Unidos (1832-1938) Cortando Origami, 1908 Colección privada |
Es
el caso de Merritt Chase, tan aficionado a retratar su propio estudio, que
repitió en varias ocasiones este tipo de obras.
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| William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916) El kimono, c.1895 Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid, España |
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| William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916) El libro japonés, c.1900 Colección privada |
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| William Merritt Chase, Estados Unidos (1849-1916) La estampa japonesa, 1898 Nueva Pinacoteca, Múnich, Alemania |
También
James Whistler, americano radicado en Europa a lo largo de toda su carrera, se
deja tentar por esta moda. En The golden Screen presenta todo un
despliegue de japonismo que nos hace pensar que se trata del retrato de
una mujer de Oxaca o de Tokio.
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| James MacNeill Whistler, Estados Unidos (1834-1903) La pantalla dorada, 1864 Museo Nacional de Arte Japonés Smithsonian, Washington D.C. EE.UU. |
En
España también cundió el japonismo, especialmente en Barcelona y Madrid,
ciudades más conectadas, a través de sus artistas, con las modas de Paris.
Hemos encontrado este retrato que hace Palmaroli de una modelo que contempla,
en el estudio, una serie de láminas que parecen Ukiyos, a la vez que
tiene sobre los hombros un echarpe de seda con brillantes dibujos al estilo
japonés.
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| Vicente Palmaroli y González, España (1834-1896) En el estudio, c.1880 Museo Nacional del Prado, Madrid, España |
INÉS ALBERDI
GRACIAS, CARMEN
NATALIA VELASCO
Un día de febrero de 2026 fuimos Luisa,
Susi y yo al Ateneo escurialense de San Lorenzo de El Escorial. Luisa habló en
aquel encuentro de la generación de los 50 y yo tuve la oportunidad de recrearme
una vez más con los principios que movieron la escritura de Carmen Martín Gaite.
Reconocí lo que me unía a esta escritora y lo que me sigue uniendo a ella y
comprobé, una vez más, cómo mi vida se tejió con la suya al son de las puntadas
que mi madre clavaba en el bastidor y yo en la tela de cañamazo de lino o tela
de trama, mientras bordaba un mantel en punto segoviano. Texto, textura,
textil, son palabras que comparten el mismo origen: bordamos un discurso, hilvanamos ideas, tejemos un texto con
palabras, desovillamos enredos, nuestros relatos tienen trama, nudo y
desenlace. Ponerse a contar es como ponerse a coser. La madre de Carmen decía
que para las labores hay que tener paciencia. Si te sudan las manos, te las
lavas, si se te arruga el paño, lo estiras. Coser es ir una puntada tras otra,
sean vainicas o recuerdos. Para coser y para escribir se necesita una postura
alerta y diligente. CMG habla de encontrar el cabo de la madeja para tirar del
hilo y bucear en las aguas de la memoria. O habla del tiempo y dice que vivir
es usarlo, bordando en él. O habla de un relato y dice que hila para tejer lo
de antes con lo de ahora. O habla de los cuentos y dice que no hay que perder
el hilo.
Y en
esas tardes, mientras yo bordaba escuchando seriales en la radio donde se
intercalaban coplas y canciones de Mocedades, lejos de sentir ataduras empecé a
forjar mi instinto de libertad como mujer y aprendí a reivindicar esa libertad en
soledad. Para Martín Gaite, la mujer que no sabe encontrarse en soledad, ni
aguantarse a sí misma a palo seco, está abocada al fracaso, como bien lo
explica en el artículo “De Madame Bovary a Marylin Monroe” y que aparece en su
libro La búsqueda de interlocutor. En él habla de dos destinos separados
por ciento seis años de diferencia, pero cuyas vidas desembocan en el suicidio:
Madame Bovary compra telas para hacerse vestidos y proyectar una imagen soñada
para los hombres; a Marylin Monroe le sobran los vestidos y las lentejuelas,
hasta tal punto que cuando le preguntan ”¿qué se pone usted para dormir? es
capaz de contestar “una gota de Chanel nº 5”. Sin embargo, ninguna de esas dos mujeres
se hizo con las riendas de su destino: Bovary fue víctima del romanticismo
pasional del siglo XIX y, Marilyn, víctima de la imagen que proyectaban las
divas del cine americano. Para CMG ambas sufren la misma enfermedad, la
impotencia de aguantare a sí mismas, de aceptarse en soledad. Carmen consideraba
que la valía de la mujer era la de mirar lo de fuera desde dentro y cuenta que,
mientras terminaba sus deberes, su madre leía o hacía sus labores, siempre con
la mesa cerca de la ventana. Al caer la tarde, dejaba en su regazo la lectura o
la labor para asomarse a la ventana y comenzaba a fugarse. Cito: “Y en aquel
silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto
envidiarla y de tanto mirarla, aprendí a fugarme yo también”. La mujer que mira
desde la ventana, entre visillos, mira el mundo de fuera y solo puede acceder
plenamente a él si cambia su mundo interno. Por eso alerta a la mujer de que no
imite al hombre, sino de que fomente su autonomía desde dentro. Para ella,
mirar desde el interior para fugarse será el enfoque de la literatura escrita
por mujeres.
Han
pasado veintiséis años desde su muerte y la sociedad ha cambiado sobremanera:
móviles, mensajes, whatsap, instagram tick-tock, IA. A menudo me vienes en
mientes y quiero preguntarte: ¿qué piensas del ritmo desenfrenado de nuestro
tiempo, de la globalización, de los jóvenes y los no tan jóvenes pegados a sus
pantallas todo el día, de las fake news? ¿Qué piensas de la sociedad hiper
conectada, del ritmo frenético en el que vivimos? ¿Qué piensas tú, que hablabas
de habitar el tiempo frente a pasar el tiempo, de caminar sin prisa trenzando
la mirada con el paso? ¿Tú, que pediste a la empresa de autobuses Larrea que
quitaran la TV del autobús que te llevaba al Boalo para leer en silencio o
escuchar las conversaciones de los demás? Creo que tu discurso no cambiaría y
que seguirías recomendándonos una y otra vez que no perdamos la palabra, el
encuentro con el otro, la conversación, la lentitud; que no dejemos de tomar
nota sobre nuestras reflexiones porque esas nos llevan a otras; que no dejemos
de mirar al pasado para reconciliarnos con el presente y encajar las piezas del
puzzle que configura nuestras vidas; que no nos falte nunca un amigo o un
interlocutor. Y yo me digo, ¡qué te podamos seguir leyendo! Gracias, Carmen.
NATALIA VELASCO
ANTE EL PLACER DE LEER, EL VICIO DE VER
A PARTIR DE SUEÑOS DE TRENES DE DENIS JOHNSON
FELIPE VEGA
Me
planteo una vieja disputa que fue, es y será. ¿Qué sucede con los libros que
acaban convirtiéndose en una película? Con ese “qué” querría ir más allá de la
simple idea que implica la de generar beneficios económicos para el autor o
proporcionarle un prestigio que el marketing no lograría por sí solo
seguramente. Sé que preguntas como esa, al ser devoradas por su propia
retórica, pueden retorcerse hasta el infinito para perecer después en el
interior de un agujero negro o engullidas por un anillo de gusano (¡que me
aspen si soy capaz de explicar su sentido científico…!). Y, aun así, la abordo.
La
culpa la tiene un libro en concreto: Sueños de trenes, escrito
por Denis Johnson. Un novelista del que no conocía más que el nombre, y que
tras la lectura del libro estoy dispuesto a seguir leyendo, estimulado tras descubrir
una escritura límpida, estilizada y necesaria. Como el lector compulsivo que
soy, debo confesar que no es fácil toparse con libros como este, que entroncan
—libres de espíritu—, con autores que proceden de otras épocas, de otros
siglos, incluso, sin aparente dificultad. Y por tanto —y de nuevo como lector—,
evitar verse atrapado por falsedades, astucias creativas o patéticos cursos de
escritura, tan habituales en los escaparates de las librerías en la actualidad.
Leer se está convirtiendo en una profesión de riesgo.
Digo
esto porque, por mi oficio (y sin duda mi vicio), en este caso en concreto he
sido espectador antes que lector. De modo tan simple, y tras empezar la casa
por el tejado, he perdido la sensación irremplazable de acceder a imágenes de
la realidad que uno habría convertido en reales como lector antes que como
espectador. He dejado pasar la posibilidad de ser activo para después
permitirme ser pasivo. Una de las contradicciones irresolubles que existen
entre cine y literatura.
Las
conjeturas realizadas por ambas partes con respecto a beneficios y ambigüedades
de tal operación son inagotables. En cambio, sus resultados suelen ser
estériles. La única forma que conozco de abordar tan espinoso asunto es atacándolo
por partes. Planteándose una sola pregunta y tratar de responderla. Como en
este caso partimos de una novela de calidad, démosle un poco de ventaja al
libro respecto al film. Honor obliga.
Sueños
de trenes y su tejido literario narra una historia sencilla
utilizando un lenguaje aparentemente tan sencillo como su contenido. Siempre me
he preguntado si esa sencillez tiene algún tipo de valor para la mayoría
lectora. La respuesta debería ser positiva, lógicamente, puesto que el lector
quiere entender, y (se supone) llega a hacerlo si se le cuentan las cosas mediante
una sintaxis accesible. De lo contrario no sería así… y, efectivamente, no lo
es.
El
lector quiere por encima de todo que sucedan cosas, muchas cosas. No le importa
que no sean creíbles. Aquí es cuando ficción y delirio se dan la mano. De lo
contrario, toda sencillez literaria se encontrará en apuros.
Cuando
un buen libro no se puede resumir (igual que una película no puede visualizarse
con la palabra, sino, en todo caso, reducirse a un argumento más o menos bien
contado…), el lector se pone en guardia y piensa: “¡Ojo, esto va a ser
demasiado complicado!”; (en realidad, se suele recurrir al término
“intelectual”, que en nuestro país desprestigia lo que sea con gran rapidez y
eficacia probada… como los detergentes).
Sueños
de trenes libro está levantado a través de una prosa llena de
lirismo y sutilezas continuas. La narración estira y alarga el tiempo a su
conveniencia, no a su capricho. Los diálogos poseen la esencialidad propia del
inglés y de la cultura popular norteamericana de finales del siglo XIX. Cultura
creada por emigrantes llegados de todas las partes del mundo que tratan de
encontrar su lugar en una tierra de horizontes interminables. Se pasa de lo
épico a lo íntimo sin mover un músculo, con la envidiable virtuosidad del
escritor que ha encontrado su lugar en el mundo. El libro pertenece a esa
categoría de novela en donde personajes y lector son un mismo ente, si quieren.
Las dos cortas frases que cierran el libro contienen el sabor de la melancolía
y la esencia de lo ineludible. Melancolía, el único sentimiento humano que nos
aguarda y que posee a todos antes o después por igual. Que tendemos a confundir
con la nostalgia en innumerables ocasiones. Y con todo ello estamos hablando de
137 páginas, y nada más.
El
Sueños de trenes cinematográfico conserva una pequeña parte de los
valores del libro, pero con regusto a pastiche. El resto de su valor
queda en manos de un lirismo prestado por (o usurpado a…) el director Terrence
Malik, que parece ser el gran inspirador del film, desde su aula universitaria
situada en la ciudad de Austin, Texas.
¿Acaso
no es capaz el cine de alcanzar cotas narrativas como esas? Demasiadas
películas en la historia evidencian que sí puede. Pero demasiadas otras nos
recuerdan que comprar los derechos de un libro para rodarlo no garantiza nada. Bueno,
claro, garantiza que el dinero sustituya a la capacidad creadora que vendrá a
continuación.
Lean
a Johnson primero. Nominada en cinco categorías a los Oscars de este año, la
película puede esperar. Yo la hubiese dado plantón…
FELIPE VEGA
LA
MANCHUELA PARA NO INICIADOS
BIENVENIDO
PICAZO
La
Manchuela es una comarca que se ubica por la linde entre las provincias de
Cuenca y Albacete. Es una zona que está completamente trasconejada en mitad de
la estepa manchega. El agua por aquí es un bien más bien escaso ya que, el
único punto por donde aparece es la bendita cicatriz que va dejando el Júcar,
del resto de arroyos y regatos que antaño daban algo de vida a la zona, sólo
quedan los lechos.
Por
esta parte de la vieja Castilla la Nueva nunca se pasearon reyes a caballo, ni
ningún cineasta malgastó un metro de celuloide inmortalizando estos pagos; por
no venir no vino ni un político buscando nunca a ningún señor Cayo. Esta zona
no es apta para justas en pos de disputar un voto, la despoblación es lo que
tiene.
Aquí
no hay románicos ni tardíos ni más auténticos, o góticos, sólo naturaleza,
bueno, algún palacio neoclásico sí que hay, en ruinas pero sí, todo un extraño
descubrimiento. De hecho, la leyenda cuenta que en los sótanos de ese lugar se
plantó el primer champiñón en España. Vino (posiblemente la mejor relación
calidad-precio del mundo), aquellos caldos peleones ya sólo están ¡ay! en el
imaginario; naturalmente quesos, cereal y poco más. La subsistencia de esta
tierra está basada en estos pilares, aunque desde hace unas décadas el ya
mentado champiñón está tomando las riendas de una zona en franca decadencia. Y
el turismo que empieza a asomar la patita. La Manchuela no es ninguna excepción
si miramos cómo los poderes desdeñan al agro. El campo está condenado, no se
sabe bien el por qué, pero el caso es que al mundo rural le quieren poner
absurdamente fecha de caducidad.
La
historia de estos 4000 km2 de secano, se resume muy fácilmente: aquí
nunca ha pasado nada noticiable, más allá de que Santa Teresa anduvo por estas
tierras y dejó su impronta en localidades como Villanueva de la Jara, pueblo,
que merece una visita, en realidad toda la comarca merece atención. La excusa
del calor o del frío para no darse una vuelta por esta España tan olvidada, no
cuela, el hecho del relativo exotismo de su arquitectura o sus paisajes es más
discutible. Pero hoy, y gracias al turismo rural, uno puede pernoctar y darle
gusto a la andorga, algunos de estos establecimientos flirtean con el lujo y la
historia y todos están abiertos a los bolsillos más desmochados.
Como
dice el poeta, por aquí, por no pasar ni pasó la guerra, nada más que de
soslayo. En Madrigueras o Tarazona de la Mancha, todavía hay señales del paso
de las Brigadas Internacionales, marcas que hay que buscar con lupa ya que a
ese punto de la historia de España se lo ha tratado desde todos los puntos de
vista menos desde el lado más humano del encuentro entre gentes tan bizarras y
aventureras, con otras tan acogedoras y todavía viviendo en el siglo XIX.
La
segunda mitad del XX siguió con la misma tónica; ni posguerras, ni
desarrollismos, ni tardofranquismos, ni constituciones, ni movidas, ni
reencuentros con los otros europeos, ni siquiera el cambio de milenio parecen
enderezar un rumbo demasiado errático. El destino de estas gentes está en la
huida, hacia adelante, por supuesto. La Manchuela no es ni más ni menos que el
reflejo de cómo se las gasta España con sus hijas, bueno las más casquivanas y
rebeldes juegan en otro universo, aquí no hay punto de comparación. Para colmo
de males endémicos como se lleva la oprobiosa marca de Castilla, pues eso,
además de pobres y honradas, resulta que estas gentes han sido y siguen siendo
opresoras. Átenme ustedes esa mosca por el rabo.
Vaya, quería hacer algo de andar por casa, sin drama sobrevenido, pero el punto humorístico que buscaba y que en la Manchuela es tan frecuente, se me ha quedado en el diván del psicoanalista, voy presto a buscarlo y vuelvo. No se vayan.
Coda
final con sonrisa:
El humorismo, la ironía y la cachaza, se hace aquí una suerte de “hecho diferencial”. Ni conquenses ni albaceteños han prefabricado dialecto subvencionable alguno, pero digan conmigo que si uno no está atento a las entonaciones y lenguajes corporales, puede salir de aquí con la sensación de no haber superado el A1 de español. Quédense tranquilos que siempre hay un alma caritativa con el urbanita o forastero, que hará las veces de traductor.
Pero
quédense más tranquilos todavía, porque sepa que está usted en su casa.
BIENVENIDO PICAZO
MANIFIESTO FEMINISTA
ROSARIO HERRERA GUIDO
“Gracias al feminismo,
el psicoanálisis puede renacer”.
Gérard Pommier, Feminismo &
psicoanálisis.[1]
I
Un manifiesto feminista debe partir de una posición
sobre las raíces de la violencia social, para poder leer e interpretar la
violencia contra la femineidad, que también está en los hombres y la feminidad
propia de las mujeres, con el propósito de desnudar la violencia, la
discriminación, el sometimiento, la desvalorización del sexo feminizado o
femenino, que exacerba la explotación de los cuerpos infantiles, púberes,
adolescente y maduros, a semejanza del
uso y la degradación de las mercancías en el capitalismo, usadas y
desechadas, en medio de una exacerbada descomposición moral, ética y política
de la cultura, al cobijo de la frivolidad y la impunidad de la pervertidas las
leyes y la gobernabilidad, para ocultar o manipular lo femenino, la diferencia
radical, lo absolutamente Otro, que sin embargo, históricamente es digno de
adoración y odio. Un manifiesto feminista expresado a
través de una voz inescuchada:
el diálogo entre la filosofía, el psicoanálisis y la literatura. Una proclama
sobre la violencia social, la violencia contra lo femenino y más allá de la
violencia contra las mujeres, que exige un Programa Feminista de acciones
sociales y culturales contra la violencia y a favor del diálogo, que es la
única prenda posible de paz en cualquier comunidad social, en el sentido en que
Georg Hegel, ante la Tragedia de Antígona de Sófocles, reclama desde su Fenomenología del Espíritu: “que el
hombre y la mujer ya no se deban nada.”[2]
II
Para
leer e interpretar a la violencia social es preciso ahondar en El discurso contra el Uno o de la
servidumbre voluntaria (1548)
de Etienne de La Boétie, Voluntad de poder (1901) de Nietzsche, Psicología
de las masas y análisis del yo (1921) de Freud, La rebelión de las masas (1930) de Ortega
y Gasset, Psicología de las masas en
el fascismo (1930) de Reich, A
la sombra de las mayorías silenciosas (1978) de Baudrillard, Freud ¿apolítico? (1987) de Pommier, “Persona y democracia, una historia sacrificial” (1958 y 1988) de María Zambrano,
“Masa y Poder” (Masse
und Macht, 1960)
de Elias Canetti y “El otoño del patriarca” (1975) de García Márquez,
entre otras obras clave para un tema de tan hondo calado. Pero debido al breve
espacio, solo voy a tratar de atender a las tesis principales de “Tótem y tabú”
(1913) y Psicología de las masas y
análisis del yo” (1921) de Sigmund Freud, “A la sombra de las mayorías silenciosas”
(1971), de Jean Baudrillard y “Freud
¿apolítico?” (1987) de Gérard
Pommier.
La
modernidad pensó la agrupación humana desde la necesidad, el trabajo y la
subsistencia. Desde luego un pensamiento por demás relevante. Pero
desconociendo o minimizando una causalidad simbólica: “el lazo social”, como lo pensaron Freud,
Lévi-Strauss, Clastres, Trías y Lacan, entre otr@s. Un rasgo identitario que
cohesiona a los grupos y pueblos: el tótem, el padre, el ancestro, el líder, el
jefe, el amo, el maestro, el rey, la bandera, el escudo, el santo patrono de la
nación o el barrio, el ídolo musical y hasta el equipo de futbol.
Freud
toma la metáfora de “El mundo como
voluntad y representación” de Schopenhauer y la vierte en su “Psicología de las masas y análisis del yo”
(1921), para interpretar lo grupal: la sociedad es como un grupo de
puercos espines que en invierno se aproximan para darse calor, pero al
acercarse se clavan las púas, que los obliga a retirarse y volver a padecer,
como dice el tango: “un frío más cruel que el odio”. Una metáfora que a Freud
le permite postular la ambivalencia humana: la oscilación entre el amor y el
odio.
Tal vez por ello,
Freud inventa el mito moderno de “Tótem
y Tabú” (1913). Tras Darwin, sostiene que los changos se bajan de
los árboles al acabarse los frutos, se ven precisados a caminar erguidos,
pelean por las hembras, los alimentos y la guarida, y terminan por asesinar y
devorar al padre en una fiesta totémica, porque les prohíbe gozar de sus
hembras. Un asesinato por la falta de goce sexual, al que después del asesinato ya no tendrán acceso[3], pues tras la falta moral
—como postula Eugenio Trías— viene la culpa y el objeto del crimen es elevado
al plano de lo sagrado, móvil de culto y
nacimiento de la cultura.[4]. Y en el lugar de la fiesta
totémica los hermanos edifican el tótem, se juran alianza fraterna y se
prohíben el incesto y el parricidio, y su correlato: el asesinato y el
canibalismo, que introducen la ley del lenguaje, que es la gramática, la
regulación de las relaciones de parentesco y la diferencia de los sexos, que
posibilita la aceptación de todo tipo de diferencia. Un auténtico mito moderno,
que gracias a que carece de pruebas científicas —como confirma Freud— permite
el acceso de la humanidad a la simbolización y el leguaje. Lo destaca Platón en
la “República”: todos los asuntos de la polis
son asuntos de lenguaje, es decir de ley. Un mito que se actualiza cada vez
que hablamos o firmamos, pues lo hacemos en nombre de nuestro tótem o ancestro:
el padre[5].
ROSARIO HERRERA GUIDO
Originaria de la ciudad de México y vecina de Morelia, Rosario Herrera Guido es doctora en Filosofía (UNED, España) y doctora en Psicoanálisis (CIEP, México). Directora de la revista La nave de los locos y secretaria de dirección de la revista Letra Franca.
[1] Cf. Gérard Pommier, “Gracias al feminismo el psicoanálisis puede renacer”,
en Cristina Jarque (com.), Feminismos
& psicoanálisis (México: Late y El diván negro, 2021), p. 15.
[2] Georg
Hegel, El mundo ético, la ley humana y la ley divina, el hombre y a mujer, Fenomenología del espíritu, trad. Wenceslao Roces y Ricardo Guerra
(México: Fondo de Cultura Económica, 1973), 259-270.
CARMEN DE GURTUBAY Y ALZOLA
MARÍA LUISA MAILLARD
La
Gran Guerra del 14 marcó un hito en el acceso de la mujer occidental a los
derechos civiles, de los que habían sido excluida en la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789. Ya el 6 de febrero de 1918 se
aprobó en Gran Bretaña el sufragio femenino para mujeres mayores de 30 años y
en 1919 en Alemania. La guerra había demostrado que las mujeres eran capaces de
realizar con eficacia las tareas que antes eran de exclusivo desempeño masculino.
Con los hombres en el frente en una larga contienda, más de un millón y medio
de mujeres ocuparon puestos en la industria de guerra, la metalurgia, el
transporte, y en todo tipo de servicios. También lo hicieron en una actividad
que llegaría a ser clave en la Segunda Guerra Mundial y en la política de
bloques posterior: el espionaje.
Aunque
durante un tiempo el imaginario masculino identificó a las mujeres espías del
siglo XX como mujeres fatales que utilizaban sus encantos para lograr
información, la realidad era muy diferente. El precedente de la bella Condesa
de Castiglione, que contribuyó a la unificación de Italia, seduciendo a
Napoleón III, pareció tener su continuidad en las figuras de Matta Hari,
bailarina exótica y espía alemana durante la Primera Guerra Mundial, y de
Joséphine Baker que hizo lo propio en beneficio de la Francia ocupada. En
realidad, estos últimos ejemplos fueron sólo la punta del iceberg de la entrada
de las mujeres en el mundo del espionaje del siglo XX.
Cientos
de mujeres de todas las clases sociales realizaron con éxito labores de
espionaje en el transcurso de las dos guerras mundiales. Las había con una alta
cualificación profesional como Elsbeth Scharagmüller, doctora en ciencias
políticas que llegó a ser directora del Departamento Alemán de Espionaje contra
Francia en la primera guerra. Las había expertas organizadoras como Virginia
Hall quien, a pesar de faltarle una pierna, puso en marcha una red de espías
para los británicos en la Francia ocupada por los nazis y llegaría a ser una de
las primeras agentes de la CIA, y tantas y tantas otras sostenidas eso sí por
una legión de mujeres anónimas como las expertas en descifrar códigos o las
denominadas “tejedoras espías” que utilizaron el punto de cruz para enviar
mensajes en código morse que ocultaban en los ropajes. La eficacia, la audacia
y el valor no eran atributos exclusivamente masculinos. Las mujeres ya no
debían recurrir a sus encantos para espiar al enemigo.
España,
al no haber participado en la Gran Guerra, se mantuvo al margen de este
proceso; pero ya en la segunda, irrumpió con fuerza avasalladora. No fue ajena
a este proceso la Guerra Civil española que supuso la aportación de mujeres no
excesivamente cualificadas, pero dotadas de un profundo ideario. Sería el caso
de África de las Heras que formó parte del equipo que acabó con la vida de
Trotsky en Méjico, infiltrándose como su secretaria y se convertiría en espía
de la KGB en 1937. La cántabra Marina Vega, hija de republicanos, sería espía
al servicio de la resistencia francesa, colaborando activamente en la detención
de los nazis que se refugiaban en la España de Franco. También hubo mujeres de
alta clase social que utilizaron sus contactos y su posición para lograr el
triunfo de su ideario. Fue el caso de Aline Griffith, condesa de Romanones y de
nuestra protagonista de hoy, Carmen de Gurtubay y de Alzola.
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| Carmen de Gurtubay y Alzola, con su madre Blanca de Alzola y González de Castejón |
Carmen de Gurtubay de Alzola tuvo una vida corta y sorprendentemente intensa para una
mujer de su época y clase social, como si quisiera apurar hasta la última gota
del tiempo que le fue concedido. Nació en Madrid el 4 de junio de 1910 en el
seno de una familia aristocrática con amplias ramificaciones. En la boda de la
Duquesa de Alba, por ejemplo, Carmen fue la encargada de llevar la cola del
vestido de la novia, dado el parentesco de su madre con la futura duquesa. Era
hija única de Juan de Gurtubay y González Castejón y Blanca Alzola, marquesa de
Yurreta y Gamboa. Cuando contaba dos años de edad, falleció su padre y su madre
contrajo nuevas nupcias en 1920 con José Alfonso Bustos, duque de Andria.
Desde
niña mostró un carácter intrépido e independiente y una gran capacidad de
aprendizaje. Prefería los deportes a las fiestas, donde podía desarrollar su
personalidad y llegó a ser una audaz amazona, aparte de una experta golfista,
sin olvidar su habilidad en el tenis. Según comentarios de los que la
conocieron, entre ellos los de su último marido, era pequeña, elegante, y de
ojos oscuros y brillantes, familiarmente la apodaban “Gugú”. Conducía su propio
coche y de los viajes familiares por Europa llegó a dominar el inglés, el
francés el portugués y el italiano; pero también era inteligente y analizaba el
mundo en que vivía. A los 21 años, tal vez por imposición familiar, habida
cuenta de la escasa duración del enlace, contrajo matrimonio con su primo Alfonso
Merry del Val y Alzola, amigo de José Antonio Primo de Rivera y que sería
posteriormente ministro de Franco. Apenas un año después, el matrimonio fue
anulado, gracias a las influencias de la familia en el Vaticano. Alfonso no
había logrado torcer la firmeza de su esposa en sus simpatías republicanas y en
su temprana aproximación a las ideas socialistas, algo que la madre de Carmen,
que acabó repudiando a su hija, no le perdonó nunca.
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| Carmen de Guturbay y Alzola |
Carmen
se afilia al naciente Partido Republicano y en 1936 se traslada a París después
de contraer matrimonio civil, sin la aprobación de su madre, con Ángel
Fernández, marqués de Nájera que llegaría a ser un importante promotor
inmobiliario en la Costa del Sol. Desde la capital francesa sigue trabajando
durante toda la guerra a favor de la causa republicana. En 1942 regresa a
España y comienza su actividad como agente secreto para los aliados, informando
al gobierno norteamericano del tráfico de oro y obras de arte que llevaban a
cabo los alemanes. El “Informe Eizenstat”, emitido en 1997 por la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, recoge una carta al embajador en París donde
se informa que “Carmen Gurtubay fue un agente del mayor rango por las fuerzas
aliadas, que arriesgó su vida en Portugal y España y fue encarcelada varias
veces por agentes alemanes”.
En
1945 ante la presión policial regresa a París y en 1946 alcanza su gran sueño:
la licenciatura en Filosofía y Letras, una cuenta pendiente que no le había
sido permitida en su juventud. Sigue involucrada en la lucha antifranquista,
como lo prueba la correspondencia en 1946 con Manuel de Irujo, ministro
republicano en el exilio, en la que le informa, entre otras cosas, de los
apoyos del franquismo en Europa y en la ONU. Dos años después conoce al que
sería su tercer marido Jhon Mckee Norton. En 1950 participa en el “Congreso
para Libertad de la Cultura”, celebrado en Berlín, en el que se codea con
Nabokov y Denis de Rougemont, siendo una de las tres mujeres que fueron
convocadas a participar. En torno a esa fecha forma parte de las conversaciones
entre republicanos y monárquicos para el derrocamiento de Franco. Fallece en
1959 a los 49 años de edad, siendo fiel a sí misma hasta sus últimos días.
MARÍA LUISA MAILLARD
EL
PASADO 10 DE FEBRERO NUESTRAS COLABORADORAS MARÍA LUISA MAILLARD Y NATALIA
VELASCO IMPARTIERON UNA CONFERENCIA CON EL TÍULO “CARMEN MARTÍN GAITE Y LOS
NIÑOS DE LA GUERRA”, ORGANIZADA POR EL ATENEO ESCURALIENSE-FORO DE LITERATURA,
CON LA COLABORACIÓN DEL AYUNTAMIENTO DE SAN LORENZO DE EL ESCORIAL, QUE TUVO
LUGAR EN LA CASA DE LA CULTURA DE DICHO AYUNTAMIENTO.
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| María Luisa Maillard y Natalia Velasco |
CARMEN MARTÍN GAITE
Y LA GENERACIÓN DE LOS “NIÑOS DE LA GUERRA”
MARÍA LUISA MAILLARD
Buenas
tardes, hoy vamos a hablar de la generación de los 50, la generación de los
“niños de la guerra”, como la denomina Josefina Aldecoa, y de una de sus
máximas representantes, Carmen Martín Gaite. En uno de los libros más emotivos
de esta autora Esperando el porvenir,
publicado en 1994, rememora el artículo que escribió tras la muerte de su gran
amigo Ignacio Aldecoa, líder de la generación: “Ha muerto Ignacio Aldecoa. Los
años 40 y 50 empiezan a ser historia”. ¿Una historia recuperada hoy en día? Es
una de las preguntas que nos vamos a hacer hoy, de la mano de Carmen Martín
Gaite, de Josefina Aldecoa y con la compañía de Natalia Velasco, biógrafa de
Carmen Martín Gaite.
El
amigo de Martín Gaite había fallecido tempranamente en 1969, a los 44 años. La
escritora, con ocasión de los 25 años de su muerte, quiere recuperar la memoria
de su amigo, pero quiere hacerlo, insertándola en la Historia con mayúscula, es
decir en el espacio cronológico en que desarrolló su trayectoria. Recuerda
entonces el pequeño artículo que escribió a raíz de su muerte: “Escribí por
aquellos días un artículo que se publicó en La
Estafeta Literaria, donde daba cuenta de este vislumbre repentino acerca de
la relación que tiene la Historia con las historias”.
Y
ese es el camino que vamos a seguir. El espacio cronológico de la Historia con
mayúscula en la que se inserta la generación del medio siglo. Para Martín Gaite
este espacio se inicia a finales de los años 40, cuando se reencuentra con
Ignacio Aldecoa en la Universidad de Madrid. Es la fecha del arranque de esa
generación de creadores de “los niños de la guerra” como la denomina Josefina
Aldecoa.
Veinte
años después, en 1969, año de la muerte de su amigo, escribe Carmen de forma
premonitoria: “Los años 40 y 50 empiezan a ser historia”. ¿Y con ellos su
generación? ¿Qué es lo que había sucedido? No sólo el mundo había cambiado,
también la España dictatorial de los años 40 y 50 y las nuevas directrices
literarias, como veremos más adelante. España se había desarrollado. Los hijos
adolescentes, señala Martín Gaite, habían oído hablar del amor libre,
escuchaban a los Beatles y había
aparecido la televisión que tendría una marcha imparable. El 1% de los
españoles, que gozaban del nuevo medio de comunicación en 1960, pasó en 1975 al
85% y la renta per cápita se
multiplicó por 8. Carmen Martín Gaite no dejará de reflexionar en sus escritos
sobre esa nueva sociedad; pero se tomará un respiro de diez años —la época de
transición de los años 70—, para centrarse en la historia de España y volver
con nuevos ímpetus a la narrativa y al ensayo.
![]() |
| Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre en 1954 Foto: Archivo Carmen Martín Gaite (JCYL) |
Pero
estamos a finales de los años 40. En una España aún sumida en la pobreza, bajo
un régimen económico autárquico y el paraguas de plomo de la censura, un grupo
de jóvenes, reunidos en torno a Ignacio Aldecoa, ofrecen un referente
significativo de los jóvenes aspirantes a la creación literaria. En el terreno
de la narrativa, aparte de Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite, se encuentran
Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, y de forma más tardía y
episódica Juan Benet: En el terreno teatral, Alfonso Sastre y Medardo Fraile,
quienes en 1953 estrenaron Escuadra hacia
la muerte, reivindicando un teatro social como medio para cambiar el mundo.
No
todos los del grupo eran narradores, también encontramos, aparte de Alfonso
Sastre, y de su compañera la actriz Mayra O’Wisiedo, al guionista Rafael Azcona
— recordemos El pisito, Plácido, El verdugo o Escopeta
nacional—, y en el de la poesía, a Carlos Edmundo de Ory, Ángel Crespo y
José Caballero Bonald, quien en 1962 se inicia desde la poesía en el género de
la novela con Dos días de septiembre.
Habría que completar el cuadro de la generación en su conjunto, con Juan
Goytisolo, Luis Martín Santos, Ana María Matute, Juan García Hortelano, y
Alfonso Grosso incorporado en 1961 a la corriente literaria denominada del
“realismo social” con La zanja, entre
los más destacados.
Nos
encontramos ante un gran grupo de creadores y vamos a ver cómo ha sido su
evolución en el contexto de la historia con mayúscula. En 1956 Carrillo había
abandonado, guiado por la URS, la lucha guerrillera contra el franquismo —los
denominados maquis—, con su propuesta de “Reconciliación nacional” e inicia la
conquista del espacio cultural antifranquista. El acto inicial más sonado fue
el homenaje a Antonio Machado de 1962 en Segovia, que sustituyó el referente
liberal de Ortega, que aunó voluntades en los años 50 y que pasó a ser un
proscrito de las aulas académicas y de la cultura en general hasta bien
entrados los años 90. El grupo del medio siglo, influenciado en su primera
etapa por el existencialismo y el neorrealismo italiano, encontró una orientación
a la labor creativa, en un realismo que se ponía al servicio de un cambio
social, comprometido con la lucha de clases, que tuvo como precedente Los bravos de Jesús Fernandez Santos en
1954 y que aportó nuevos nombres como Antonio Ferres con La Piqueta en 1959, o Armando López Salinas con La mina en 1960, el mismo año en que
Juan Goytisolo publica Fin de fiesta
o Para vivir aquí. En el terreno de
la poesía cómo no mencionar el compromiso de Blas de Otero y Gabriel Celaya,
que ya provenían de una trayectoria anterior a la guerra.
El
grupo inicial de los años cincuenta fue etiquetado a finales de los años 60,
como perteneciente a un chato y caduco realismo y, conforme se imponía el boom latinoamericano, algunos críticos
comenzaron a denominar el periodo como el de la “literatura de la berza”. Es
cierto que, con posterioridad se establecieron distinciones: “el realismo
objetivista” de la primera época y el realismo social, de la segunda”. El grupo
en torno a Ignacio Aldecoa, adscrito a la primera distinción, en el que se
encuentran grandes escritores y al que pertenecía Carmen Martín Gaite, nuestra
protagonista hoy, no tuvo mucha suerte. Dos de sus más preclaros componentes,
murieron a edad temprana, el mismo Ignacio Aldecoa en 1969 y Martín Santos en
1962. Los autores del grupo de “los niños de la guerra” se encontraron
emparedados entre los primeros pioneros en la posguerra de los años 40 — Camilo
José Cela, Carmen Laforet y Miguel Delibes— y la innovación narrativa que
inició Martín Santos con Tiempo de
silencio y que continuaron a mediados de los años 60 Juan Benet con Volverás a Región (1967) y Juan
Goytisolo con Señas de identidad
(1966) y Reivindicaciones del conde don
Julián (1970). Del grupo, sólo El
Jarama de Sánchez Ferlosio, ocupó la atención de los manuales.
La
primera escena nos muestra un cadáver tapado por unos papeles en el espacio de
una gasolinera, a la espera de ser recogido por la policía cuando terminen los
carnavales y a un empleado que defiende el cuerpo del muerto, que hiede, de los
perros hambrientos. Es 1977, un año clave para la dictadura brasileña y la
película transcurre en Recife, ciudad del director de la misma, Kleber Mendoça
Filho. Tras esa primera imagen tan impactante como rara, el director pasa a
plasmar la historia de su país, pero también las vidas cotidianas de aquellos
que, víctimas o no, vivieron en aquella época en que la corrupción se extendía
como una gangrena por todo Brasil.
Mendoça
Filho nos cuenta la historia de su país durante la dictadura a través del
personaje de Marcelo, un profesor universitario perseguido por la policía que
se esconde junto a otros disidentes a la espera de una nueva identidad. No le
busca solo la policía, también un criminal empresario y su hijo que le quieren
ver muerto y con un agujero en la cara que le haga irreconocible. La variedad
de personajes y su riqueza es incuestionable. Por la película desfila Doña
Sebastiana, una matriarca anarquista que da cobijo, en una especie de comuna, a
perseguidos por el régimen; un nazi alemán que en realidad nos es lo que
parece; un par de asesinos a sueldo, tío y sobrino que no son ni tío ni
sobrino; un jefe de policía y sus dos hijos, uno negro y otro blanco; una
pierna humana que aparece en el estómago de un tiburón y se convierte en una
pierna agresiva que ataca a las personas… Sangre, violencia, fantasía,
humanidad, rumores, humor vitriólico. Todo transcurre a ritmo brasilero y en
tono esperpéntico.
En
la narración no falta un recuerdo al cine. Muchas de sus escenas suceden dentro
de una sala de cine donde, casualmente, trabaja el suegro de Marcelo y donde proyectan
la película de Spielberg, Tiburón, que el hijo de Marcelo, un niño de
siete años, quiere ver. Aquí el tiburón es sustituido en el imaginario de la
población por una pierna peluda andante y agresiva que se encontró en las
fauces de un tiburón macho y va dando trompazos a quienes encuentra a su paso.
No
es una película al uso. Es una narración burbujeante. Igual estás ante un
asesinato violentísimo en una peluquería de caballeros, como ante una
funcionaria adicta al régimen que escribe a máquina sin papel o le envía una
notita erótica a Marcelo. Y, en un plis plas, aparecen dos muchachas que
escuchan las comunicaciones telefónicas del protagonista por orden de la policía
y le cogen tal simpatía y afecto que deciden no seguir con el espionaje. Y,
como si nada, nos encontramos con una profesora y dentista con la que tiene una
relación amorosa Marcelo mientras le diagnostica una caries. Y, de pronto, nos
situamos, en un despacho donde se negocian asesinatos y viendo cómo se deshacen
de los cadáveres.
La
película es larga, pero se me hizo corta. Hay que dejarse llevar por ella. No
hay que buscar racionalidad ni un hilo conductor claro. Retrata el ambiente de
una ciudad y a unos personajes variopintos e introduce, una fantasía, una
pierna peluda arrancada de un mordisco con vida propia. ¿Se puede pedir más?
A
mí me gustó mucho. El agente secreto es una película enredadora y
retozona que nos lleva de un lugar a otro sin perder el foco: el podrido
sistema político y la vida de Marcelo que pretende huir con su hijo del país. El
director, Mendoça Filho, huye del leguaje habitual y nos ofrece estructuras
diferentes. Las tramas y subtramas de su narración están ligadas a la
extravagancia que todo ser humano y toda situación, por terrible que sea, poseen.
Hay que añadir la magnífica y excepcional actuación de Wagner Moura en su papel
de Marcelo.
ISABEL BANDRÉS
Tras
una discusión sin importancia, Marta y Antonio se separan. El diálogo que
mantienen y que aboca a esta pareja a la ruptura es banal, absurdo y algo
infantil. Me produce una sensación de impostura y de afectación que me
acompañarán durante toda la película. No es esta una de las mejores películas
de Coixet, pero sí una de las más autocomplacientes. “Mirad —parece decirnos la
directora—, la película tan hermosa y sensible que soy capaz de hacer”. Y esa
postura lastra toda la obra. Diálogos y escenas me parecen artificiosas. No me
la creo. Tiene y contiene cosas buenas: los paseos por Trastévere (la narración
sucede en Roma), el deseo de la protagonista de conectar con los otros cuando
ve llegar el final… Hay momentos en la narración que parecen más auténticos.
Pero siempre surge ese tonillo de falsedad que nos hace desconectar. Es una
película de diseño y no de profundidad.
Coixet
trata en Tres adioses las cosas serias de la vida, como el desamor, la
ruptura, la enfermedad y la muerte, más para lucirse ella que para mostrarnos
el dolor humano y el desgarro interior que esas situaciones vitales producen.
Utiliza muchas palabras y máximas que son más propias de los mensajes que se
envían por redes inspirados en libros de autoayuda que el rompimiento que supone
las situaciones por las que atraviesa Marta, la protagonista. Y es peor cuando
intenta introducir alguna originalidad a la trama. La actriz Alba Rohrwacher,
en su papel de Marta, hace lo que puede con los mimbres que le dan y en algún
momento, al final, nos emociona.
¿Es
una mala película? No. La directora tiene oficio, pero yo no logré involucrarme
en la historia ni conectar con ella. Le sobra pretensión y le falta verdad y
hondura.
ISABEL BANDRÉS














































